domingo, 16 de diciembre de 2012

La educación de nuestros padres


Anoche leía un artículo que disparó todas mis alarmas. En resumen, lo que venía a destapar es que la violencia de los hijos hacia los padres y abuelos ha aumentado de forma exponencial en los últimos años debido a que la situación económica no acompaña. Cada vez hay más familias en que los únicos ingresos seguros son las pensiones de los mayores y por debajo queda una generación llena de frustración por las dificultades que esta realidad conlleva volviendo la convivencia muy difícil. “Puede que haya un problema social que ahora se empiece a denunciar”, rezaba el cuerpo del escrito, con esa delicadeza que dan ganas de hacer que el autor se coma la diplomacia en un solo plato.

Por supuesto que lo hay y que es un problema social serio. ¿Qué puede esperar la sociedad de un joven que envía a su padre al hospital de una paliza? Por eso, la educación de los menores es una responsabilidad de todos; en primer lugar, de los padres, después de los profesores y también de los sociólogos, legisladores, jueces, comunicadores y del conjunto de los ciudadanos. Sin embargo, y a pesar de los datos aportados por el antes mencionado periodista en su infinita sabiduría y facultad de análisis, me atrevo a desdecirlo y a afirmar que la raíz del problema no es, por una vez, la actual crisis económica. La raíz de este asunto se remonta a varios años atrás y a nuestra incapacidad de evolución a la velocidad de la luz, al riesgo de convertir lo negro en blanco de una sola pincelada sin detenernos a valorar el gris. La base de este asunto es en realidad un fallo educativo garrafal por no reconocer el término medio. Y en esto la responsabilidad es de todos. Porque legalmente, y a partir de la España constitucional, se nos ha prohibido traumatizar a un niño o maltratarlo, confundiendo la dirección con el trauma y la bofetada con el maltrato, porque se comenzó a dotar a los hijos desde la infancia de todo lo que pedían y así han crecido convencidos de que el mundo entero les pertenece, porque no se les ha reñido nunca por no crearles complejos de culpabilidad, porque se les ha dado todo hecho y así se han acostumbrado a cargar la responsabilidad sobre los demás, porque se les regalan todos los medios económicos para que no sospechen que para ganarlos hay que trabajar y porque nos hemos convencido que de no hacerlo así estaríamos volviendo a la instrucción dictatorial y de censura.

La educación en España ha avanzado en treinta años de Historia de la imposición como norma en que se cimentaba la enseñanza preconstitucional al ensalzamiento de los derechos del menor obviando sus obligaciones. Hemos pasado del autoritarismo de Don Francisco, padre y muy señor mío, prietas las filas; al padre permisivo que se convierte en Paco, Paquito y "mi viejo", sin detener el flujo del embalse cuando las aguas llegaron a su justo término medio, creando una generación de padres que a la hora de criar a sus hijos no encuentran referentes y toda una generación de menores que ha crecido con una ausencia total de patrones de conducta adecuados, sin imposición de límites o normas y en una desequilibrada combinación de estilos sancionadores y permisivos que dan lugar a que no acepte control de ningún tipo. Antes de la Constitución, los menores no tenían derechos; con ella, los adquirieron todos, pero sin obligaciones porque alguien, o todos un poco, enterramos el artículo 155 del Código Civil en que se detalla clara y llanamente que los hijos deben obedecer a sus padres mientras se encuentren bajo su tutela y respetarlos siempre.

Y esto es lo que no hay que dejar de transmitir a los menores, que también tienen deberes, y hay que exigírselos sin miedo a la posibilidad de regresar a la educación a toque de corneta que sus padres padecieron. Tenemos que devolverles la autoridad a padres y educadores sin temor a que esto se pueda convertir en una nueva dictadura, y darles a los menores la satisfacción de sus derechos exigiéndoles sus obligaciones. Que no parezca que es quererlos menos si no los protegemos del conocimiento de lo que está pasando, si no los criamos inmersos en una burbuja ajenos a la realidad de la vida. Que no sea éste el legado que vamos a dejar en un país que camina a golpe de ajustes y negativas. Que no quede un conjunto de ciudadanos que no saben reaccionar ante el fracaso o la desilusión, que se revelan en las pequeñas sociedades que son sus familias y que saldrán al mundo con esa misma incapacidad de canalizar el desengaño, entendiendo que la violencia es la respuesta a lo que no se desarrolla según sus deseos. Que sea una labor de todos.

 
"Primero se llevaron a los negros, pero no me importó, porque yo no era negro.
Un día vinieron y se llevaron a mi vecino que era judío, pero no me importó porque yo no era judío.
Luego se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no lo era; (…)
después detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista;(…)

ahora me llevan a mí, pero ya es demasiado tarde.”

Bertolt Brecht.

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