martes, 8 de enero de 2013

Japón: la tierra del sol naciente.


Hace unos días que me vengo preguntando qué es lo que falla en la conciencia de este país para que siempre crezca en los aspectos más negativos sin arrepentimiento por parte de nadie. ¿Es una cuestión genética?, ¿educacional?, ¿mimética? No lo sé, y me gustaría que alguien me lo resolviera.

Hace cinco años que nos colamos por el sumidero de una crisis sin igual y cinco años después las cosas están infinitamente peor que al principio en todos los sentidos. No hemos progresado adecuadamente en ningún aspecto y tampoco hemos variado ni un grado el rumbo en la forma de proceder. ¿Por qué? Porque a quien tiene acceso al poder de decisión le importa un pimiento morrón lo que le suceda a este país.

Asumo que es inevitable, por el propio devenir de la Historia, que cada quince años una sociedad esté obligada a hacer un receso para sustituir recambios y renovar el material fungible. Pero llega un momento en que, viéndonos de aceite hasta las orejas sin haber conseguido nada, algunos hubiéramos querido sufrir la avería en otro lugar. Quizá ya no sea momento de comparativas. Tal vez ya sea tarde para partir de cero cuando partimos de un menos 1,4% (de PIB), de un menos seis millones (de trabajadores activos), de un menos 960.000 millones (de riqueza)… Por ello, evitaré las relaciones y allá el lector con la asociación.

Ya hubo quien (hace lo que parece un siglo) puso en conexión la crisis que se nos vino encima con la que tuvo lugar en Japón unos quince años antes, pero no hubo a quién se le ocurriera cómo conectar con la forma de tratarla. Como ya he hecho alguna referencia al caso en anteriores artículos, lo contemplaré hoy con un poco más de embelesamiento. Por resumir los antecedentes al declive, baste decir que en los treinta y cinco años anteriores a 1990 el precio de los bienes inmuebles japoneses se multiplicó por 75 y representaban el 20% de la riqueza mundial. Así de momento, la imagen que mejor representa la situación es una enorme burbuja en avanzado estado de abultamiento que vista de lejos da miedo (¿os suena?), pero de cerca esta forma de crecimiento fácil y rápido no despierta queja porque procura un crecimiento económico que beneficia aparentemente a todos y, en especial, a políticos, banqueros y empresarios.

En 1990, el Banco Central de Japón aumentó los tipos de interés del 2,5% al 6% al sumarse al riesgo inflacionista de la economía la depreciación del yen frente al dólar. Los precios de las acciones cayeron en picado y con ellas los precios de los bienes inmuebles. En resumidas cuentas: demasiado aire. Sin embargo, los japoneses no han vivido ni remotamente el calvario que estamos padeciendo en España. Y ahora es cuando viene la lección magistral en cuestiones de gestión que los nipones hubieran tenido que venir a darnos.

Mi hermano este verano paseaba por las calles de Tokio y se admiraba de que, en un país al que también le explotó en la cara la burbuja inmobiliaria y además acababa de partir en dos un terremoto que dio la vuelta al mundo, no se respirara mendicidad en la calle, sino todo lo contrario. Las razones son varias, pero anotaré sólo algunas para ese ejercicio de comparación que algunos estaréis haciendo y que nos hubiera gustado que hicieran otros. En Japón la riqueza está bastante bien repartida, en términos generales, lo que significa que los japoneses son y han sido ricos en clase media. Es cierto que hay gente más acomodada y gente más pobre, pero existe bastante equidad. Por otra parte, la tasa de desempleo en Japón nunca ha excedido el 6% (y todavía añoran la época en que la cifra de paro era inferior al 1%) porque, a pesar de las “vacas flacas” sigue siendo el segundo país del mundo que más invierte en I+D y el tercer país con mayor porcentaje de universitarios. Para su mayor beneficio, las empresas japonesas suelen ser reacias al despido de personal, prefieren recortar en otras partidas antes que tocar la plantilla; conservan una especie de “deber social” con las nuevas generaciones y aplican programas de jubilación anticipada cubriendo esos puestos con gente joven, de manera que consiguen bajar el sueldo medio y reducir costes y, por tanto, precios. Por último, señalaré que los japoneses han comprado su propia deuda, que el gobierno les devuelve a un interés muy bajo a través de los impuestos que recauda, así que, ellos se lo guisan y ellos se lo comen.

Japón, en fin,  es un ejemplo de cómo, aunque la bolsa caiga durante años, los índices de PIB no mantengan un crecimiento progresivo y su exportación pierda competitividad, no se abandona la perspectiva. Lo imprescindible para el bienestar general es que los ciudadanos no renuncien a su nivel adquisitivo o no lo hagan de manera drástica. Así es como la caída se amortigua, así es como el país no se da cuenta, así es como el país no tiene que fingir que no se da cuenta. Las claves de su éxito: una riqueza repartida, una tasa baja de desempleo y mantenimiento o bajada de precios durante veinte años. Y casi con los ojos cerrados.

Nota de nuestro desastre particular: Según datos presentados por Eurostat esta misma mañana, España supera holgadamente la barrera de los seis millones de parados, convirtiéndose en un lastre para el conjunto de la Eurozona y una bomba de relojería para sí misma.

9 comentarios:

  1. Excelente análisis. De lo mejor que he leído.

    Pero yo mismo puedo responder a tu pregunta de ¿que nos pasa a los españoles? Pues lo que nos pasó siempre, que somos individualistas hasta más no poder y que, en general, hacemos lo que sea para trepar en nuestros empleos. Desde el diputado que pelotea al presidente de su partido para que le dé trabajo en un ministerio, hasta el chivato de la empresa que se chiva de sus compañeros para preservar su propio empleo. Laboralmente España ha sido siempre un universo cainita en las relaciones laborales. Dirás que la mentalidad occidental es así, y yo te contesto que sí, pero los españoles, y las gentes del Sur de Europa en general, el objetivo no es trabajar para ser poderoso a nivel mundial y hacer más y más dinero. El objetivo del empresario español es enriquecerse todo lo posible para llegar a vivir sin pegar un palo al agua. Por eso las empresas españolas no invierten en I+D, ya cuentan que el Estado (al que compran) les ayude con subvenciones cuando la cosa va mal. Y que les ayude a despedir.

    Recuerda la máxima del empresario español: en caso de duda, echar gente.

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    1. Muchas gracias, Ismael, por tu visita, tu comentario y tus aportaciones. Está claro que éste es el país de sálvese quien pueda a costa de lo que sea menester. La pregunta final es: ¿se lo vamos a permitir?
      Un saludo.

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  2. Me ha encantado!

    Pienso que el problema es la madurez de la ciudadania y la cultura del trabajo.

    Aqui al chorizo se le admira, el que trabaja es porque no sabe hacer otra cosa... Asi es nuestra pobre españa...

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    1. Me alegro de volver a verte por aquí.
      ¿Cuándo veremos una situación distinta?
      Gracias. Un saludo.

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    2. Despende, si distinta es volver a lo de antes nunca...

      Espero que empecemos a remontar antes de 2020, pero las cosas. Creo, que nunca volveran a ser iguales

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  3. La cultura japonesa es increíble, solo hay que fijarse la rápido que se han recuperado después del tsunami que sufrieron, habría que tomar ejemplo.
    Por cierto te felicito por tu blog.
    Un saludo y te deseo mucho éxito en todo

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    1. Efectivamente, la disciplina que se gasta esta gente es envidiable. Para los nuestros la quisiéramos ahora mismo.
      Gracias, Oliver, por participar.
      Un saludo.

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  4. Ciertamente se podría resumir en solidaridad y responsabilidad social,lo malo de nuestro país es que el más tonto es el que más trabaja, y como ejemplo sirvan nuestros politicos.

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    1. Yo diría más bien que el más tonto es el que todavía conserva un puesto de trabajo y de los mejor remunerados. Cuestión de suerte...
      Gracias por la visita. Salu2.

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