domingo, 18 de noviembre de 2012

Tiempo al tiempo


Eran aquellos años 80, eran aquellos maravillosos años con veranos de tres meses dedicados a la ensoñación, eran tiempos de vivir despacio y dedicarles a los asuntos más personales el tiempo que no requerían esos días de soluciones manuales. Recuerdo mañanas enteras de lectura  ante la puerta de entrada a los Pirineos dejando las horas caer mientras pirateaba el último de Mecano con la inocencia sana de un radiocasette de doble pletina, esperando la llegada del cartero, todo pausa y ganas de conversación, trayendo en sus manos el tesoro del día.

Aunque a día de hoy todavía no llegue la línea de ADSL a algunos rincones de montaña, entonces, por no tener, no teníamos ni línea telefónica, y tres meses, tras una lacrimosa despedida en el patio del vecindario, eran toda una vida para el cálculo relativo de una mente de doce años. Pasada una semana, esperaba con ilusión los frutos literarios de aquel último abrazo en el portal que me prometió un pensamiento todos los días. Y llegaba, de manos de don Manuel, que nos conocía a todos por nuestros nombres y nunca equivocó un envío, que iluminaba nuestro tedio estival con su perenne sonrisa y las palabras escritas por otros, que me acercaba la dedicación que mis amigos de entonces me brindaban y la oportunidad de emplear la tarde en responder a esa ilusión.

Qué distinto era ese tiempo que hemos perdido en el afán por aprovecharlo. Entonces disponíamos de él para escribir a mano y lo estirábamos en función de lo que podía esperar la persona a la que iba dirigida la carta, conscientes de que ese tiempo no dependía tan sólo del escritor sino que se alimentaba además de los cuatro días que el correo necesitaba para llegar hasta el receptor y que aumentaba con la posibilidad de que descifrar el escrito requiriese de más de una lectura para llegar a dibujar las palabras que no se querían escribir pero que sí se querían decir. Y, durante toda esa cantidad inmensa de tiempo, se era intensamente consciente de la distancia, de la magnitud esférica de la Tierra, de la disponibilidad infinita de ese tiempo. Y todo adquiría un carácter más singular, tenía más importancia, era más acorde con la lenta rotación del planeta. Disfrutábamos de cada segundo del proceso escribiendo, leyendo e imaginando. El tiempo obsequiaba con cada instante.

El momento en que vivimos me lleva a pensar que, junto con todas sus ventajas, en el progreso anida siempre una pérdida a la que somos insensibles porque no incide directamente en aquellos objetivos que perseguimos. Pero a mí, personalmente, hace ya mucho que me faltan esos días, anteriores al agobio que trajo consigo la modernidad, de lectura y escritura amanuenses en que la amistad se reforzaba con la obligación moral de permanecer en contacto vía correo postal, esa certeza de que alguien en otro lugar leía y escribía para mí sin perderse en la doble tarea, esa ilusión de ver llegar a don Manuel con el sobre manuscrito y la impaciencia por llegar a casa para devorar el contenido del envío.  Nunca nadie dejó de responder a una sola de mis cartas, y hoy son innumerables los e.mails enviados que atesoro y que nunca sabré si leí sólo yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Artículos más leídos