miércoles, 21 de noviembre de 2012

Razones tenemos todos


La crónica social de nuestros días nos la sabemos todos de memoria: de esta, no salimos todos porque no llega para todos. Y soluciones no encontramos porque parece que no las hay. Robar está prohibido por equitativas que queramos volver las cosas; trabajo no hay ni va a haber; la violencia está penada y morirse resulta demasiado caro. Y el mayor de los problemas nace de nuestro propio espíritu bizarro español, y es que todos tenemos siempre razón por serlo, incluso cuando no la tenemos.

Los jueces, porque los obligan a aplicar así las leyes.
Los que no creen en la justicia, porque no se lo permiten.

Los que estudian, porque no queremos un país de incultos.
Los que no estudiaron, porque tenía que haber de todo.

Los funcionarios, porque les quitan lo que era suyo.
Los trabajadores de la empresa privada, porque les quitan lo que era suyo.

Las amas de casa hacen lo que pueden con lo que ganan sus maridos.
Los cinco millones setecientos mil, la cosa está así.

El 25% de la población, porque no puede comer.
El PSOE, que no se podía hacer mejor.

El PP, mire usted, porque con la hamburguesa pegada a la chepa no hay quien se concentre.
El Rey, que no está ni se le espera.

Los banqueros, porque ellos se dedican a eso.
Cuarenta y siete millones de españoles, indignados con la subida de impuestos y la bajada de sueldos, y con razón.

Los pensionistas, y qué quieren que haga yo a estas alturas.
Los ahorradores, haber ahorrado tú también.

Los que están forrados, porque esto no va con ellos.
Los terroristas, porque es que es pa´ matarlos.

Los desahuciados.
El jefe de mi prima, porque, si yo estoy perdiendo dinero, cómo les voy a pagar a los trabajadores, vamos a poner un poco todos.

Urdangarín, porque no iba a quedarse en casa sin hacer nada con cuatro hijos que tiene.

Tú, que tendrás tus razones y yo que, cómo no, también tengo las mías. No podemos negar que es una cuestión de genio español, de defender el terruño, de liderazgo, de mearse en el plato porque es mío. Con el mismo denodado arrojo, somos las más de las veces incapaces de reconocer los argumentos ajenos para mostrarnos su verdad, por lo mismo que le restaría fiabilidad a la nuestra. Y, sin embargo, nos creemos, nos hemos creído durante siglos, un país inquebrantable, una unidad indisoluble, un sólo linaje, aquella patria en la que por un día no se puso el sol.
Pero esa madre patria hoy se nos resquebraja por la línea de los independentismos y de las razones individuales, y mucho me temo que ni las fuerzas más tradicionales sean capaces de acallar esa autonomía que siempre nos caracterizó en el fondo. Así las cosas, no me queda más que reconocer que, a la postre, tendremos que aflojar la gallardía y sucumbir a los deseos particulares y que tampoco, ni unos ni otros, podremos considerarlo una victoria o una derrota. Todos habremos de asumir que tan sólo es la vida, el devenir de la historia, porque, como escribió Shakespeare, “el pasado es un prólogo, la verdadera historia comienza ahora”, y, como dice un amigo mío, “es mejor un futuro en concordia, que un presente en permanente conflicto”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Artículos más leídos