jueves, 29 de noviembre de 2012

Huelga la integridad


La hipocresía es el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan, según el diccionario de la Real Academia Española, padrenuestro de la lengua oficial de este país. Digamos que es un tipo de mentira o pantalla de reputación que hace las veces de tarjeta de visita para aquellos que, en el fondo, necesitan tanto engañarse a sí mismos como engañar a los demás, pudiendo convertirlo en todo un arte, y a los hechos me remitiré para probarlo. El sentimiento que esta actitud despierta, en primer lugar, es un sentimiento de rabia si en algún momento hemos podido caer en el engaño y, en segundo término, de repulsa por cuanto poco se puede esperar ya de quien actúa, por defecto, cimentando sus principios en la mentira.

Hace dos semanas, fuimos testigos todos y partícipes algunos de una huelga general nacida, en origen, como respuesta a la indignación que, a ritmo de taquicardia, golpea en nuestro interior desde que se aprobó la última reforma laboral. Los sindicatos vapuleaban nuestras conciencias haciendo un llamamiento para sacarnos a la calle a desahogar esa impotencia al grito de ¡basta ya! Aporreando puertas abiertas a su paso, invadiendo sucursales bancarias para expresar en ellas sus más hondos sentimientos, ocupando las calles para poner de manifiesto el sentir popular, justificaron la jornada y un sueldo (el suyo) que, a pesar de la juerga mañanera, no verán mermado a fin de mes.

Hace dos días, se celebraba una nueva concentración a las puertas de la sede del sindicato de UGT para expresar una nueva protesta. Al tiempo que aquellos sindicalistas barrían las calles con sus pancartas denunciando el abuso que supone frente a los obreros la aprobación de la susodicha reforma, veintiocho trabajadores fijos de esta organización sindicalista eran despedidos de sus puestos de trabajo (y cito textualmente a las fuentes de esta sección sindical) "aplicando estrictamente la reforma laboral, con indemnizaciones a 20 días por año trabajado y un tope de 12 mensualidades", es decir, bajo el paraguas de la legalidad, de la impunidad y de la más absoluta y descarada hipocresía.

Es bien sabido que el gobierno, burla burlando, prepara otra batería de recortes que aplicará a la voz de ya de nuestros gobernantes europeos, y que apretarán un poco más el cinturón de nuestra ahogada economía. Y ya es bien sabido también que no estoy en absoluto de acuerdo con las medidas que se están tomando desde estos asientos políticos movidos por hilos. Pero, llegado el caso, y al plantear un nuevo frente de lucha y de repudia, ¿serán los representantes del antes mencionado sindicato quienes pretenderán levantarnos de nuestras sillas para acompañarlos en una nueva defensa de nuestros derechos? Pues, señores, como ya le hice saber a mi vecina a la tierna edad de seis años: yo al colegio, si tengo que ir, voy, pero de la mano de mi madre, que de usted no me fío.

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