domingo, 25 de noviembre de 2012

La tienda de al lado


Volvía de vacaciones (ya sé que no parecen fechas) y andaba enfrascada en la lectura de una de estas sagas resueltas poco a poco y en varios volúmenes muy apropiadas para el fin del antedicho descanso. A mitad de mañana de mi último día de asueto, di con la contraportada de la primera de las entregas que me dejó con ese nudo en el estómago que sé bien que no desharé hasta que me haga con la continuación. Viviendo como vivo lejos del mundanal ruido y, por ende, de muchos de los servicios que lo causan, la vía que me restaba menos tiempo era sencillamente bajar a La tienda de al lado rezando por encontrar el remedio de mi angustia.

Me recibió el desinteresado interés del mismo chico que suele doblarme los periódicos del domingo y al que nunca he preguntado su nombre por esa vergüenza que cada día más marca las distancias. En cuanto hice mi solicitud, abandonó el mostrador, parapeto de otros empleados en grandes superficies, para mantener una conversación literaria conmigo, poniendo en relación unas obras con otras en un improvisado ejercicio de crítica poética, que me hizo olvidar la prisa que traía y que pretendía llevar. Pensé que, de haber recordado que todavía quedan lugares de cercanía y ensueño como éste, tendría que haber bajado tres cafés; mientras, con una sonrisa que te la llevarías a casa, la que, en un exceso de confianza en la suposición adivino que es su madre, envolvía mi adquisición con el cariño y la dedicación que sólo ejercen bien quienes ostentan en propiedad un negocio de proximidad.

Si alguna vez me he perdido por los pasillos de un centro comercial buscando satisfacer ese mismo afán de conocimiento, nunca nadie me acompañó en la soledad de mi afición lectora, si acaso me dirigieron desde sus posiciones al último lineal al fondo del pasillo con el desamparo del más absoluto anonimato a encontrar por mí misma algún tesoro escondido. Así y todo, aún nos cuesta reconocer que lo que dota de otro sentido a nuestra vida comercial  es ese chico de la tienda del barrio que renuncia a su lugar para ponerse en el nuestro, que nos regala su tiempo en nuestro paseo por la calle que fluye bajo las ventanas del bloque, que convierte nuestra compra en algo mucho más allá de la mera transacción, que rompe con el abandono y la incomunicación en que vivimos a veces muchos vecinos.

En estos tiempos que nos pasan por encima, esa tienda que sostiene el edificio bucea flanqueada por una chocolatería que ya tuvo que cerrar y la esquina del inmueble, y enfrentada a un establecimiento chino, que se hará imperecedero, pero que nunca terminaré de considerar una tienda de barrio (de barrio español). Así, con la valentía y la entrega que otorga el amor por lo que es nuestro, es como abre su puerta todos los días y nos invita a entrar para acercarnos como nadie el juguete tradicional, la última novedad literaria, la prensa de hoy y el trato familiar de siempre. Y nosotros, que no siempre valoramos lo que significa que luchen aquí mismo por la supervivencia armados de afabilidad, seríamos unos inconscientes al permitir que nuestras calles se despoblaran de pequeños rincones como éste, que derriban los muros de nuestras propias viviendas ampliando el salón hasta la trastienda de la tienda de al lado.

5 comentarios:

  1. Dios mio, esto no es una entrada de un blog, es pura poesía. Un 10!!!

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  2. Gracias, Ismael. A este ritmo, te vas a poder escribir una tesis doctoral sobre mi blog. Ja, ja, ja.
    Eres uno de mis más fieles lectores y te lo agradezco sinceramente.
    Salu2.

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  3. Bueno, al menos me conoces. Yo tengo dos fieles lectores del mío y no han dicho ni mu, esos sí, leen todo lo que escribo XD

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  4. Hola María!!
    Soy Rosa Saura, compañera de tu hermana Mónica en Universidad Popular. Doy los talleres de escritura creativa.
    Me ha encantado tu relato, eres muy lírica. Felicidadesssssss

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  5. Gracias, Rosa. Estás invitada a curiosear tanto como gustes.
    Un saludo y gracias por tu visita.

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