domingo, 9 de diciembre de 2012

Ave, Caesar


La realidad se vuelve cierta en el momento en que toca a nuestra puerta o a nuestro corazón. Hasta entonces es una línea en el periódico, una imagen en la pantalla, un rumor que corre de bar en bar por las calles que frecuentamos, o incluso menos que eso si por alguna razón no interesa hacer pública una noticia. Hace relativamente poco que sabemos que el suicidio es la principal causa de muerte externa en España, al margen de las enfermedades. Hace unos meses se eludía la comunicación de este tipo de noticias por no caer en el “amarillismo”, porque no se resuelve nada o para evitar lo que se conoce como el “efecto Werther”. En 1774, la publicación de la novela de Goethe “Las penas del joven Werther” dio lugar a un elevado número de suicidios por imitación. El protagonista, desesperanzado por pasiones amorosas, termina con su vida pegándose un tiro, y cientos de jóvenes lectores siguieron sus pasos, algunos incluso vestidos del mismo modo. Sucesos como éstos alumbraron la cuestión de que el suicidio es contagioso y así lo demostró David Phillis, sociólogo norteamericano, quien realizó un estudio entre 1968 y 1974 observando que el número de suicidios se incrementaba en todo EEUU un mes después de que se publicara en portada la noticia de uno. El impacto de los medios de comunicación en el comportamiento social es innegable y por ello se consideró un ejercicio de responsabilidad ofrecer la noticia al público de una manera adecuada o, directamente, obviarla.

A día de hoy, esta realidad ha cobrado tal trascendencia que es imposible no mencionar que cada día en España se suicidan 9 personas, según registra la prensa escrita y las cifras de 2010 del Instituto Nacional de Estadística, lo que, porcentualmente, resulta ser una de las tasas más bajas de Europa. Y en la comparativa radica el problema. Porque es lo que conduce a algunos a considerar que 63 muertes semanales tienen que ser para todos algo normal o inevitable (olvidando, por otra parte, los intentos de suicidio fallido que aumentan este número a 30 diariamente). Sin embargo, llega un día en que el problema se nos acerca demasiado y es entonces cuando deja de parecernos una noticia más o una cifra sin alma. Esta semana llegaba una de mis compañeras, desencajada, con la noticia de que, mientras se acercaba a la oficina y justo detrás de ella, había caído un hombre desde la azotea del edificio (el segundo en este mes). No sé si estaba más impresionada por lo que había visto o por la posibilidad de haber ido dos pasos por detrás de sí misma y no haber tenido la opción de ver eso ni nada más. Y es entonces cuando todas nos planteamos: ¿cuántos casos como éste tiene que haber realmente en España para que en un solo mes veamos dos en la misma calle?

Los suicidios son una realidad, sí, y lo son en todas las sociedades, especialmente en las modernas. Vienen provocados por la imposibilidad de éstas de dotar al individuo de los medios necesarios para lograr sus metas en la vida, es la ruptura del equilibrio social. Pero en la coyuntura actual, a esta realidad se suma la de arrebatar al individuo aquello de lo que se ha dotado a sí mismo con su trabajo, sin responsabilidad por parte de nadie. Y yo me planteo, si el Estado, la sociedad, los bancos, Europa… fueran capaces de reducir tan sólo uno de los suicidios de esta lista infame de 9 diarios, estaríamos evitando 365 pérdidas al año, cargas descomunales para cientos de familias que no se van a recuperar sin un apoyo que no existe. Los suicidios en que el detonante son las causas económicas son una evidencia y es una obligación urgente redefinir los objetivos y acciones de prevención. Pero tan evidente como resulta esto para mí lo es también que, estando como estamos viendo el tren pasar por la llanura, ésta sea otra alarma social más que no llega con la fuerza que debiera a los oídos de nadie.

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