viernes, 11 de enero de 2013

La lengua viperina de mi ordenador


Estoy abochornada y la culpa la tienen, una vez más, los políticos. Asumo que soy una persona de comportamiento torpe con inevitables inclinaciones hacia la calamidad. Por ello, durante toda una década de infancia padecí con serenidad y resignación la dura exigencia de una escolarización para mentes y cuerpos más astutos que los míos. Y, por esto mismo, hoy me niego rotundamente a tener que rebelarme contra las herramientas sustitutivas de una educación mediocre producto de una concatenación de reformas empeñadas en “mejorar” lo que ya estaba bien desde un principio. Porque, con mis propios errores, me basta.

En la prehistoria, cuando yo estudiaba en la escuela de la letra con sangre entra, se aprendía a aprender con la misma práctica educativa, es decir, sobre la marcha. Los conceptos todos, más o menos complicados, se incluían en un temario inexcusable para seguir avanzando, y la incomprensión de la materia suponía un doble esfuerzo ineludible para llegar a donde había que llegar sin opción. Para ello, contábamos con la autoridad del profesor y la erudición de nuestro compañero Aniceto, el empollón repollo con gafas de culo de vaso y esa estridente voz de sabiduría, que nos ponían en nuestro lugar cuando la impericia se apoderaba de nuestra voluntad. Como los jóvenes (incluidos nosotros entonces) suelen despreciar todo aquello que no entienden, la enseñanza se ha ido simplificando de manera que el temario de secundaria de hoy lo entendería un parvulario de ayer. Y, así, hemos vuelto a un mundo primitivo en el que el lenguaje que emplean los estudiantes es absolutamente trivial, abreviado y frecuentemente sustituido por el gestual. Entre otras bondades, han dejado de castigarse las faltas de ortografía y ya no se califica la capacidad de expresión. No se enseña lengua, ni gramática, ni sintaxis y, a cambio y como resultado, obtenemos una total apatía por el estudio, una comprensión escasa y un despreciable índice de lectura. Nadie considera que el lenguaje siga intrínsecamente relacionado con el pensamiento y éste con la interpretación de la realidad, porque quienes han querido conscientemente llegar a este resultado, los políticos, pretenden dejar un legado de generaciones creadas a su imagen y semejanza, un rebaño de borregos, que empiezas a contarlos y te duermes, incapaces de analizar y rebatir una decisión inapropiada.

Para suplir las carencias derivadas de este cúmulo de despropósitos, se desarrollan nuevas herramientas que corrigen el trabajo que deberíamos ser capaces de producir por nuestros propios medios y, entre otros instrumentos de tortura, me colocan en el ordenador un programa de autocorrección que me corrige cuando debe y cuando no sin previo aviso, una especie de listillo de la clase, un Aniceto de tres al cuarto sin estridente voz ni voto, que se ocupa, a su antojo, de cambiar las palabras que yo voy introduciendo en la pantalla al mío, y que me enerva hasta el punto de que me dan ganas de recorregirlo con typex y reescribir con bolígrafo en la propia pantalla para darle en todo el disco duro.

Y es que el asunto se ha vuelto serio de gravedad. Esta mañana, he tenido que enviar un importante comunicado a la directora de transporte de una empresa de San Sebastián que se hace llamar Paki. En estas ocasiones, me gusta cuidar la expresión y la ortografía hasta la última coma porque sé que el escrito será mi única carta de presentación y la de la empresa a la que represento. Así que, levantando todas mis armas lingüísticas, me he esmerado en quedar como para que me otorgaran el sillón de la m minúscula en la RAE por la redacción de un contrato de servicios. Tras mi escrupuloso ejercicio de comunicación, he entrado en la bandeja de elementos enviados para chequear que se había remitido correctamente y, por qué no admitirlo, para recrearme en la lectura de mi propia criatura tratando de ponerme en el lugar de la receptora e imaginando la impresión que en ella podría quedar… para descubrir, totalmente horrorizada, que la impresión hubiera sido más amable si le hubiera enviado por correo ordinario un paquete bomba envuelto en papel albal usado, porque el gafapasta repelente de Microsoft Outlook, en su infinita sabiduría, había transformado automáticamente mi “Buenos días, Paki” en un ¡“Buenos días, Caqui”!

Aunque no consuela, relaja en cierta medida pensar que queda por delante todo un fin de semana para recuperarme de mi sonrojo y de la impulsiva idea de dimitir ipso facto, y para que Paki se recomponga del exabrupto y olvide por completo mi solicitud.

3 comentarios:

  1. Jajajaja. A mí en mi ordenador me pasa igual cuando redacto. Tengo que releer cuarenta veces lo que escribo para corregir mis propias faltas de ortografía o despistes y, además, LAS DEL ORDENADOR. Es un sinvivir.

    Respecto a lo serio, la depauperación de los planes de estudio actuales. Ya sabes que te secundo en cada coma.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Ismael. Esta tarde no tenía el ánimo para grandes análisis, pero me sirve si os hace reír.
      Un saludo y gracias por estar. M.

      Eliminar
  2. Pues yo con los teclados del iphone ni os cuento jajajaja

    ResponderEliminar

Artículos más leídos