viernes, 4 de enero de 2013

Mi padre


 
 
Mi padre es un hombre de los de antes, en el mejor sentido de la expresión. Un hombre que siente el peso de la tierra de su país en la sangre. Un hombre que se siente profundamente español. Un hombre que considera la sociedad como una prolongación de su propia familia. Un hombre que vive los embates que sufre este país como un ataque personal.

Mi padre nació con esa guerra civil que hizo temblar este suelo durante tres larguísimos años y lo dejó temblando de un hambre de racionamiento durante doce años más. Creció de camino al extranjero como integrante de ese conjunto de dos millones de españoles que salieron de España a trabajar para recuperar su país con las divisas que enviaban desde el exterior. Y ha envejecido contribuyendo desde dentro al avance que, según su propia experiencia, nos hizo salir de la estrechez de la Edad Media y entrar en la abundancia de la Modernidad en cincuenta años de Historia.

A mi padre, hoy, se le arruga el alma contemplando cómo la España de prosperidad que se le llevó toda una vida de trabajo, camina de regreso hacia la miseria. Pero no entiende la crítica descarnada que nace de las entrañas de lo que él tanto ama. Me cuesta hacerle ver que a los españoles nos gusta exagerar hasta la postura más radical de unos pocos, y que el grito de la inconformidad más cruel (aunque no se justifique, por extremista) se oye más que la apagada voz del razonamiento. Me cuesta tratar de convencerlo de que la mayoría queremos seguir manteniendo lo que tenemos, pero no como lo tenemos. Que lo que en realidad no queremos (y, en ciertos casos, la insatisfacción llega a desembocar en la negación rotunda) es el desorbitado número de gestores públicos con el que cargamos, ni la vergonzante calidad de los mismos. Que no estamos en contra de una Democracia al servicio del pueblo, ni de una Política que no se fundamente en su propio beneficio, ni de unos  políticos (si los hubiera) merecedores del cargo. Pero él se sigue preguntando qué es lo que queremos ser ahora que ya no queremos lo que quisimos.

Con la mirada perdida en un horizonte que no se siente capaz de adivinar, contemplaba la noche de fin de año cómo se cerraba otro ciclo, lamentándose porque cree que nunca seremos nada, porque nunca estamos satisfechos con lo que somos, porque vivimos demandando siempre un cambio; sin resignarse a aceptar que, en este suelo, todo tiende a degradarse. Y, mientras suena la última campanada, tiene que convencerse, con más dolor del que nos gustaría verle admitir, que España es un país que ha sido de todo y de nada con convicción.

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