lunes, 5 de noviembre de 2012

Mañana, bocadillo de hormigón


La realidad que se pinta ante nuestros ojos no nos deja lugar para afirmar sino que a día de hoy no hay trabajo: las empresas cierran o recortan personal, la fila a las puertas del INEM se alarga en la misma proporción que los días, y existe toda una generación de nuevos talentos alentada a abandonar este país que se nos va a pique por la Punta de Tarifa. Y, sin embargo, yo (y cuántos como yo) estoy trabajando más que en todos los días de mi vida. Es cierto que el cierre de persianas a lo largo y ancho de la urbe ha recortado cierto número de puestos de trabajo, pero la excusa ha servido a muchos también para meter la tijera donde la tela ya estaba bien ajustada a la medida de las cosas. Personalmente, creo que no es éste tanto un problema de falta de trabajo como de falta de recursos o de buena fe en la mayoría de los casos.

En el último mes y en horario laboral, con el fin de ir sorteando las zancadillas que el afán recaudatorio de los que son bien conscientes de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” va sembrando en el delicioso caminar de una PYME a merced de los vientos de ayer y de hoy, estoy visitando las mejores capitales de provincia, maletín en mano y sonrisa sobre la indignación. Y lo malo no es tener que asumir labores que surgen y se multiplican de un día para otro como setas en el enfangado monte mercantil, lo que me extirpa las tripas por la boca es regresar a comprobar que no hay nadie que haya hecho lo que yo tenía que haber hecho en realidad, lo que anoté en la agenda antes de saber que surgiría un viaje no programado, lo que es, en el fondo y no en la forma, un puesto de trabajo más.

Por otro lado, es innegable que las empresas enmarcadas en un determinado sector (que no todas) han ido perdiendo capital en los últimos cinco años debido a que los servicios que prestan se han ido devaluando en virtud del inevitable desequilibrio entre oferta y demanda. Tal vez, porque hemos plagado las calles de competencias duplicadas provocando un giro en la pirámide del coste de las necesidades que a día de hoy nos obliga a recortar la sustancia del plato. Hemos actuado contra natura y ahora tenemos mucho de lo que no hace falta y poco del pan nuestro de cada día. Una vez, tuve un excelente profesor, práctico como ya no se encuentran, preclaro como entonces ya escaseaban, que trató de inculcarnos (sin éxito, a la vista está) que no había otra ciencia, otra verdad, sino la que la naturaleza exponía ante nuestros ojos. El mundo, decía, nos brinda mucha agua y poco oro porque necesitamos el agua para beber y el oro para nada. Sin embargo, el hombre valora más lo que no tiene y poco aquello de lo que le sobra. Así es como nos hemos centrado en desarrollar esas necesidades sobrevenidas olvidando las básicas, y así es como hemos incrementado el precio de lo que es innegable día a día y depreciado aquello a lo que dedicamos nuestros esfuerzos en balde (aunque oxigena constatar que ya es una realidad el hecho de que la gente está regresando a los pueblos para vivir de su tierra).

Por eso, nuestras empresas no salen del hoyo del endeudamiento; por eso, nos dejamos la sangre desarrollando el trabajo propio y el del que hace fila en la oficina del INEM de enfrente; por eso, la cesta de la compra se encarece por momentos mientras nuestra labor se paga cada día más barata y, por eso, no nos queda otro camino que tener, ante el vicio del abuso o del remedio de recoger en una silla lo que deberían ser dos, la virtud de no quejarnos por lo que me temo que en breve será una silla vacía más y una persiana abierta menos.
Carpe diem et noctem

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