martes, 30 de octubre de 2012

Tener arte o ser parte


Hay quien dice que solo podemos solucionar aquello en lo que somos parte, por lo que, si queremos una solución, tenemos que ser parte del problema. Sin embargo, esta máxima funciona literalmente al contrario en un proceso judicial. Parece ser que, si eres parte procesal, ya puedes haber matado a Manolete y presentarte ante el juez con la cornamenta puesta y aún tintada de rojo, que se te permite negar la mayor y hacer responsable a tu marido de lo que llevas en la cabeza. En otras palabras, estás exento de la obligación de decir la verdad, lo que se traduce en que la defensa que hagas de ti mismo le resbala tanto al juez como la toga que lleva puesta, es decir, hasta los tobillos. La solución a tu problema en estas circunstancias tan toreras pasa por llamar a declarar a un testigo “imparcial” que te saque del atolladero y sacudir las manos, porque es sobre él y no sobre ti sobre el que pende el delito de perjurio como una espada de Damocles de doble filo.

Recientemente (todo nos toca menos la lotería) he sido citada para testificar en un juicio del que, por supuesto, no era parte alguna. Dejando a un lado la subjetividad y los otros juicios (los de valor) inevitables sobre la posesión o no de la razón por parte del imputado, porque no te citan para dar tu opinión, el marrón te saca a patadas de la cabeza cualquier otra idea que pudieras estar rumiando para apoderarse de tu sistema nervioso. Empezando ya por la recepción de la citada citación (permítaseme) en la vivienda particular de la que suscribe, porque una carta del juzgado te deja ya de entrada y cuando menos, a bolos, y, desde luego, no esperas que traiga un cheque. Tampoco querría dejar de mencionar la expresión no verbal del vecino de al lado que regresa a su morada en ese preciso momento y se hace el remolón con las llaves en la mano fingiendo que revisa el montón de propaganda barata que es lo único que él ha recibido, mientras te mira de reojo pensando “uy, algo habrá hecho”. Tras unos minutos de reflexión vacía (una no sabe bien qué pensar), ya en la intimidad de la cocina, procedo a la apertura del sobre y, entre un montón de polvo y paja jurídico, que es un pedir que parece un dar, entiendo que, para más acordarme de agradecerle al miura que me ha hecho esta jugada su venida a este mundo, el juicio ni siquiera se celebra en mi ciudad. Y el desplazamiento y las dietas, ¿quién me los va a abonar? Por supuesto, nadie me contesta y, si me contesta, me contesta que nadie.

Lo primero que me sale de las tripas es rugir que yo “paaaaso de este rollo”, pero es que resulta, señores, que es o-b-l-i-g-a-t-o-r-i-o, vamos, que o tienes la suerte de que te parta un rayo o no te queda más remedio que acudir a sacar del entuerto al “Islero” de turno. Ya he comentado brevemente los gastos que la broma me representa, pero para mí se me quedan también las molestias y los nervios alimentados durante todos estos días porque una no imagina con precisión lo que allí puede llegar a pasar, el lío interrogatorio al que la pueden condenar  para intentar rascar una respuesta poco meditada o mal entendida (porque esta gente de negro, lo reconozcan o no, habla raro aquí y, seguro, que allá donde me desplace), el tiempo que me van a hacer perder, que tampoco es reembolsable, y la impotencia que me llena de bilis el estómago por no tener voz y voto para “celebrar” exclusivamente cuanto y cuando yo quiera.
Carpe diem et noctem.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Artículos más leídos