miércoles, 7 de noviembre de 2012

¡Buen provecho!


Hablando de comer, hace unos días leí un artículo a propósito de la alimentación a la que estamos sometidos inconscientemente desde que el gigante chino puso el primer pie fuera de las fronteras orientales. Parece ser que determinadas instituciones que laboran con gesto atónito y conclusiones acalladas, han descubierto que los citados pekineses dándole una vuelta más de tuerca al trillado esfuerzo por minimizar costes ya mínimos de partida, nos traen hasta la cocina de casa elaborados productos cuya materia prima en algunos casos cuesta dilucidar.

Los consumidores finales, nosotros, confiados por la existencia de un control que se presupone y que se imagina resumido en una larguísima etiqueta que no leemos (porque no se lee en este país) y que corona todos los artículos del lineal, consumimos todo lo que se nos ofrece sin atender demasiado al hecho de que la UE sólo obliga a incluir la procedencia de lo que nos venden en el precinto de los productos frescos. De manera que, si compramos guisantes frescos (no sé si alguien ha comprado alguna vez guisantes frescos más allá de Luis XIV), en la etiqueta obligatoriamente nos informarán de que las pelotas verdes se han traído, pongo por caso, de Sicilia, pero, si compramos guisantes congelados, se nos informará de los grados de conservación del producto, pero no hay por qué detallar el origen de las pelotas. Se ha dado el caso de unos en concreto, verdes como la envidia (hasta aquí, pasen), de los que más tarde fue por todos sabido que provenían de China, que al cocerlos perdían el tinte en la cazuela y se tornaban blancos. Por lo visto eran una suerte de anisetes teñidos no muy aptos para el consumo diario. Pero aún es más, estos genios mandarines han dado con una solución pócima en formato de  polvos con la que aderezan carne de cerdo para hacerla pasar por ternera, y son capaces de fabricar huevos sin que nos enteremos (y, cuando digo fabricar, me refiero a conseguir el huevo sin gallina de por medio, lo que, por otro lado, da respuesta a la pregunta que llevamos siglos sin responder sobre qué fue antes).

Tanto es así, que existen en su amarilla producción dos líneas diferenciadas: la que nos envían a los que siempre los hemos mirado de frente y con los ojos bien abiertos,  y la que destinan sólo a la alimentación de los suyos, ésos de mirada entrecerrada, los que parecen sospechar de todo…

En suma, que la cuestión alimenticia en el primer mundo se acerca a unos extremos en que más nos valdría masticar los geranios del balcón y llevar a nuestros hijos a pastar al parque que cocinar en casa, en un intento desesperado por recuperar algo de nuestra malquerida y destituida dieta mediterránea, y desde el momento en que sabemos que hemos pasado del pollo de corral al pollo transportado desde la cuna del sol en maletas introducidas en contenedores sin refrigerar, pasando por el pollo alimentado con harina de sábalo del río de la plata contaminado con metales pesados.

El artículo que sacó del baño María de mi puchero la realidad de mis digestiones y que me obligó a adorar una vez más el modesto huerto de mi padre, concluía citando brevemente algunos casos conocidos de envenenamiento con complicaciones sobrevenidos desde esas oníricas plantaciones de arroz que bañan el paisaje asiático de formas y colores diversos. Afortunadamente, este tipo de situaciones ya ha provocado reacciones de protesta entre un buen número de ciudadanos europeos que aboga por la concienciación a favor del agricultor y ganadero de métodos tradicionales que ama y cuida la tierra, el animal y el plato con la misma veneración, sin embargo, mucho me temo que, tal y como se nos están poniendo las cosas, estos valientes de mirada franca se van a tener que comer la pancarta.

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