sábado, 15 de diciembre de 2012

Que nada sea gratis


Nos hemos convertido en una ilícita ONG de ayuda a los menos necesitados. Alguien debería ocuparse de analizar el gasto descomunal que crece a expensas de los bolsillos más pequeños traducido en subvenciones a partidos políticos, organizaciones empresariales, empresas, fundaciones, sindicatos, etc. Irónicamente, el gasto en subvenciones ha ido incrementándose desproporcionadamente en los últimos y peores años de nuestras vidas, y, a pesar de las ahumadas promesas de los políticos, el despilfarro sigue fluyendo como un río de abundancia.

Rescatando algunos números que flotan en una marea de despropósitos económicos, apuntaré que en el primer semestre del año corriente, el partido gobernante y la oposición se han agenciado veinticinco millones de euros en subvenciones para fines diversos o, lo que es lo mismo, sin justificar. Por si fuera poco, las fundaciones de estos mismos partidos han ido amontonando fondos en aportaciones del Estado por encima de los cien millones de euros. Entendemos que de este despliegue es de donde pagamos el desmesurado número de políticos que mantenemos en este país y del que ya hemos tratado, pero nunca se sabe.

Al lado de los partidos políticos y las fundaciones, tenemos el conjunto de empresas, algunas incluso cotizando en IBEX 35, que reciben su correspondiente subvención. El pasado año entre un grupo de treinta se embolsaron otros cien millones de euros del Ministerio de Economía (en tanto que las PYMEs van clausurando locales portal tras portal sin ayuda de ningún calibre). Y, junto a aquéllas, las Comunidades Autónomas. Hasta ésas que están intervenidas, recortando sueldos y despidiendo trabajadores, dedican parte de los recursos a proyectos sin sentido.

Sin embargo (y bajo a los pies de los caballos), sentados en la misma parada del autobús en que nos sentamos quienes no nos desplazamos en coche oficial, encontramos también individuos de nuestras mismas características chupando del bote con la desfachatez que les permite un lugar más humilde en la sociedad. Ayer mismo, esperando bajo la lluvia la llegada del transporte público, un chico con aires de que la ruina de estas navidades no va a ir con él se quejaba de que, con todo lo que paga a Hacienda cada mes, percibía una minúscula ayuda para el alquiler y que tenía que esperar lo indecible para cobrarla. Hubiera querido introducirme en la conversación (¡maldita educación de los años ochenta!) para preguntarle cómo era posible que pagando tanto a Hacienda mensualmente tuviera derecho a subvención de ningún tipo, pensando que si tanto paga cuánto cobra.

Al tiempo que día a día desaparece la clase media que sostenía esta tierra, todos esperan que la recaudación de impuestos revierta en su propia cartera olvidando al jubilado que hace cola delante de mí en una oficina de banco, contando las monedas exprimidas de su pensión de seiscientos euros, para pagar el recibo del suministro eléctrico que le han cortado mientras la sombra de Edward Murphy se arrastra a sus pies por el suelo de la sucursal.

Casi todos coincidimos en que alguien tendría que controlar este dispendio de subvenciones para evitar que la responsabilidad de salvar al país de la situación que atraviesa recayera exclusivamente en los trabajadores con esas archisabidas subidas de impuestos y bajadas de sueldos que llenan páginas y mentes atormentadas. No se puede consentir que una crisis que es de todos se pague exclusivamente con el sacrificio de los trabajadores que nunca contaron con los privilegios de que sigue gozando la clase política como si nada hubiera cambiado y que se convierte en un ejemplo de inconsciencia para todos. Pero…, ¿quién habría de ser el responsable de gestionar este chorreo de bondades que no tuviera parte alguna? ¿Qué mano inocente nacida en este país de sinvergüenzas y chupasangres podría manejar honestamente la caja de los contribuyentes?

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