martes, 31 de diciembre de 2013

Fin de algo

La medida del tiempo es una de las cosas más subjetivas que existe pretendiendo ser una de las más objetivas. Aunque las acotaciones sean necesarias. Parece ser que las personas necesitamos tener la sensación, de vez en cuando, de que algo termina. En cierto sentido, es la manera de hacer balance, porque termina un año o porque llega un momento en que mirar hacia adelante causa más vértigo que recogerse en el pasado. Algo en lo que empieza a convertirse el 2013. Dentro de unas horas, nos levantaremos diciendo: esto se acaba, entendiendo por "esto" absolutamente nada, aunque parezca que hay algo que se deja atrás. Quizá ese infierno que dicen que hemos abandonado cuando la sensación general es que queda todavía mucho purgatorio.

Para Mariano Rajoy, las fases de lo que él entiende por la redención de este país se enmarcan exactamente en ciclos de 365 días. Así, midiendo la crisis de acuerdo al movimiento de traslación terrestre, 2012 fue el año de los ajustes, 2013 ha sido el año de las reformas y 2014 será el año de la recuperación, que, sin lugar a dudas, empezará a tomar forma tan pronto como la Osa Mayor se sitúe sobre el nordeste junto a la estrella Polar. Pero el Gobierno de Mariano tan pronto computa balanceándose al arbitrio de las constelaciones como observándose el ombligo y, en ese caso, un total de 133, convierte al año 2013 en el año del escrache. Si mirasen el ombligo del resto del país, parece más el año de los parados, con seis millones; de los desahuciados, con más de setenta mil; o del hambre, la corrupción y la miseria en cantidades que no se pueden contabilizar. Visto así, el resumen de su media legislatura, más que una cuestión estelar, es sólo cuestión de lo gorda que a cada uno se le haya hecho la borra umbilical. Y, aunque la pelusa del ombligo gubernamental voló casi antes de formarse mientras que la nuestra empieza a hacer metástasis, a cada cual, le importa lo suyo. A ellos, lo que los estorbamos; a nosotros, lo que ellos nos estorban. Sin cambios a la vista.

Por tanto, 2014 podría ser el año de la recuperación o el año en que seguiremos preguntándonos: ¿y a nosotros cuándo nos toca?. El 31 de diciembre de 2013 podría ser el fin de la reforma integral del país o sólo el fin de un año con el que no se acaba nada más que las hojas del calendario. Lo que en ningún caso traerán ni el fin de 2013 ni el año 2014 es el término de este Gobierno que se sienta a comer en la mesa de los mayores y de refilón mira a la mesa de los niños para asegurarse de que no dejamos nada en el plato. Ese Gobierno que nos reparte pan con pan pidiendo que nos imaginemos lo que hay dentro. Ese Gobierno que mira para otro lado cuando son los propios ciudadanos, las asociaciones, el voluntariado el que sirve la mesa que no le toca servir. Ese Gobierno, la tropa de la recuperación, que se hace el distraído sabiendo que lo que no mata engorda y que esta política de austeridad que pretenderá que sigamos comiendo no nos está engordando.

¿Hay motivos para brindar? Díganmelo ustedes.

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jueves, 26 de diciembre de 2013

Montoro, Wert, Gallardón y otras chicas del montón

A los políticos de esta nación, el hecho de que el país se vaya moviendo a bandazos sin sentido con tal de imponer su santa voluntad, francamente, queridos, les importa un bledo. De todas las medidas importantes adoptadas por el actual Gobierno, no quedará ni media (palabrita de Rubalcaba) en cuanto la oposición tome el mando, algo que saben que sucederá con la misma seguridad con que mandaron al país a tomar viento. Que el resumen de la obra del PP en este año que termina sea el anuncio de que nada durará dos primaveras, se mire como se mire, es un pitorreo de patio de colegio. Que todos estos señores tengan el cuajo que hace falta para cobrar la nómina todos los meses de la misma caja y no puedan ponerse de acuerdo ni para dar la misma hora dos a un tiempo es para hundir el Congreso. Para que no pase, este año nos deja en prenda una Ley de Seguridad Ciudadana, abocada a que la carguen en el camión botijo y la manden a cocheras con el cambio de legislatura, una Ley de Educación, que aún no han determinado por dónde metérsela a José Ignacio e, incluso, la nueva Ley del Aborto, que, si no una deposición de última hora, suponemos que ha tratado de ser una bonita forma de descorchar la celebración de la Natividad. Nadie es capaz de explicar esta monomanía del PP con el asunto del aborto. Si hasta el Papa Francisco les estaba diciendo que eso ahora no pedía pan. Pero nada, tomad y comed.

Termina el 2013 y, al PP, se le está formando un barro con semejante tormenta de ideas que ya no están de acuerdo ni consigo mismos. A la delegada del Gobierno en Madrid, lo de la reforma de la ley del aborto ahora no le parece bien o le parece bien pero sólo un poco y, al rato, no entiende que la gente se lleve las manos a la cabeza con el planteamiento cuando esta propuesta del Partido ya venía en el programa. También el mismo programa prometía que no se subirían los impuestos, que no se tocarían las pensiones y que el PP iba a ser un motor de ingeniería alemana en la fabricación de empleo y, de todo aquello, ni flores. Vamos, que el Gobierno se ha esmerado en cumplir exclusivamente con lo que todo el país esperaba que incumpliera. Que ya es tener puntería, Cifuentes.

Para los que nacimos pejigueros y para los que no, al margen de estos desajustes de última hora, es verdad incontestable que no viviremos suficientes años para agradecerle a este Gobierno que, a lo largo de este año que se nos desmaya de viejo, haya conseguido que el salario medio de los españoles sea el más alto de España, que el índice de paro sea el más bajo de España y que hayamos tenido la inestimable oportunidad de disfrutar de esa profesionalidad que se gastan para la que no existe competencia a lo largo y ancho de este país que dirigen. Son datos indiscutibles que atenúan el desaliento. No podemos dejar de aceptar que si, de vez en cuando, nos atinan con un pelotazo policial en el ojo, con un manguerazo en plena cara o con una multa en el buzón por alterar el orden de una manifestación a la que no acudimos es por la estricta necesidad que nos reconocen de pararnos a pensar en el cúmulo de parabienes del que disfrutamos desde que el PP gobierna. Que, como dijo Ana Botella, es su ideología la que ha traído mayor progreso a la historia de la humanidad y, eso, no se paga con sobresueldos.

Al final, igual que hay gente que no desaprovecha ocasión para renegar de lo intachable, habrá gente, digo yo, que esté encantada con este plantel de ministros que dan color a nuestras oscuras existencias. Algún escritor, español incluso, de opinión sarcástica que, con esta caricatura de gobierno que se pinta sola, no necesite estrujarse los sesos para rascar una columna de humor diaria. Con todo o sin nada, que nos quede claro que el 2014 se presenta entero de más de lo mismo. Que no nos pille, como éste, con la paciencia justa porque los caminos del PP son inexcrutables.

martes, 24 de diciembre de 2013

Nochebuena

Un poco de lo mejor que tienen estas fechas son los ataques de nostalgia en las reuniones familiares. El recuerdo de aquellas Navidades de hace setenta años que, a pesar del paso del tiempo, cada día están más cerca. En algún momento, entre el discurso de Su Majestad y la vuelta al cole, mi padre volverá a narrarnos la felicidad que también procura celebrar con mucho menos. Mirando, sin verlo, el centro frutal que adorna el centro de la mesa, regresará a aquellos días en que la Epifanía traía sólo una naranja para compartir al abrigo de un brasero mal dimensionado. Entonces, nevaba mucho más, pero, en algunos rincones, vuelve a hacer exactamente el mismo frío.

Si no fuera porque la tradición avala el fantasma de la Navidad, cabría creer que es una nueva forma de distracción ideada por quienes, esta noche, brindarán con sobresueldos. De esas noches buenas que se les han permitido a unos cuantos, llegamos nosotros a ésta un poco más pobres, un poco más fríos, un poco más nostálgicos, un poco mejores tal vez. Nos sentamos a la mesa sin poder obviar que, abajo, en la calle, se reescriben los cuentos de Dickens con un realismo que no es literario. Por un segundo, nos aferramos a la silla conscientes de que es poco más que casual que conservemos el sitio. Nos sabemos afortunados por seguir prendidos al hilo invisible del que pendemos como las bolas del árbol. Y, aunque hay árbol y sillas y mesa, va resultando difícil reconocer el encanto de esta España a media luz.

Algunos, hoy, tendremos cena y Navidad y mensaje de Navidad. Parece que el último fue ayer, pero será esta noche. Alimentaremos nuestras esperanzas con risas y sonrisas llenas de lo que aún no hemos perdido o de la felicidad impuesta por el consumismo a un paso de extinguirse, mientras nos abrazamos amontonados al borde de un abismo al que esta noche no querremos asomarnos. Quizá esta Navidad no sea mejor que la pasada ni peor que la próxima, pero será la única en esta parada de regreso al futuro en que la miseria deja de sonar a viejo.

Hagan lo que puedan y, si pueden, hagan feliz a alguien.

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lunes, 23 de diciembre de 2013

Una Navidad como la nuestra

¿Cómo se maquilla una mierda para que quede atractiva? El Consejo de Europa, encargado de velar por los derechos de los ciudadanos, ha calificado de altamente problemática la Ley de Seguridad Ciudadana presentada por el Gobierno español. Podemos esperar a que algo similar suceda con la nueva Ley del aborto. Y también esperaremos a que el Gobierno se ocupe sólo de maquillar dos mierdas como dos soles mediterráneos para que en Europa parezcan otra cosa de lo que son.

Porque aquí ya todo vale y, si no vale, el Gobierno se pide un camión botijo estas Navidades para que valga ya y se calle la calle, que no les deja dormir la mona de semejante borrachera de fechorías e incompetencias; y que descansen las cuentas en Suiza y el paripé justiciero para no dar que hablar lo que no se puede decir, aunque, también sea cierto que, para uno que está hasta los huevos y lo expresa abiertamente, noventa y nueve otorgan porque tienen que estar a otra cosa: a lo del hambre o el frío o el paro o la desesperación; y manga ancha para seguir robando sin poner coto, sino ideando leyes por si la bestia despierta con gritos destemplados a deshora; y una Hacienda que trague facturas falsas para que, a la infanta, no se le empolven los zapatos por pisar un juzgado; y una ristra de banqueros puestos en fila con el fin de extender bien la usura de haber ganado un 80% más gracias a la inyección del dinero que nos extraen sin reponer a través de crédito ninguno porque en grifo cerrado no entran moscas cojoneras que obstaculicen los robos y las financiaciones ilegales y la creación de paraisos fiscales para tesoreros; y que fluya la desvergüenza y la mentira calle abajo sin freno y sin justicia, que ya no va a hacerles falta salvo para encerrar a las cuatro conciencias que restan, a las cuatro bocas que aún se abren para ofender y no por hambre. Y, en silencio, seguir robando y viviendo de lo nuestro.

De lo nuestro. Señores diputados, concejales, alcaldes, ministros, presidentes autonómicos y señor presidente del Gobierno, que día a día sientan esos reales traseros con los que dirigen nuestro país sobre nuestras vidas para depositar en ellas su mejor obra, quiero desearles, en estas fechas, la Navidad que sólo ustedes merecen. Una Navidad para todos como la nuestra. Y mucha, mucha Navidad de la de los que no comen, de la de los que no duermen, de la de los que ya no se calientan, de la de los que no viven. Desde aquí, quiero hacerles llegar todo aquello que ustedes construyen para nosotros. Todo lo que nos legan. Todo lo que nos endosan a diario. En este rincón de cuarenta y siete millones de almas que no conocen, ni ganas, les envuelvo los deseos que me inspiran tanto en estos días tan entrañables como el resto de los días del año, la esperanza de que el año próximo sea tan próspero para ustedes como para cada uno de nosotros, los mismos propósitos que ustedes nos tengan preparados para los meses venideros, el aguinaldo que España carga desde primeros de enero, los regalos que no pedimos, los que no hemos abierto aún y una mierda entera y sin aderezos como la mal llamada Ley de Seguridad Ciudadana, como la malparida Ley del Aborto o, simple y llanamente, como el sombrero de un picador.

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domingo, 22 de diciembre de 2013

La ilusión

Hubo un tiempo, a principios de los ochenta, en que yo también quise ser niño de San Ildefonso y llenar de esperanza los hogares españoles cantando lo que me saliera de las bolas. Mi madre, rezando por no frustrar la que podría ser la ilusión de mi vida, me explicó que, en aquellos años, tendría que haber nacido en Madrid, varón y huérfano. Tuve que entender que nunca me tocaría ser niño de San Ildefonso porque, al nacer, no había dado ni una. Al otro lado del bombo televisado, la sensación de no haber acertado ni un número era también la misma año tras año. La explicación en casa era que había gente que lo necesitaba más y que, a nosotros, no nos faltaba de nada. Por tanto, tampoco nos tocaría nunca la lotería. Crecí con la sensación de que, para participar de estos premios en alguna medida, como repartidor o como beneficiario, había que carecer de padres o de algo. Forzando mucho las ganas de seguir justificando la compra de algún décimo cada mes de diciembre, sólo quedaba ya el frágil argumento de la ilusión. La ilusión viene a ser ese estado de gracia y cosquilleo descontrolado que se experimenta momentos antes de precipitarse del "A ver si hay suerte" al "Que no nos falte salud". Hay gente que dice que, de eso, también se puede vivir. A mí, visto a través del optimismo que me caracteriza desde que tengo uso de razón, lo que me parece es una forma bastante masoquista de ir a darse de bruces contra el muro de la realidad.

Pero, al ser humano, le gusta alimentar las ilusiones propias y ajenas. Desde niños, atiborran nuestra ya de por sí suficientemente nutrida imaginación con fantasías ideales como la del ratoncito Pérez, los Reyes Magos o Papa Noel (que, con lo nacional, teníamos poco) para hacernos despertar un día de todos estos sueños con una buena guantada de autenticidad. Dicen que una colisión a 120 km/h equivale a subir a la torre de Pisa y dejarse caer contra el suelo sin miramientos, como podrían decir que equivale al sopapo recibido en el momento en que  que tus padres decidieron desvelarte la magia de la Navidad. Yo creo que algunos de los que hemos sido niños hubiéramos preferido evitárnoslo.

Después de esto, necesitamos seguir construyendo una vida de ilusiones que nos ayuden a levantarnos de la caída elevándonos nuevamente hacia un cielo de imposibles desde el que volver a caer para alzarnos una vez más. Existimos en la ilusión de que la vida nos sea favorable, de que el amor no descanse, de que la amistad no se pierda, de que la salud no nos falte, de que nuestro equipo gane la liga, de que nos concedan las Olimpiadas, de que la fiesta no pare. Pero la vida no siempre viene de cara y el amor se acaba y la amistad se olvida y la salud nos falla y nuestro equipo no es nuestro y las Olimpiadas, de otros y las luces siempre, siempre se apagan.

A veces, una se pregunta por el sentido de elegir esta existencia cuya radiografía es la de un electrocardiograma. Por qué no nos sirve trazar una vida en línea recta sin perseguir cumbres que no se sostienen. Por qué nunca basta con lo que viene de frente. Perseguimos quimeras avaladas tan sólo por un desmedido golpe de suerte. Rezamos para aprobar un examen sin haber estudiado, soñamos con que nos toque la lotería sin haber jugado, fantaseamos con recibir la llamada que no nos atrevemos a hacer, caminamos idealizando una senda de fortuna gratuita, votamos al PP esperando que el país se arregle, aguardamos a que la corrupción se evapore por caprichos de la física, imaginamos que de fuera vendrán y de la crisis nos sacarán, anhelamos una nación de primer orden construida por arte de magia, subsistimos a base de juegos, de concursos, de competiciones, de luchas... Precisamos una vida perlada de ilusiones que, a menudo, derivan en pozos de decepción. ¿Por qué?

Tratando de construir una razón acorde con estas fechas, podría decir que ha sido es y será porque, a pesar de los golpes, existe siempre un momento de éxtasis, a un segundo de ganar o perder, con un galón de aire atrapado en los pulmones, sintiendo la sangre a todo gas por nuestras venas, la adrenalina a borbotones río arriba, con la mirada fija en nuestro objetivo, los pies a un metro del suelo, el alma rompiendo la cáscara; en que el corazón late como tememos que no lo vuelva a hacer y, entonces, sabemos que, por ese instante, merece todo la pena.

Que no nos falte de nada.

¡¡Feliz Navidad!!

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sábado, 21 de diciembre de 2013

Abortemos este Gobierno

Los Gobiernos deberían saber que las leyes restrictivas no impiden que se obre según una convicción, sólo consiguen aumentar los riesgos de actuar igual. Los Gobiernos deberían tener en cuenta que no se puede imponer la forma de pensar de unos pocos a todo un país. Los Gobiernos deberían sopesar el riesgo de no dejar que un país siga decidiendo absolutamente nada por sí mismo. Los Gobiernos deberían tener claro que su labor no es imponer un código moral, el suyo, a todos los ciudadanos. Este Gobierno debería ver de lejos que hay muchos campos que labrar en este país venido a menos antes de hacer lo que quiera que estén haciendo.

Cuesta ponerse a opinar sobre un tema tan peliagudo como es esta nueva ley del aborto promovida por el ministro Gallardón y que lo único que tiene de nueva es que se aprueba hoy. Alberto Ruiz Gallardón decide restringir el derecho al aborto porque "la vida no es una concesión graciosa", como pueda serlo la concesión del Ministerio de Justicia, por ejemplo. Apunta, para los más iletrados, que además la vida "es un derecho inalienable que no se ve reducido por razón de discapacidad", como inalienable es el derecho a ser titular de determinados Ministerios de este Gobierno por muy incapacitado que se esté. Al margen de que las comparaciones, al señor Gallardón, puedan parecerle odiosas, resulta paradójico que un Gobierno que lo primero que ha hecho es eliminar las ayudas a los discapacitados obligue a las familias a tener niños impedidos para dejarlas abandonadas a sus posibilidades de ofrecerles una vida digna. Yo no sé si un feto con una malformación congénita desea nacer, lo que sí sé es que hacen falta algo más de mil euros mensuales para proteger esa vida y hacerla lo más digna posible. Y me parece una vergüenza, señores del PP, que sea el propio Gobierno el que lo priva de esa dignidad obligándolo a nacer en un país con una ley de dependencia derogada por este mismo Gobierno.

Así pues, señores meapilas del Congreso, ministros de ceja espesa, fascistas de justa sesera, acepten si pueden una sugerencia dictada desde el poco sentido común que me visita un viernes sin otro. Deroguen ustedes el derecho al aborto si el llanto de esos niños no nacidos les roba el sueño más que el de los ciudadanos que ya viven en este país, pero protejan a esas madres del sacrificio, el dolor y el sufrimiento con que esos niños marcarán el resto de sus vidas, adjudicándoles el dinero que ustedes se ocupan de robar legal o impunemente a diario. Permitan que esas madres maltratadas y esos niños malformados puedan, al menos, vivir en la paz y la libertad que un país con una mejor disposición para acogerlos les brindaría. Hagan ustedes posible que esas madres no tengan que valorar si siguen adelante o no con esa vida por falta de medios. Porque son ustedes quienes están abortando la vida, no sólo de esos niños, sino también de sus madres y sus padres. Yo, señores del des-Gobierno, amo la vida a muerte, pero no apruebo esta muerte en vida a la que nos están abocando con sus imposiciones, prohibiciones, derogaciones y recortes imposibles.

Nota para no olvidar: Anoche, me cené, de una sentada, las memorias de Lola Herrera, esa dama del teatro a la que mi madre lleva años adorando por su "elegancia", entendida como la excepcional cualidad del saber estar. Sus recuerdos, contados desde una serenidad difícil de mantener cuando se es la protagonista de esa vida que narra, la retratan una vez más. Lola Herrera es una mujer hecha a sí misma en un mundo en el que todo estaba en su contra. Su voz es la voz templada y dulce de una mujer que confiesa haber tenido que parecer valiente por estricta necesidad. Una mujer que dejó de estudiar temprano por empezar a trabajar y a luchar en una España en la que no se podía ser mujer. Una mujer que entiende, porque lo ha sentido, lo que le ha costado a su generación llegar a ser lo que hasta ayer podíamos ser. Échenle un vistazo. Por lo que no se debería olvidar.

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lunes, 16 de diciembre de 2013

A Japón, pasando por Madrid

Últimamente, España huele que tira para atrás (o para adelante, según de dónde se observe). Cualquiera que asome el morro de los Pirineos para abajo sale por piernas con una cara de asco que mosquea. Luego, están estos políticos nuestros (no digo como causa del asqueo guiri, aunque a veces nos ayuden a sospecharlo) que, antes que buscar una solución digna para la situación del país, prefieren apostársela a lo que se tercie. Ya intentaron jugársela a las olimpiadas y, en vista del resultado, ahora rezaban, con toda la disposición en pompa, para ganarle la partida a la crisis en la ruleta rusa de Eurovegas. No dejamos pasar ocasión de hacer el ridículo por todo lo alto.

Casualidades de la vida en ruta, un día, el magnate Sheldon Adelson se inclinó sobre los secarrales de Alcorcón y anunció que, en esos áridos pedrolos, él iba a plantar un imperio. Como lo de los imperios por estos lares ni lo olemos desde el XVII, Mariano abrió las cuencas con tal amplitud que, si no se los sujetan las gafas, se le quedan los ojos colganderos. Pero, cuando creíamos tener todo listo para descargar las mesas de juego, los chulos y las churris, el multimillonario se arrancó con que faltaba cerrar un pequeño detalle: crear un marco legal hecho a la medida de su chiringuito y al margen de la legislación del país. Después de reírse un buen rato de nosotros, se destapó con este capricho de última hora como si no se hubiera acordado hasta entonces de que lo que le apetecía en realidad era un lugar en el que poder fumarse hasta la obligación de tributar sin competencia ninguna. De buenas a primeras, el proyecto de Eurovegas pasó de ser el sueño de un imperio a ser un castillo en el aire con menos de un soplo. Mariano no sabía qué cara poner (ya las ha puesto todas). Otra vez, había prometido por encima de sus posibilidades y las nuestras. La tormenta de millones de euros que estaba a un relámpago de llover sobre Alcorcón volvía a convertirse en otro jarro de agua fría y pasmosa realidad. Esta España acostumbrada al trinque, al juego y a la corrupción sin disimulo le acabó parecido poca al señor Adelson. A pesar de lo que nos hemos esforzado en ofrecer el mejor perfil lúdico-festivo, al final, resulta que continuamos hechos sólo para jugarnos el hambre en una mesa de tasca a una carta de mus, al tute o al teto. Y así fue como este nuevo Cid Campeador se encerró en su limusina y, al grito de "¡ya no juego más contigo, Mariano!", partió en busca de pastos más verdes.

Sin explorar alternativas que requieran un mínimo de esfuerzo político, un atisbo de lucidez mental, una pequeña muestra de merecerse el sueldo que cobran pero no se ganan, de camino a la ruina, nos han convertido a España, además, en una parada para bajarse a mear. En el cenicero en que esta suerte de cuatreros decide apagar el puro mientras apura el inexcusable café con leche in Plaza Mayor. En el patio al que vienen a imponerse y que abandonan frunciendo el morro para irse a jugar de verdad a los jardines orientales. Nadie sabe a ciencia cierta si es porque los japoneses caen más simpáticos o porque tienen una economía mucho más saneada que la nuestra amén de un cambio legislativo en marcha más acorde a los anhelos de Adelson. Mariano apuesta por que sea lo primero.


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viernes, 13 de diciembre de 2013

Independencia, sí pero no.

Artur Mas lleva semejante borrachera con lo de la independencia que, cuando se ha puesto a consultar, la pregunta le ha salido doble. "¿Quiere usted que Cataluña sea un estado? Y, si es así, ¿independiente?" Alguien, con un poquito más de sobriedad, ha debido de sugerirle al paladín del tipo test, que definiera lo que es un estado, a lo que Artur ha contestado resolutivo: "¡Pónganlo en mayúsculas!". Parece ser que, a un catalán, la cuestión en mayúsculas se le despeja como una X, sin embargo, a mí, que no lo soy, se me acentúa la cara de pasmo. Más o menos de la misma manera en que lo haría si, cuando voy a casa de mi madre, me preguntara: "Hija mía, ¿te apetece un bocadillo? Y, si es así, ¿con pan?". "Y, si no es así, ¿cómo es?, ¿con mortadela sólo?" "No, mujer, un bocadillo con mayúsculas". Llámenme alarmista, pero yo, a mi madre, me la llevaría a urgencias.

A Artur Mas, madre del independentismo, se le ha puesto a parir con tanta insistencia que, al final, ha alumbrado un engendro engañoso y ridículo. Un sí pero no. Un poner a la Historia (con mayúsculas) a mover sus silenciosos engranajes hacia la degradación. Eso que estudiarán, si les dejan, las generaciones venideras y que empieza a abundar en animaladas de todo pelo y plumaje para regocijo de quien tenga el placer de transcribirlo, a mí, un puntito de vergüenza ya me da, aunque no sea yo quien se preste a salir en la foto. ¿Qué dirán quienes tengan la obligación de recordarnos?: "Los españoles del siglo XXI, ¿eran tontos? Y, si es así, ¿de capirote?"

Como contraprestación, el hecho de que CIU, ERC y el independentismo en estado puro estén hoy de champanada creyéndose que han alcanzado un acuerdo, me da una risa que me lo cura todo. Como diría mi amigo Recio, "tengo el besugo fresquísimo". La(s) pregunta(s) formuladas para una consulta que no lleva visos de tener lugar, sólo podrían dar como resultado un soberano NO a la independencia. Pero los independentistas están tan convencidos de llevar razón que pierden siempre y ni se enteran. En el fondo, España, les hace el favor de su vida no permitiendo que Cataluña responda, porque la prohibición les otorga un victimismo triunfalista envuelto de una falsa razón que la realidad les quitaría. No se gana queriendo tener razón, sino defendiendo la postura con la contundencia que no lleva esta diarrea de última hora. 

En cualquier caso, y sin resolver lo irresoluble, que ningún español se lleve a sustos innecesarios porque Mariano ha asegurado que esa consulta no se va a celebrar y, si por algo se conoce a Mariano, es por decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Elegía a Nelson Mandela. Por Mariano Rajoy.

Cuando no se sabe qué decir, el fútbol viene a ser un tema de lo más socorrido. Eso lo sabe cualquiera que haya asistido a una cena de empresa o a un funeral de estado. El fútbol es además la lengua vehicular en las relaciones internacionales. Conmovido hasta el tuétano en ocasión del último adiós a Mandela, sin palabras y rodeado de guiris por los cuatro costados del esmoquin, Mariano sólo pudo apuntar que, sobre todas las cosas, era "un momento muy bonito y emocionante" porque ése era el estadio en el que España ganó el Mundial, como si el estadio fuera nuestro y el entierro de Mandela lo patrocinara la Roja.

Desde que le comunicaran la noticia del lamentable deceso, Mariano no ha podido evitar convertirse, por delante de Mandela, en el protagonista principal del acaecimiento. Incluso escribió un emotivo panegírico cuya única conexión con el Nobel de la Paz era el negro que lo abanicaba mientras sudaba tinta. Mariano, haciendo gala de esa sensibilidad que caracteriza a los que sólo saben posicionarse del lado de los buenos una vez que ha acabado el partido, se esforzó hasta el punto de subrayar el comportamiento ejemplar de su amigo Nelson cuando éste se pudría en el trullo por razones que ahora resultan encomiables. Nuestro presidente es ese invitado que consigue recordarnos que no hay celebración más ridícula que la de la muerte. Que no hay como estirar la pata para perder la identidad.

Ayer, todos los líderes políticos y Mariano se batieron en duelo por apadrinar a Mandela. Agradeciéndole el tránsito, le perdonaron todos sus pecadillos capitales de los setenta travistiéndolo de terrorista a héroe de la libertad en un visto y no visto. El propio Mariano se metió tanto en escena que, si le dejan, hasta se lo trae, y, conociéndolo, no se puede descartar que esté mirándole ya lo de los papeles por si, al final, se llega a demostrar que las concertinas son nocivas para la salud.

Mandela, extinguiéndose, ha logrado reencarnarse en un souvenir político, en un trofeo digno de adoración pero no tanto como para considerarlo de hecho un ejemplo a seguir. Ha sido un momento de aplauso, una lágrima provocada por el frío, una excusa para ensayar la mentira, una ocasión de estar por estar y regresar aceleradamente a otra cosa. En vista de los titulares de hoy, casi se puede afirmar que, si Mariano no hubiera sido invitado al responso, Mandela hubiera pasado a mejor vida sin pena ni gloria. La ventaja de que Nelson ya no estuviera es que así se puede decir cualquier cosa.

Nota de voluntad: El día que yo me muera, que me peguen fuego sin contemplaciones y, en este caso sí, que alguien se traiga a Mariano y nos echamos unas risas.

martes, 10 de diciembre de 2013

La razón de la sinrazón

Me cuesta pensar, escuchando las comparecencias de nuestros políticos, que no exista un fin último que justifique tanta mentira. Empiezo a intuir que, mientras los españoles nos reímos a mandíbula batiente del sainete que representan, nos estemos perdiendo, por no haber previsto un par de ojos bien abiertos en el cogote, el guiño disimulado de Rajoy, el juego de manos de sus ministros, la voltereta lateral de la oposición, la puñalada trapera que entre todos preparan clavarnos directamente en mitad de la chepa. Hay cosas que no nos cuentan o que nos cuentan poco.
 
Lo que en el mes de noviembre era un soberano desastre en opinión de Mariano Rajoy: la educación, la sanidad, el sistema de pensiones..., llegado el día de la Constitución, lo teníamos arreglado para irnos todos de cotillón, aunque la presidencia nos lo comunicara con mirada de caracol desnortado, como aquel al que no le ajustan bien las lentillas por debajo de las gafas, o porque tuvo que leer al margen derecho de la cámara lo que no hay un dios que se crea o porque no es capaz de decirlo mirándonos a los ojos ni siquiera a través del plasma. Al final, en una semana, según Mariano, se han solucionado los grandes males del país. No había para tanto. 
 
Gracias a que la privatización está siendo la madre de todos los partos. Y, en este sentido, no hay servicio que el gobierno no se esté ocupando de alumbrar y exponer como un bien común insuperable. Resulta un poco sospechosillo que, una vez privatizadas, las empresas que antes formaban parte de lo público se acuerden tanto y tan bien de aquel que les cambió el apellido. José María Aznar, como presidente del Gobierno, entre otras cosas, se ocupó de privatizar Endesa y, aunque nadie sabe muy bien lo que hace más allá de cobrar una suculenta nómina a fin de mes, hoy en día forma parte de la plantilla de la empresa. Anteriormente, Felipe González ya había privatizado Gas Natural para después ostentar, junto al de expresidente del Gobierno, el título de consejero de Gas Natural Fenosa entre un montón de bonsáis. Uno tras otro se han ido preocupando durante su paso por la Moncloa de hacerse la cama en la que más tarde se acostarían a descansar. Porque, también hay que decirlo, tienen que acabar molidos.
 
Para esta legislatura, tocaba empezar a darles un sitio a los servicios estatales en este camarote de la privatización. Y es de suponer que nuestros tributos lleven camino de dejar de destinarse al pago del bienestar. Llegará el día en que Mariano sea nombrado jefe de cirugía cardiovascular en la Seguridad Social de Todos los Santos o que el ministro Wert se encargue de rubricar la cartilla de las notas al concluir la ESO. Será el mismo día en que nos digan que lo nuestro no se paga con lo nuestro, y aceptemos que los impuestos no sirven para procurarnos derechos básicos sino para pagar la vida de otros, y que con lo que nos reste de lo que también es nuestro tengamos que pensar por fuerza en procurarnos un plan de pensiones y un seguro privado y una educación de hijo de ministro para que ellos puedan comer dos platos: de primero, impuestos; de segundo, los flecos de nuestra nómina. Porque, en tiempos de recesión, es la única forma de que sigan viviendo como merecen: que el cazo les alcance para recoger lo público y rebañar lo privado.

martes, 3 de diciembre de 2013

Huir

En medio de esta curva del país mal peraltada, existen rutinas que nos amarran al tiempo con la seguridad de lo que comprendemos. Cada día con menos fuerza. Un despertador que suena a las seis de la mañana para trabajar de lo que sea por un sueldo de media mierda travestido en un sueldo de mierda con pedigrí. El recibo pagado del banco "bueno" en formato digital. Un plato de sopa caliente cuando es el frío el que nos sujeta a los días. La vecina de abajo con el carro medio lleno como único puente para atravesar el mes. Un programa tonto a última hora que nos aleje de la realidad sin despegarnos de la vida. De esa vida de malformaciones que estamos obligados a vivir desde que el Gobierno interpretó ciertos derechos como privilegios.
 
Apuro el plato de sopa de la cena como el que mira la vida creyendo que arrastra en el fondo calorías mejores. Pero no me distrae. Hasta la cocina llega el eco de las palabras del presidente del Congreso el día en que abre sus puertas al pueblo: "los ciudadanos influyen en los diputados y eso no puede ser". Una vez más, bajo la mochila de traiciones que cargan, nos hacen partícipes de cuánto nos desprecian y cuál es la desmayada idea de democracia que los mueve. Pienso que, en cierto sentido, la política es eso: obligarnos a casi todos desde la dudosa verdad de unos pocos. Porque las cosas no son como las definimos sino como se definen por sí mismas.
 
Sin querer, me veo envuelta de nuevo por ese soniquete que no cesa en ningún canal. Ese empeño en tapar con ruido las palabras. Ese crimen de acabar la frase sin decir nada. Ese asesinato de la retórica, de la dialéctica, de la diplomacia bien entendida. Lo mismo son las euforias sibilantes de Rajoy que el tiroriro de Rubalcaba, mientras flotan, ante nuestros ojos, como los peces muertos, porque es su forma de caer.

Busco una vía higiénica de huir, entre la sopa y esta página, y olvidar ese no sé qué que se queda flotando en el aire como si no hubiera ya un espacio propio que ocupar. Sentir ese desapego que es como una punta de desgana por todo lo que nos rodea sin dejarse esquivar. Enajenarse por un instante de este aparato indecente de la actualidad, del escándalo sordo de la prensa, del griterío atronador de las antenas, del noble oficio  de la palabra convertido en un burdo salir del mal paso sin tener ni puñetera idea.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Se prohíbe ser español

Cuando el Gobierno aprueba el anteproyecto de la Ley de Seguridad Ciudadana, yo me pregunto si no tiene nada mejor que hacer. A mí, echando un rápido vistazo al país, se me ocurren unas cuantas cosas, pero también se me ocurren algunas otras que, de escribirlas hoy, podrían costarme treinta mil euros. Treinta mil euros es el precio que hay que pagar por ofender a España. "Ofensa es lo que es ofensivo", aclara el ministro Fernández con cara de ilustrísimo miembro de la RAE. Resumiendo mucho el devenir de esta nueva conquista del PP: nos dejan la nación hecha unos zorros y luego nos prohíben manifestarlo, culpabilizándonos una vez más de su inconfundible savoir faire.

No hay español inocente de la sinrazón de su Gobierno. Y, si hasta ahora, las penas se han ido imponiendo por categorías, con esta nueva ley, ya hay castigo para todos. Primero fueron los funcionarios, por cafeteros y acomodados. Luego, los parados por no aceptar empleos de media hora a trescientos kilómetros de casa. Después tocaron con su magia a los trabajadores, cobradores de sueldos por encima del umbral de la pobreza. Seguidamente, se acordaron de los pensionistas que, antes del copago farmacéutico, iban medio puestos de pastis para la tensión. Los enfermos de larga duración, que salían más caros que un traje de Camps. Los médicos, los educadores, los jueces, los barrenderos... Faltaban los librepensadores. Ahora sí, ya nos han puesto a todos en nuestro sitio.

Mi abuela solía decir: "A mí, no me gusta criticar, pero vaya culo tiene ésa". A mí, tampoco me gusta criticar, pero vaya culo nos están dejando. El Gobierno del PP se ha creído que España es suya y se permite gobernar y legislar contra los ciudadanos. Ofender a España es ofender al PP y estas cosas no pueden salir gratis. Pero es que gratis ya no sale ni ser español de toda la vida. Joaquín Bartrina, poeta y dramaturgo vinculado al realismo y condenado más pronto que tarde al olvido, escribió:  “oyendo hablar a un hombre,/ fácil es acertar donde vio la luz del sol;/ si os alaba a Inglaterra, será inglés;/ si os habla mal de Prusia, es un francés/ y, si habla mal de España, es español”. Esa autocrítica que, en nuestro caso, es una necesidad genética de primer orden ya no nos pertenece. El PP adoctrina, en este tortuoso camino hacia el progreso, echando por tierra la filosofía de las más grandes mentes pensantes y la esencia del ciudadano medio de este país. Nos empuja a progresar de tal manera que los españoles llevamos camino de dejar de serlo. Ser español, cuando esta nueva ley pise la calle, se va a convertir en un acto heroico, inconsciente o al alcance de unos pocos. Manifestarse español estará prohibido. Por nuestra propia seguridad.

Mientras mi abuela, hace un siglo, hablaba de culos, Machado, entre otros, hablaba de España como ya no podría hacerlo. Ni Machado, ni Cervantes, ni Quevedo, ni lo mejor de lo que hemos tenido en materia literaria (que es lo mejor que hemos tenido)... Pero Machado no hubiera sido nunca Machado de haber nacido hoy, en esta otra España de charanga y pandereta. La España de Rajoy. La de los que nos humillan, nos vapulean y nos acallan. La España que ya no es nuestra. Ésta de la que aún sería acertado decir que "de diez cabezas, nueve embisten y una piensa", aunque escribirlo le costara hoy a Machado treinta mil euros.

viernes, 29 de noviembre de 2013

El arte de la Botella

Los humoristas de este país están perdiendo la gracia. Resultan sosos. A mí, a estas alturas de la vida, me dan a elegir entre visionar el club del chiste o una comparecencia del PP y, si de verdad me quiero reír, elijo a los del PP. Esta formación tiene un elenco cinco estrellas. Ana Botella, por ejemplo. Cierto es que nadie la hubiera colocado en el puesto que, a veces, ocupa y, precisamente por eso, el partido en el Gobierno lo hizo por los contribuyentes. Porque no nos lo podíamos perder. No hay alcalde ni alcaldesa ni profesional de la risa en la península con más gracia que esta mujer. Alcaldes incompetentes los tenemos en todas las Comunidades Autónomas, pero tan graciosos, en ninguna. Como no está la economía para muchas risas, el gracejo es una cualidad que empieza a escasear y, sin embargo, esta señora, otra cosa no tendrá, pero chispa, como para que arda Troya. Personalmente, no conozco ningún chiste que sobreviva a la repetición con la frescura de aquel que invitaba a tomarse una "relaxing cup of café con leche" este verano. Cada vez que me pongo el vídeo, lo tengo que parar a medias so pena de partir la silla. Que no se me pasa. Pero es que, con esta mujer, no has terminado de reír el anterior que ya está escupiendo el siguiente. Es un no parar.
 
Ayer, que andábamos aburridillos, era día de Pleno en el Ayuntamiento de Madrid. A priori, no sonaba muy divertido, pero bastó echarle un vistazo al reparto para dejarlo todo. Ana Botella, señora de Madrid y alcaldesa de Aznar, defendía el pensamiento político del Partido Popular. El portavoz del PSOE, Jaime Lissavetzki, hizo muy feas acusaciones a la alcaldesa de la capital provocando una densa tensión en el ambiente que obligó a la Botella a descorcharse con lo más grande: "La ideología del PP es la que ha traído mayor progreso en la historia de la Humanidad". Di que sí, alcaldesa, tanto o más que la Revolución Industrial, el movimiento obrero, el descubrimiento de la penicilina o el de la compresa con alas. Tan graciosa resulta la afirmación en sí como considerar que los miembros del PP se mueven en virtud de ideología alguna, que es algo así como decirlo del PSOE, del perro de mi vecino o de las petunias del jardín en San Valero, pero tampoco hay que bajar tan al detalle. Lo importante es que nos hace reír. Que falta nos hace.
 
Ana Botella apareció "investida" con esa chaqueta verde ídem y esa flor en la solapa (un clásico) de la que parecía que, en cualquier momento, iba a manar un hilillo de agua directo a la cara del representante del PSOE, pero no cayó en estereotipos. Se limitó a sentenciar en su estilo parco y contundente, como cuando afirmó en enero de dos mil ocho que "todos los ciudadanos han visto esas escenas realmente espeluznantes de niños de siete meses de gestación en las trituradoras", sin aportar prueba alguna, aunque pretendiendo llevar tanta razón como llevaba cuando, a propósito del matrimonio homosexual, nos deleitó con una lección magistral de la escuela de Barrio Sésamo sumando peras y manzanas: "Las manzanas no son peras. Si se suman una manzana y una pera nunca puede dar dos manzanas". Con más razón que una santa.
 
Desde el Palacio de la Cibeles, gracias mil veces al Partido Popular, la excelentísima Ana Botella domina la villa y corte sin proponérselo con la agudeza y el ingenio que para sí quisiera más de uno que lo pretende. Después de todo lo dicho y lo que me dejo por decir, tengo que admitir que han estado muy bien pagados todos los sueldos y sobresueldos que se ha llevado la política. De no ser así, cuántos de sus integrantes hubieran tenido que emigrar al extranjero y cuánto se hubiera podido agravar la fuga a chorro de cerebros que padece este país. Yo es que no me lo quiero ni imaginar.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Eufemismos, por lo bien que suenan

De buena mañana, mi amiga Puri, que leyó de sus andanzas en este rincón, me pregunta que quién es la Puri. Por no darle una patada en todo el ego, le tengo que contestar que la Puri es un personaje de ficción, convenciéndome a mí misma de que mi respuesta no es mentira del todo, dado que, en la realidad, la Puri se supera a sí misma. Lo importante es que se conforma con la respuesta y que, una vez más, certifico que el poder de la palabra debería ser el primer poder reconocido. La palabra tiene, en la misma medida, la capacidad de decir y la de transformar la realidad.
 
El Gobierno con el país, como yo con mi amiga Puri, se ha ocupado de decir, evitando decir, y de transmitir transformando la visión de las cosas. Así, cuando la situación empezó a desmoronarse a ojos vistas y el partido en el poder consideró que la mejor salida iba a ser la de aplicar esta condena de renuncias, no por nada la denominó política de austeridad, evitando por activa y por pasiva, en directo y en diferido, pronunciar la palabra recorte. Porque el sentimiento que provoca la palabra austeridad es absolutamente contrario a la reacción que hubiera desatado reconocer que le iban a meter la tijera de lleno al montante de nuestros derechos. Como el ahorro y el control de los gastos siempre ha estado bien visto, la necesidad de ser un poco más austeros no parecía tan mala. Nos hacía creer que habíamos cometido un exceso durante décadas y generaba una inevitable sensación de culpa que asumimos redimir. Nos conformamos.

Lo mismo nos sucedió al escuchar que había que ajustar en calidad de urgencia las partidas presupuestarias de lo social. Con un cambio de denominación, se estaba transmitiendo a todo el país que los gastos no estaban bien repartidos, que no podíamos sostener el nivel de consumo que nos había conducido al lugar en el que nos encontrábamos, que estaba desajustado. El Gobierno no reconoció que nos estaba restando de lo que nos correspondía, lo que dijo fue que no había para tanto. Nos conformamos.

Tan en el papel de permutar vocablos se metieron que comenzaron a lanzar disparates tales como que la sanidad o la educación eran partidas deficitarias, cuando la realidad es que un servicio o actividad que se financia en el marco de un presupuesto público no puede tener déficit o superávit en sí mismo, si acaso lo hará el presupuesto del que salga esa partida, pero no la partida en sí misma. Del mismo modo que a ningún ministro se le ocurriría decir que la jefatura del Estado es deficitaria, porque no tiene ningún sentido, tampoco lo tiene decirlo de la justicia, la sanidad, la educación o las pensiones. Sin embargo, el Gobierno sabe que pronunciar la palabra déficit y que todo dios se ponga a temblar son dos acciones entre las que media un microsegundo. El remedio para acabar con ambas, el recorte, sin nombrarlo. Y nos conformamos.

El Gobierno sabe bien que no tiene el mismo efecto, ni parecido, utilizar una expresión u otra que significa casi lo mismo pero no lo parece. Los españoles escuchamos que lo público es deficitario, que debemos regresar a la senda del ahorro y la austeridad como buenos cristianos, que las cosas no están ajustadas a la medida de lo que son. Y aceptamos que se recorten. Porque si se hablase claro y se dijese que nuestras necesidades básicas se van a financiar con menos, los españoles pediríamos más recursos, obligando a los de arriba a rascarse el bolsillo tanto como los de abajo. Y no están por la labor.

En el fondo, todos los españoles, los cuarenta y siete millones, aunque nos conformemos, sabemos perfectamente lo que se esconde detrás de este disfraz que es la palabra. No nos engañan, pero consiguen el efecto que persiguen. Por eso, hoy, que para eso es lunes, me atrevo a dejar una pregunta flotando en el aire cibernético e invito a cualquiera que se sienta tentado de contestarla con honestidad a que lo haga. Si esta crisis, como sabemos, no la han provocado los ahorradores, ni los pensionistas, ni los estudiantes, ni los trabajadores, ni los enfermos, ¿por qué la están pagando los ahorradores y los pensionistas y los estudiantes y los trabajadores y los enfermos?
 

jueves, 21 de noviembre de 2013

Agüita de noviembre

Hoy quiero romper una lanza en favor de las viejas que van por la calle con el paraguas abierto ocupando todo el porche (esta misma mañana en fila de a una calle abajo mientras yo me hartaba de agua calle arriba). Que se me moja el paraguas, dicen. Las secundo. Porque, después de dos años y un día con Rajoy en el Gobierno, espacio de tiempo que, más que media legislatura, ha sido una condena entera, a nadie le cabe duda de que, a España, la han hecho a la medida de los previsores (y de los chorizos a gran escala, pero esos van en coche oficial). Como yo soy más de que me caiga todo encima, allá que voy sin paraguas, ni porche, ni chaleco antibalas en días en que Mariano tiene previsto comparecer. Luego me toca aguantar a la Puri: "si es que eres masajista perdida, que te lo vengo diciendo hace años luz". Y, aunque me congratula darme cuenta de que no me ha sido necesario estudiar cosmología para llegar al punto en que la curvatura espacio-temporal se reduce a una sola dimensión, me basta e incluso me sobra con conocer a la Puri.
 
Pero hoy era el día de los previsores y, además de la Puri, ha hablado Mariano, a micro abierto. Previendo, previendo, prevé que no subirá el IVA y que bajará el IRPF, pero que, para lo que le queda en el convento, Dios dirá. Prevé que haya más ajustes, pero menos que antes. Prevé un cierto crecimiento y una mejora de los ingresos, aunque no aclara de los de quién. Y, sobretodo, prevé (porque las ve antes que nadie) luces, que podrían ser las de Navidad o las que lleva viendo desde enero al final del túnel. Para la Puri, es mucho tomate y se me atasca en los ajustes. "Más ajustes, Dios mío, adónde vamos a llegar. Hay que ver lo que tenemos que sufrir las madres ¿eh?". Me lo dice a mí, que no tengo hijos ni nada, pero hay días en que me debe de ver un poco madre, o que ni siquiera me ve. Yo qué sé. Me hubiera gustado terminar de escuchar a nuestro presidente por si nos regalaba algún consejo aplicable a este tiempo que se nos presenta, pero la verborrea de la Puri me lo ha impedido. En cualquier caso, creo que no ha habido nada de eso, más que nada porque Mariano ni idea tiene de lo que llueve fuera. La Puri, sí, que sale de casa con un paraguas que parece un paracaídas, porque nunca se sabe y ella es de las de por si acaso, aunque no hay paraguas bastante para las dos, también lo tengo que decir, y que la Puri me perdone.
 
Así salimos, aún cuando Mariano, en la radio, continúa prometiendo como prometió hace ya dos años lo que ha quedado en agua de borrajas. En la calle, el país sigue haciendo aguas también y la Puri, que en cuanto se le mojan las suelas se cree que soy Neptuno, me pregunta que esta lluvia cuándo se acaba. Yo le pronostico que para rato hay caldo, por no decirle que se irá cuando le dé la real gana, e imagino cómo se lleva las manos a la cabeza, aunque no lo haga por aguantar el paraguas abierto debajo del porche, mientras yo camino con kilo y medio de agua por pernera sorteando charcos a la más pura intemperie. Me hace saber, para alimento de mi acervo cultural, que esto es buenísimo para el campo, pero yo ya empiezo a luchar entre escuchar las voces que me suenan fuera y las que me suenan dentro de la cabeza en un jueves en que, al tiempo que Mariano celebra su segundo año de gloria, los españoles andamos de barro hasta la rodilla, calados de escepticismo, sin gorro hasta el que estar, aguantando el temporal.
 
El porche se acaba y la Puri decide que hasta allí ha llegado, que no tiene sentido continuar. Bastante que me ha hecho el favor de salir de casa. Se para y me mira como si fuera a despedirse. "Sécate ese pelo", me dice. Se da la vuelta, se aleja con el paraguas abierto ocupando todo el porche y obviando, en plan mariano, porque tampoco le importa, que, a mí, me pueda partir un rayo.

martes, 19 de noviembre de 2013

Ley de ¿Seguridad Ciudadana?

Cuando salgo de casa y vuelvo la esquina del edificio, me suele sorprender un golpe de cierzo que me corta la respiración. Sé que siempre es así, que el viento gana velocidad en la avenida principal, pero siempre me sorprende. No tengo pulmones para gestionar la llegada de todo el aire de golpe. Igual que yo, la sociedad española lleva dos años tratando de respirar ese bofetón de aire que sorprende a la vuelta de la esquina y que no está capacitada para inspirar en dosis tan altas. Sueldos, sobresueldos, donaciones, desaparición de pruebas, finiquitos en diferido, mensajes de la presidencia con su imputadísimo tesorero, privatizaciones de lo más sospechoso... Es tanto de un solo golpe que atonta.

En cualquier otro rincón del mundo, un presidente de Gobierno, ministro, yerno, tesorero o edil de este calibre español hubiera perdido el cargo al primer bufido. En este país, todo pasa dejando una vergonzosa sensación de impunidad flotando en ese mismo aire de corrupción que solivianta a propios y a extraños. Mientras nosotros tragamos polvo a bocanadas revolviéndonos contra corriente, la prensa internacional hace meses que se pregunta hasta dónde aguantarán nuestros pulmones viendo cómo nuestro presidente, para quien la corrupción es "su única piedra de molino", sigue compareciendo sólo ante quienes todavía lo aplauden para poder enorgullecerse de sus imaginarios éxitos al cumplir su segundo año en la Moncloa.

El Gobierno nos ha ido suministrando sobredosis de aire sucio a diario tomándonos no sólo por idiotas sino por idiotas sumisos y manejables. Para mejor regodearse en sus logros exclusivamente personales, hoy nos sopla una nueva Ley, que tiene el valor de denominar "de Seguridad Ciudadana", y que viene a ser la mordaza de los que se atreven a protestar. Parece ser que, apabilados por esa ráfaga de injusticias que nos abordaba de una forma irrespirable, nos hemos echado a la calle a condenar auténticas tonterías. Que nos bajaran el sueldo, que nos dejaran sin trabajo o sin casa, que las grandes fuerzas del país: el Gobierno, la oposición o la familia Real nos metieran la mano en la caja al descuido, que las fuerzas del orden nos molieran a palos cuando clamábamos por esas otras insensateces... Ya estaba tardando el Gobierno en poner un poco de orden y, de paso, aprovechar para nutrir las arcas.

El Consejo de Ministros aprobará este viernes el anteproyecto de la Ley de Seguridad Ciudadana: un texto redactado en paralelo a la reforma del Código Penal con el que el Gobierno quiere acabar con las protestas ciudadanas, la grabación de excesos policiales y otras realidades que restan credibilidad al Ejecutivo, a sus recortes y a la Marca España. Las multas por tratar de interrumpir las tropelías de la autoridad con nuestros llantos de plañidera oscilarán entre los 30.000 y los 600.000 euros.

Españoles, la democracia ha muerto. 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Los abrazos que no damos

Cuando alguien a quien queremos desaparece de nuestro lado, a menudo, nos preguntamos si lo abrazamos lo suficiente. Sólo cuando nos falta ese ser querido, nos damos cuenta de cuánto se nos ha quedado dentro, de cuánto más pudimos haberle demostrado. No hablo tanto de la familia (aunque también), como de los amigos. Amigos a los que queremos a pleno pulmón y a los que nunca cogimos de la mano para transmitirles que estábamos allí, con ellos, cuando lo necesitaron e incluso cuando no supimos que lo necesitaran. Quizá porque, en el momento en que nos sentimos tentados de hacerlo, creímos que parecería raro. Tal vez porque pensamos que, si hubiéramos intentado abrazarlos, habrían dado un paso atrás. Y, aunque hay quien opina que es mejor arrepentirse de algo que se ha hecho que de algo que no se ha hecho, lo cierto es que no hacemos según sentimos. Apreciamos a las personas con modestia. Amamos a escondidas.

En noches de soledad como ésta, miramos a nuestro alrededor y pensamos en las personas que nos importan y en si las estaremos abrazando bastante. Y comprendemos que existen muchos gestos fortuitos, tropezones por el pasillo y por debajo de la mesa pero pocas manifestaciones premeditadas. Porque cada vez es más frecuente convivir con personas compuestas de una infinita ternura que no se sienten capaces de canalizar. Personas a las que abrazas y se hunden hacia dentro y callan y esperan que el suelo se abra bajo sus pies y se los trague o los escupa, pero los saque de esa posición incómoda que los aterra sin saber por qué. Nos rendimos y lo dejamos pasar. Dejamos que se pierdan los abrazos hasta que llegan las ausencias. Y, aunque, en la vida, hay ausencias que regresan con los años, entonces sucede que el abrazo que les hubiéramos dado y no les dimos se nos enfrió por el camino. Perdóname porque no te abracé como debía cuando tenía sentido.

No sé por qué corren tiempos en los que el contacto físico nos frena, nos acobarda, nos avergüenza. Más allá de ese cortés apretón de manos, de los besos al viento o la palmada de ánimo en la espalda a mano abierta, nos cuesta expresamos a través del tacto. Por lo que quiera que sea, ésta es la época en que la transmisión de afecto de una forma física intimida. Nos escondemos tras las maneras de lo políticamente correcto y dejamos que se pierdan nuestras pasiones.

Sin embargo, a lo largo de los años, encontramos personas que aprenden a abrazar y otras que aprenden a valorar esa superación de las barreras que flotan en el aire encarcelándonos en nuestra soledad. Es de agradecer. Es maravilloso asistir a ese despertar a la vida de los tiernos gestos físicos, a la superación de los miedos, a la extraordinaria comunicación no verbal. Esta noche, desde el calor de estas líneas, siento el irresistible deseo de lanzar un llamamiento en pro del abrazo.

Por la falta que nos hizo, por si creemos que aún hace alguna falta, por si hiciera falta y no lo adivinásemos... O por que no se nos quede dentro irremediablemente.

jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Y tú qué?

Una vez tuve una profesora, de inglés precisamente, que sabía menos inglés que su peor alumno (seguramente yo). Su programa consistía en esforzarse en enseñar en la medida en que nosotros le demostráramos nuestras ganas de aprender. Como a mí estas prepotencias mal argumentadas me revientan un poquito el estómago, aproveché la ocasión una vez más para perder esa magnífica oportunidad de hacer una amiga. El día en que nos hizo saber sus intenciones, decidí levantarme en medio de la clase para aclararle lo que debe ser la filosofía docente. "Disculpa, reina, no deberíamos tener que recordarte que éste es tu trabajo, no el nuestro. Que, a ti, te pagan por impartir clases de inglés de la mejor manera en que seas capaz. Y que nosotros pagamos para que lo hagas. Que, con que a uno sólo de los que estamos aquí le interese lo que tengas que decir (no seré yo), estás en la obligación de dejarte las uñas preparando esta clase. Y que nadie, de momento, te ha faltado al respeto para que consideres que tiene que ser de otra forma." No se lo tomó muy bien. Afortunadamente, tampoco estuvo en el tribunal que me examinó de aquel curso.
 
Del mismo modo que un alumno se motiva ante un profesor ejemplar, un ciudadano crece ante unos mandatarios dignos del cargo. Pero no hay alumno ni ciudadano, y menos en este país, que pueda tomarse en serio las exigencias de alguien que no es paradigma de lo que pide. Cuando hoy se ha sabido que el Ayuntamiento de Sevilla ha emitido una ordenanza según la cual, a partir de ahora, los taxistas de la ciudad deberán saber inglés para serlo, yo he pensado: "espérate a que se levante el primer taxista sevillano, que nos vamos a reír". La mayoría de ellos ha declarado manejarse con soltura en un nivel de inglés "Ana Botella". La inmensa minoría afirma tener nociones básicas y hace una demostración que me siento incapaz de transcribir porque la fonética nunca ha sido mi fuerte. El resto se defiende en el clásico inglés nivel-medio que a los españoles siempre nos ha sacado del aprieto. En cualquier caso, todos pasan el examen mejor que Rajoy (por eso, Mariano nunca quiso ser taxista) y todos se preguntan lo que se tienen que preguntar. ¿Por qué un taxista tiene que saber inglés para conducir a un guiri hasta su hotel en Sevilla y a un político no se le exige para conducir a un país por todo el mundo? Y ¿quién es ese político, que no sabe inglés, para exigirle a un taxista que lo aprenda?

Estudios a propósito de nuestro conocimiento de otros idiomas apuntan que España sigue suspendiendo en inglés, a pesar de lo que se nos ha insistido desde la transición en lo importante que llegaría a ser para encontrar un buen trabajo (que se lo pregunten a los taxistas sevillanos). España es el mejor ejemplo de que una cosa es estudiar idiomas y, otra bien distinta, aprenderlos. Y, hablando de ejemplos, de todos los presidentes que han gobernado en España desde 1975, sólo Calvo-Sotelo dominaba el inglés. El resto, mejor que nunca lo hubiera hablado. A la vista está que el problema de España no es que siga suspendiendo sólo en inglés. El problema en España, y muchas veces con razón, ha sido y sigue siendo el "¿y tú qué?".

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Basura

Hay veces en la vida en las que hay que trabajar. Y otras, pues que no. Ana Botella es de las que rara vez se encuentra con las primeras de estas veces. Si el año pasado, con cinco cadáveres de cuerpo presente, se marchó de vacaciones a Portugal como si la cosa no fuera con ella, este año, que la cosa no va con ella, es bien capaz de marcharse de rositas dejando la calle sin barrer. Bastante ha hecho que, sin tener por qué, se ha molestado en aclarar que las toneladas de basura que alfombran Madrid no son asunto de su alcaldesa, del mismo modo que el reguero de miseria que arrastra a España no es asunto de su Gobierno. Y, al que le pique, que se rasque las pulgas. Porque no se puede esperar de quien no es capaz de asumir ni sus propias responsabilidades que asuma las ajenas por mucho que éstas afecten directamente la parcela de lo que es competencia suya.

Después de diez días de huelga, el olor de la basura de Madrid llega hasta Alemania y a Ana Botella le importa tanto el hedor que desprendemos como la imagen que dimos cuando se presentó en Buenos Aires queriendo hablar en inglés. Esta mujer se ha propuesto, sin que nadie se lo pida, deleitar todos nuestros sentidos. Con respecto a lo que se publica hoy en algún periódico extranjero, yo creo que los alemanes tenían poco que decir, sobretodo, viendo esa cara que tiene la Merkel como de llevar un huevo podrido en el bolsillo, y porque a los españoles nos importa ese mismo huevo lo que opinen los germanos de nuestro país. Con respecto a lo que aquí se nos queda, lo que a los españoles nos inquieta es no ver respuesta de ningún tipo al pago puntual de nuestros impuestos. Porque esta estampa del país como una papelera volcada empieza a resultar ya un poquito cansina. Los trabajadores de la empresa encargada de retirar los residuos de la capital, de huelga, peleándose sus lentejas, como Dios manda y como debe ser, pero otra vez; los cargos públicos encargados de mirar por la salud pública de los ciudadanos, pasando, otra vez, de largo; los españoles, pagando, otra vez, el pato; y la alcaldesa, con esos pelos, que, como la mierda acumulada, no van con el cargo.
 
Me voy a evitar señalar las similitudes, evidentes por primera vez en seis años, entre la calle y el Gobierno. Y sí apuntaré que ésta es la muestra de que, en tanto que unos creen que nos sacan de la crisis, al resto nos sigue subiendo hasta la luz al final del túnel. Y, fíjense, que, a propósito de todo esto y con todo lo que nos han dado que criticar las privatizaciones, a mí, hay días en que me parece que hemos privatizado poco. Porque hemos contratado gestores privados para retirar la basura y cosas así y, sin embargo, hemos mantenido alcaldes y políticos pagados directamente de lo público que ni se retiran ni retiramos. Y, así, mientras Génova 13 aparenta seguir limpia por fuera; por dentro, alcaldes, ministros, presidentes y demás componentes de la derecha se encuentran en posición de empezar a sentirse, y cito textualmente a mi buena amiga Cándida, como un cerdo a la izquierda.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Lo que la crisis se llevó

Si ayer hablábamos de lo mejor que nos despierta la crisis, hoy lo haremos de lo mejor que se nos duerme. Lo mejor que se nos ha llevado este trance ha sido la capacidad de disfrutar de las cosas que antes nos inspiraban cierta ilusión. Hoy mismo, sin ir más cerca, he bajado al súper a comprar un palo de escoba y, de buenas a primeras, he tenido que parar a una dependienta para preguntarle cómo se salía de allí. Entre lineales de turrón, panetones y figuritas de mazapán, me he sentido más perdida que nunca. "Disculpe, señorita, todo esto ¿qué significa? ¿Es que estamos en Navidad o qué?". "Claro, si ya es once de noviembre". Claro. Pues no lo entiendo.
 
A cambio, la misma crisis nos ha traído ese qué se yo que anima a consolarse incluso sin querer. No sé si alguno habrá tenido ganas últimamente de visitar sitios como el Palacio Real, por ejemplo. Si lo hizo, tal vez haya notado que, cada vez, son más frecuentes las parejas en las que él contempla embebido, con cara de Garcilaso, los relojes marcando los cuartos mientras ella apunta: "Pues sí, muy bonito, pero, anda, ponte a limpiar todo esto. Mucho más práctico nuestro apartamento de cuarenta metros. Dónde va a parar". O viceversa, ella pasea por las estancias ojoplática, porque los ojos no le cierran frente a los tapices, pinturas y otros espantos. "Ay, qué maravilla, Manolo, ¿cómo te quedas?" y Manolo se queda dormido porque, ante lo que no va con él, como si le pones la vida de Jane Austen en versión original.

En estas estampas es en donde reconocemos que la crisis ha ido compensando las parejas y frenando los abusos. Casi todo el mundo admite a estas alturas que hemos vivido a lomos del exceso y, en consecuencia, ahora, somos mucho más sensibles a lo que no hace falta. Este verano mismo que, por no salir, nos hemos tragado hasta la vuelta ciclista. Quién no ha pensado, este año por primera vez, en lo absurda que resulta. Un pelotón de tíos pedaleando sin descanso hasta llegar a Madrid por el camino más largo, en verano, con lo que se suda, y venga a beber porque, para dar la vuelta a España en bici, hay que estar muy bebido. Detrás de ellos, un ejército de ingenieros que se han ocupado de pensar en que hasta el último tornillo de la bici resulte aerodinámico para que luego llegue el tío y pedalee con la boca abierta. Y nosotros, tiraos en el sofá, que ni bajar a por pan merece la pena con la que está cayendo y porque tanta reflexión nos deja para pocos excesos (afortunadamente), conscientes de que lo único que podemos cambiar es el canal para darnos de bruces con la pitonisa de Telecinco, la del incombustible "si algo te inquieta, te atormenta, te perturrrba" acompañado de un lenguaje gestual absolutamente incomprensible y una guasa que ni el ministro Von Wert... En pocos años, lo hemos visto todo.

Tanto es así, que nada nos espanta. Hoy he leído que un tío se quemó vivo en una fiesta de Halloween en Los Ángeles entre risas y caras de pasmo. Imagínense en una fiesta multitudinaria a la que todos los asistentes acuden disfrazados, de zombi del Congreso, de parado mutante o de hamburguesa del McDonald´s y, de pronto, uno se enciende por combustión espontánea y a nadie le da por dispararle con el extintor ni por si acaso ni por participar de la broma. Cientos de personas se quedaron mirando con cara de susto postizo mientras el bonzo perdía el sentido y, a continuación, la vida. Si es que ni humanidad nos ha quedao...

viernes, 8 de noviembre de 2013

Regreso a la picaresca

A los que empezamos a tener una edad, lo mejor que nos ha despertado esta crisis ha sido esa educación de la posguerra en que la picaresca y la rapiña eran carta de presentación. Recuerdo (y esto es tan cierto como que mis padres aún no lo saben) que, hace una buena porrada de años, que no confesaré del todo, mi padre me llevó de excursión a su pueblo natal. Yo tendría unos cuatro años, aunque muy bien llevados. Como en los pueblos valía todo y más en aquellos tiempos en que todos se conocían, mis padres me soltaron en la plaza sin collar y se enzarzaron con los saludos y parabienes, olvidados de mi existencia. Enseguida me sentí empujada por esa curiosidad inherente al aburrimiento infantil y conseguí averiguar que en el bar vendían seis gominolas por cinco pesetas. La astucia de los setenta y la de no llevar ni borra en los bolsillos me ayudó a hacer un cálculo rápido de parvulario para deducir que una gominola salía gratis, ya que la peseta, como el átomo, en aquella época, era indivisible. También para entonces, observando a mi hermano mayor, había descubierto que la candidez de los cuatro años me permitía hacer cosas que más tarde me serían imposibles. Así que, en pleno despiste de mis padres, corrí al bar a ritmo de zapato merceditas a pedir una sola gominola, la gratis. La estrategia consistía en ir pidiéndolas de una en una hasta llegar al atracón. El camarero, a quien mi cerebro de infante había subestimado en extremo, me pilló a la primera y, en lugar de una, me entregó cinco, evitándome los cuatro viajes siguientes, que ya tenía programados en intervalos de cinco minutos, y los posteriores porque, al mirarle a los ojos mientras masticaba mi premio a dos carrillos, noté que me sonrojaba un poco y no volví. En cualquier caso, lo más cierto es que me hice con cinco gominolas por mí misma, sin pedirle nada a nadie (no cuento, claro está, al camarero, que intuyo se recuperaría de aquel dispendio).

Según han pasado los años, nadie sabe exactamente dónde o cuándo, hemos ido perdiendo esta característica tan española de rebañarnos el cerebro para conseguir, de lo gratis, un puñao y que, desde mi punto de vista, era lo mejor de lo que llevábamos en el ADN. Ahora, cuando tenemos hijos, nos olvidamos de que un día también tuvimos cuatro años y, cuando se nos pasan las crisis, no recordamos que un día tuvimos ideas. Aunque muchos recibimos una educación como Dios manda, aprendimos a contar para no contar y a leer para no leer y a pensar para que pensara otro. Aprendimos y olvidamos al compás de tonto el último. Había llegado la cosa a un punto de relajación tal que el español, incluso el español catalán, empezaba a pagar sin revisar los cambios. Entregaba un billete, le devolvían un manojo de monedas y pista, sin contarlas. Estas cosas no duran.

Hoy, para sorpresa y regocijo de ésta que no volverá a cumplir cuatro años, he sido testigo presencial del regreso de la picaresca a nuestras calles. Me encontraba esperando fila en la frutería, medio comiéndome las uñas medio mirando el móvil medio pensando en las cosas que hay que hacer en casa, cuando una señora por detrás de mí levanta la voz en dirección al frutero preguntando por el precio de la naranja.

- Pues, mire, está usted de suerte que la tengo de oferta. A 1,99, el kilo. Pero, si se lleva usted tres kilos, le dejo el kilo a 1,70. Si se lleva cinco, el kilo le sale a 1,50; si...

- Pare, pare, no siga, vaya usted atendiendo que traigo el coche y me lo llene de naranjas hasta que el kilo me salga gratis.

Yo, sinceramente, empezaba a echar un poco en falta eso de darle al coco para ganarse lo que una no se puede pagar, que alguien sepa valorarlo y, si se tercia, le recompense a una el ejercicio. Empezaba a estar un poco harta de esa nueva forma de conseguir sin habérselo merecido ni un poco. Que yo no sé en qué palacete de los siete pares de Francia habrán crecido estos políticos y banqueros nuestros, que roban y consiguen con tan poca gracia. Oigan, que ni la sonrisa picarona nos han dejao en prenda. Y, a mí, eso de no firmar con la marca de la casa como el Zorro con la Z, qué quieren que les diga, me parece poco español. De muy poco estilo, vaya.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El final del verano

No sé a ustedes, pero, a mí, este año, no se me acaba de pasar el verano. Todavía me da para sentarme en una terraza frente a una playa tibia y ver cómo las gotas de lluvia comienzan a caer disputándose una batalla con el océano. Y no puedo apartar la vista preguntándome por un momento cuál de los dos mojará la arena antes, si el mar o el cielo, hasta que, por uno o por otro o por los dos, la tierra se empapa y resulta difícil definir dónde acaba el agua y empieza el suelo.
 
Una guarda una estampa como ésta en el recuerdo porque sabe que la necesitará para sobrellevar el invierno. Porque una imagen así en el mes de octubre y más, si cabe, en el de noviembre es un último regalo de cumpleaños que la vida nos pone delante tratando de decir que cualquier día puede acabar siendo especial. Porque son los detalles inesperados los que marcan la diferencia: una tormenta de verano en otoño, una puesta de sol a las cinco, un abrazo llegado desde tan lejos, un mensaje del pasado a última hora.

Puedo sumergirme en estos humildes fragmentos de la existencia y reconocerme en ellos. En el agua que fluye, en la vida que pasa, en las grandes pérdidas y las pequeñas alegrías. En las lealtades debidas. En lo que no conozco y un día creí conocer. En lo que el paso del tiempo nos trae y, sobretodo, nos quita. Y, aunque la vida, bajo esta mirada, puede resultar angustiosa, hoy no puedo evitar contemplarla con esos ojos de nostalgia que intentan adivinar el futuro.

Éste ha querido ser un fin de semana de memorias, propias y ajenas. Ahora, el mar sigue mojando la arena por sí solo, la vida sigue robándonos las horas minuto a minuto, la luz vuelve a perderse en algún punto hacia el que ya no queremos mirar. Ya no toca. Aunque, por un instante, haya sido necesario detenerse un momento a observar que estamos donde estamos por el camino que hemos recorrido. Que somos quienes somos por lo que fuimos. Que cada momento pasado nos compone.

Que Dios nos conserve la memoria por si lo que está por llegar no llega como esperamos.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Historias de la Historia

Teniendo en cuenta que hoy es día de todos los Santos, no ha sido tan de asustar que, con la primera luz del día, se nos haya aparecido a todos los españoles San Mariano Rajoy Brey en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. La RAH presenta tres nuevas entregas de su obra magna e incluye en ella a nuestro actual presidente antes de que pase, o no, a la Historia. En las cinco columnas que le dedica, nos descubre a un nuevo Mariano que ha resuelto con una diligencia sin precedentes los pequeños problemas que han ido surgiendo en el país durante su intachable trayectoria política. Del mismo modo que un candidato sin méritos para un puesto de trabajo serio adorna su curriculum vitae con conocimientos de idiomas y ofimática de los que carece por completo, la entrada biográfica de Mariano Rajoy en la historia académica ha tratado de ser antes la hagiografía novelada de un presidente que nadie conoce que el relato fiel de la cruda realidad.
 
Así, Mariano pasará a los anales como un hombre amante de la lectura, sin entenderse su propia letra, y un apasionado de los deportes, como atestiguan sus veraniegos trotes de dos tardes por los prados gallegos en el mes de agosto. Por lo demás, la biografía de Mariano, más que una suma de méritos es una resta de desméritos. No aparece en ella ni sombra del rescate de la banca, de su récord de parados, de los ajustes en sanidad, pensiones o educación, de la trama Gürtel o de su intercambio de llamadas y mensajes con su entrañable amigo Luis. Han recortado tanto el curriculum de Rajoy que casi consiguen borrarle hasta la miopía. Vamos, que llegan a frotar un poco más las manchas de nuestro presidente y nos lo dejan a rayas.
 
La rectificación histórica ejecutada por los académicos se ha convertido en un salvavidas de personajes pasados y presentes que aprovecha la fecha en que se publican sus tres últimos volúmenes para incluir entradas tan huecas como buñuelos de viento, lo cual, para retratar a un presidente que lo mejor que ha hecho ha sido vender humo, no parece inapropiado. A resultas de lo dicho, y sin entrar en otros capítulos del mismo ejemplar que hacen llorar de igual manera, el retrato sin mácula de Mariano Rajoy en tiempo real no puede resultar más irreal. Mariano irrumpe en un Diccionario cuyo supuesto rigor nos cuesta a los españoles siete millones de euros y, al igual que en los retratos de reyes, la estampa es la de un Mariano más guapo que el que cualquiera de nosotros recordará nunca. En un intento académico por limpiar, fijar y dar esplendor, Elena San Román, la historiadora encargada de maquear la figura de Mariano, ha dibujado un perfil de nuestro presidente tan inmaculado que más que añadir una entrada histórica ha convertido el tomo en un divertidísimo volumen de historias de "Ariel" y de hoy. Ideales para pasar el rato.

lunes, 28 de octubre de 2013

Hemos perdido la voz

Desde que en este país y en el mundo entero se dio carta blanca a la libertad de expresión, no han hecho sino nacer ingenios de modernidad que, poco a poco, le han ido cortando las alas a nuestro modo de manifestarnos. Desfasada, por motivos obvios, la eficiencia de la tradicional paloma mensajera y la del suficientemente probado y legendario oficio de correos, los dos a una necesitaron verse sustituidos por un nuevo servicio fundamentado en la redacción de mensajes cortos. Así, los pareceres de un librepensador en zapatillas de estar por casa se redujeron, de golpe y porrazo, a lo que cabe en ciento sesenta caracteres. Surgió de este atropello a nuestras apreciaciones y por estricta necesidad hispanopensante, esa variante del español capaz de apocopar hoy en día incluso los monosílabos, favoreciendo, por otra parte, la llegada de una nueva aplicación en forma de twits que nuevamente amputaba nuestra opinión hasta los ciento cuarenta caracteres, absolutamente insuficientes en cualquier caso. Y, por si no fuera bastante, cuando ninguno creíamos posible que hubiera forma humana  de recortar más todavía, emergió Mariano de quién sabe qué mente preclara, para continuar por la senda del golpe, del porrazo y del apócope de lo irreductible, y a quien, en honor a la verdad, le venían a importar un pimiento de Padrón nuestro criterio o nuestros caracteres.

No discuto que estos artificios de expresión medida fueran, de entrada, válidos para un angloparlante, que se despacha pronto, pero nunca para un español que, como todo español sabe, se caga en los lunes y le sobra mierda para los martes. Un español, para lo único que no está programado es para tragarse sus propias palabras. Y, por eso, creo que no ha nacido ser humano o divino capaz de explicarse cómo los españoles nos hemos dejado ganar la batalla de la opinión siendo como somos el segundo país más ruidoso del mundo a pesar de ocupar el quincuagésimo segundo puesto en superficie territorial con la marea baja. Un país en el que quien más tiene que callar ha de opinar sobre todo. Un país en el que nadie sabe lo que sucederá mañana porque andamos siempre demasiado ocupados criticando lo de ayer. Un país que, observado desde el espacio lunar, tiene que parecer una jaula de grillos pinchada en una pelota. ¿Cómo un país así ha podido olvidar su esencia en favor de las más sofisticadas herramientas de comunicación o de Mariano? Díganmelo porque yo esta tarde ya vivo sin vivir en mí.

España ha perdido la voz. España tiene que salir de España para saber cómo ha de legislarse dentro de España. España viaja a Estrasburgo a lomos de Luis López Guerra para dictaminar algo que sólo le atañe a España y resulta ser apenas una más entre diecisiete. España vuelve de Estrasburgo a pie y tiene que envainarse que España ha suscrito el Convenio Europeo de Derechos Humanos (de los de algunos) y que, por tanto, forma parte de su ordenamiento jurídico. España se queda patidifusa delante del espejo porque no se reconoce y España, patidifusa y todo, sale a la calle porque no puede evitar preguntarse sobre sí misma. (Existencialismo lo llaman. "Mecagüen" todo lo que se menea, lo llamamos.) España salió ayer a la calle a exigir la justicia que merecemos, la misma que se aplica cuando sentencia Estrasburgo. Mientras la ciudad de la puntualidad británica lleva siete años sin aplicar un fallo del mismo tribunal, en España no hemos tardado ni veinticuatro horas en bajarnos los pantalones hasta los tobillos y acatar como no acatamos ni el cuarto de hora del bocadillo. España percibe la injusticia de una sentencia que viene de un Tribunal de Derechos Humanos y que atenta contra los derechos fundamentales de las víctimas de un asesino y es que éste rinda cuentas por lo que hizo sin rebajas de temporada. España está tan harta que se sale por los lados. España necesita salir a la calle a expresar su opinión y a que le dé el aire. España no cabe en sí como no cabe ni cabrá en ciento cuarenta caracteres. Y, a mí, como española, exigir una justicia con mayúsculas y sin medidas ante los mayores asesinos de este país y ante una clase política que no nos está dando nuestro sitio en nada de lo que aborda me parece un excelente ejercicio de democracia contra la humillación y las limitaciones que se nos imponen sin argumentos.

domingo, 27 de octubre de 2013

Un día como hoy

Hay días como hoy en que, mientras no pasa nada, pasan cosas. En un día como éste, con una hora más, o menos, en función de cuánto se haya dormido o bebido, con toda la jornada por delante, con toda la semana por delante y como si no se tuviera nada que hacer hasta el siguiente despertador, nació Perry Edwuard Smith, a sangre fría. También un 27 de octubre del más puro aburrimiento, a las afueras de Ginebra, un grupo de protestantes se entretuvo en quemar vivo a Miguel Servet, conduciendo al mundo a debatir acerca del reconocimiento de la libertad de pensamiento y de la expresión de ideas. Nunca se lo agradeceremos lo bastante.
 
Le recuerdo al lector que hoy es San Gustavo, mártir. Que tal día como hoy, en 1891, un terremoto arrasó la ciudad de Mino Owari, en Japón, saldándose con más de siete mil víctimas, y que, un siglo más tarde, a Honduras le sorprendería la visita del huracán Mitch con la ropa sin tender. También en un día como éste, de inusitadas temperaturas para lo tarde que se nos está haciendo, el radiotelegrafista Allen Schindler fue asesinado por ser gay y, unos años después, un comando armado asesinó a quince personas en un autolavado de México porque sí.
 
Mientras el español medio y dominguero se ajusta el traje de los domingos, esto es, el chándal, para acomodarse a mejor ver las horas pasar, el mundo gira con toda la fuerza que la rotación le imprime de camino a lo que esperamos sea un lunes, pero nunca se sabe del todo. Y, más allá del chándal y del vermut de las doce, la vida es lo que pasa erosionando el tiempo muerto de un domingo menos otoñal de lo que debiera marcándolo en el calendario como un día para olvidar por algún motivo que, desde el sofá, nos cuesta imaginar.
 
Es posible que hoy también sea día de celebraciones por ser, que lo es, el Día Mundial del Patrimonio Audiovisual. Vivir para ver. Porque este blog cumple su primer año y, seguramente por eso o por caer en domingo, este año es fiesta nacional. Porque, aunque las vacaciones de una tocan a su fin, las maletas llegaron intactas e intactas continúan por mucho que me bostece la lavadora. Porque el Zaragoza ayer consiguió empatar y un empate, para el Zaragoza, es, hace tiempo, motivo de celebración. Porque habrá quien se atreva a cumplir años en un día como hoy y habrá también quien cumpla con otras cosas el mismo día. O, simplemente, sea día de festejo porque hoy amanecía a menos cuarto.
 
A veces, una cree despertar un 27 de octubre y, sólo porque luce el sol, piensa que puede ser un buen día. O porque hoy, 27 de octubre, por fin, consigue escapar de su encierro en un aeropuerto. Y, sin embargo, aunque desgracias más grandes se han visto, a una, nada más llegar, no le parece plato de gusto desayunarse con las que quisieran ser reconfortantes palabras de Mariano Rajoy a propósito de la sentencia de Estrasburgo que consigue tumbar, con una inmediatez desconocida en este país, la doctrina Parot. "En la vida, hay cosas que no nos gustan", Mariano dixit, como si tampoco tuviera mucho sentido trabajar para intentar cambiarlas o como si los españoles tuviéramos seis años y  acabáramos de descubrir que los reyes son los padres.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Señor Montoro, la gente sí quiere ir al cine

Hoy es el tercer día de la Fiesta del cine en tres mil pantallas de toda España. Las filas a la entrada de las salas no tienen fin. La afluencia masiva para ver una película a dos euros con noventa céntimos ha excedido cualquier expectativa y ha traído de vuelta las palabras del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, de hace unos días cuando afirmaba que la gente ya no va al cine por la baja calidad de las películas y no por la subida de precios, en buena parte, obligada por la de impuestos.
 
Efectivamente, señor Montoro, ahí lo tiene; la gente no va al cine por lo mismo que hay días en que la gente no come, porque tanto el cine como la cocina han dejado de ser lo que eran. La gente tampoco trabaja porque el trabajo es una mierda y porque, entre usted y yo, señor Montoro, levantarse a las seis de la mañana a la gente no le va bien; le va mucho mejor que la echen de casa por no pagar la hipoteca y fregoteo que se evita. Por eso, también hay gente que cierra sus empresas porque hay otra gente, en bandadas de seis millones actualmente, que no quiere trabajar. La gente a lo que aspira en la vida es a defraudar al INAEM y a la Seguridad Social, a poder ser, y cobrar subsidios que no le corresponden para malgastárselos por ahí y vivir a cuenta de lo público, como ustedes. La gente ha dejado de ahorrar, pero no porque sus sueldos hayan disminuido, como usted bien sabe, sino porque la gente ha decidido que los banqueros son todos una panda de chorizos a los que no se puede confiar un euro. La gente, por no querer, no quiere ni saber lo que quiere. Hay gente incluso que emigra por el puro gusto de cruzar un océano y perder de vista este país que ustedes, tan diligentemente, han hundido en la miseria. La gente, en general, se ha vuelto tan exigente que ni siquiera la labor de este Gobierno le parece del todo bien después de haberlo elegido. A la gente, se le saca de la crisis sin que se entere y se vuelve de lo más inconformista.
 
Pero es que, señor Montoro, hay gente para todo. Ustedes, sin ir más lejos, a la gente le parecen una calamidad de Gobierno, un conjunto de ministros nefasto, una banda de gobernantes mediocres. La gente considera, fíjese, que la mayor desgracia de España ha sido que hayan coincidido en el tiempo la situación de crisis actual con un Gobierno tan deplorable. Hay gente, señor Montoro, mucha gente que está lamentando cada día de estos cuatro años haberles prestado su voto, haber depositado su confianza en ustedes, haberles proporcionado la silla y el sueldo que les procura esa vida tan regalada, tanto, que ahora nada podemos hacer por arrebatársela. La gente no entiende que, recuperándose la economía al ritmo que ustedes anuncian, sigan aplicándose recortes a su ya suficientemente recortada economía. La gente no entiende que no se le invite a la fiesta del fin de la crisis que sólo ustedes celebran. La gente, señor Montoro, sigue teniendo necesidades que ni usted, ni incluso yo, podemos imaginar.
 
Y, por eso, la gente no va al cine, señor Montoro, porque usted es un inepto y el resto de los políticos que con usted ocupan la primera fila no le aventajan en mucho. Pero es mucho más noble (de más alta cuna, quiero decir) afirmar que es la industria del cine la que no sabe hacer cine que reconocer que es el Gobierno el que se ha equivocado de principio a fin en el arte de empobrecer al vulgo.

lunes, 21 de octubre de 2013

La vida puede ser maravillosa

Esta semana pasada, alguien puso delante de mí una foto de Andrés Montes. Vestía americana marrón de cuadros blancos, pajarita violeta a topos también blancos y esos peculiares monóculos con patillas que le ayudaban a ver la vida de otro color. Había olvidado por completo esta imagen. Y, lo que es más imperdonable, habíamos olvidado su forma de hacer.
 
Andrés Montes fue aquel comentarista deportivo que seguro que recuerdan ocupando la pantalla de la Sexta, "tiki-taka" con Salinas, durante el Mundial de Alemania 2006, comiéndose el "fútbol con fatatas" porque el fútbol aquel año, con Andrés Montes al micro, fue lo de menos. El espectáculo lo formaban estos dos cronistas de la vida con la excusa de un partido. Yo no soy muy fan de los deportes, ni de verlos ni de practicarlos, pero aquel año sucumbí a la retransmisión del Mundial sólo por la forma de contar, por aquella manera montesiana de vivirlo. Hay quien tiene el poder de contagiar su entusiasmo y hay quien, en un desafortunado intento de utilizar las mismas armas, tiene el de conseguir que se aborrezca lo más apasionante.

Estos días, al Gobierno, parece haberle poseído el espíritu de algún comentarista enardecido. España va a cero en todo lo que se juega y nuestros ministros parecen estar viendo otro partido. Así, Montoro asegura, con la firmeza que procura no saber de lo que se está hablando, que al año que viene se acabó la crisis en España. Con doce millones de españoles por debajo del umbral de la pobreza, uno de cada cuatro trabajadores en el paro, una previsión de cierre de otro 25% de las empresas todavía en ejercicio y una proyección de crecimiento por debajo del 1%, afirmar que cerramos la crisis como quien cierra la retransmisión de una jugada no es una declaración ministerial, es una declaración de amor o de turbias intenciones.

Como en la perspectiva duerme la objetividad, Mariano ha tenido que viajar hasta Panamá para decir que España está saliendo de la crisis con una economía reforzada. Por eso o porque le ha sido necesario alejarse de su despropósito a la hora de gobernar para poder decirlo así. Y, un poco más arriba en el mapa y en la pirámide de camino a la cumbre del ridículo, Botín, que no es ministro ni presidente del Gobierno pero es banquero que, para lo contante y sonante, viene a ser lo mismo, asegura que "España está en un momento magnífico". Desde luego; la cagada es monumental. En la dimensión, no se equivoca.  
 
Se cumplen cuatro años del fallecimiento de aquel comentarista deportivo que consiguió que los menos aficionados se aficionasen y, en España, hay que ser político para seguir viendo la vida con su entusiasmo. E, incluso siéndolo, se necesita viajar a Panamá o a Harvard para que sea la distancia la que permita decir tamañas sandeces. Si no fuera porque, a los demás, nos va la vida en ello, tal vez también seríamos capaces de imprimir nuestro discurso con aquellas muletillas de Andrés Montes que hicieron historia. Porque la vida se puede contar de muchas maneras o porque la vida se puede vivir de dos maneras. Pero, ahora, es difícil.

jueves, 17 de octubre de 2013

Las primeras hojas del otoño

Empezaba a ser viernes por la noche cuando le ponía el punto final a mi artículo Matar o morir en este mismo rincón. A los quince minutos de pulsar el botón de publicar, recibía un mensaje, en la página de Facebook que lleva el nombre de este blog (https://www.facebook.com/UnRinconParaHoy), del presidente de la Asociación Cultural El-HORR de Granada solicitando permiso de la "autora" para publicar mi artículo en su revista. Releí el artículo una vez más y no me pareció lo mejor que había escrito. En realidad, me pareció bastante flojo, pero una no es nunca el mejor crítico de una misma. Si JM Salas consideraba que merecía ocupar un lugar en su revista, ¿quién era yo para cuestionarlo? En el fondo, la inyección de adrenalina que suponía un mensaje así para alguien como yo no me permitía pensar con claridad. Pocas cosas me lo permiten ya. Bien sabéis que este blog está hecho de tripas y corazón, básicamente, aunque, a veces, me permita aderezarlo con una pizca de sentido del humor.

Un mensaje como éste era un auténtico regalo. Todos los que alguna vez comenzasteis a escribir sabéis lo que significa recibir algo así para alguien que no es nadie y que un día decidió sentarse ante una pantalla en blanco porque sí. La alegría que atraviesa el corazón de una escritora aficionada y anónima al ser consciente de que el presidente de una asociación lee uno de sus artículos y considera que está bien, lo suficientemente bien como para hacerle sitio en una revista que transpira cultura y arte y alma y opinión, y en la que la propia asociación ha puesto todo su empeño, no se puede transcribir.

Hoy, por fin, puedo disfrutar de la novena edición de esta estupenda revista con mi nombre en su interior y me siento un poco intrusa. Porque intuyo vagamente el trabajo y el esfuerzo que hay detrás de este proyecto y sé que mi artículo llega "a mesa puesta". Por eso, sé que el agradecimiento ha de ser sólo mío.

Cuando este blog lleva camino de cumplir su primer año de andadura con más de 15.000 visitas en la red, cae, como la primera hoja del otoño, de la pantalla al papel. Y tengo que volver a expresar mi gratitud por la participación de todos los que os asomáis a estas letras cada día manteniéndolas con vida y, principalmente, enviar, con vuestro permiso, un saludo especial a JM Salas, que se dejó caer por aquí aquella noche de viernes y quiso invitarme a formar parte de un proyecto que admiro y en el que me siento orgullosa de poder participar. La gente del sur es maravillosa.

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