martes, 1 de enero de 2013

Pasarán más de diez años...


Año nuevo y ya sólo podemos mirar hacia adelante. He recibido algunos mensajes de censura por tratar de clausurar el anterior con una nota de esperanza. La crítica está en el código genético de este país y no se me permite flaquear. Y, como la satisfacción de la protesta se encuentra en la protesta misma más que en el objetivo que la despierta, carguemos la pluma y al turrón.

Las previsiones para el año que inauguramos llueven hace unos días. Don Mariano se atreve a anunciar que 2013 será un mejor año en términos económicos que su predecesor. Teniendo en cuenta la credibilidad que le resta, lo pasaré por alto. Mientras el Gobierno español sueña con brotes verdes, el Banco Central Europeo vaticina un movimiento del Producto Interior Bruto que oscilará entre el -0,9% y el 0,3%, es decir, que no es decir nada, y Europa calcula que España no empezará ni de lejos a ver su recuperación este año, así que, a esperar toca.

 Personalmente, considero que el hecho de que la crisis sobrevivirá a este año no es dudoso; que sobrevivamos nosotros será preciso. El 2013 todavía les dará a nuestros políticos mucho trabajo destruyendo el nuestro, subiendo impuestos o inventándose nuevas tasas, atacando al bienestar, robando derechos a la ciudadanía y encendiendo el clima social de este país. Y más vale que a nosotros nos traiga una buena dosis de paciencia y esperanza o las movilizaciones de Mayo del 68 se quedarán para el recuerdo como inocentes verbenas de barrio comparadas con la que se va a montar ahora. La crisis (me reitero) tiene pinta de querer seguir agudizándose a  través de la misma política de ajustes llevada a cabo por un Gobierno que bien sabe y pretende no saber que un país que destruye el consumo no puede frenar su caída en picado porque la austeridad por sí sola es veneno para la recuperación. Pero, (para aquellos que no queréis leer más allá del reproche por el reproche) cuando no quede nada más que recortar, cuando hayamos anulado la Sanidad y la Educación, cuando los impuestos sean más elevados que el valor de lo adquirido, cuando la cifra del paro haya crecido hasta rascar el techo con los cuernos de la infidelidad política… ¿Qué haremos? Y, lo que es peor si cabe, ¿qué esperanza podremos proclamar entonces?

Mantengo, y me remito a mi artículo anterior, que el inicio de la recuperación pasa por valorar y apoyar la exportación como no lo hemos hecho hasta ahora, si bien nunca he dejado de reconocer que España en estas lides está más verde que los brotes que imaginan ver nuestros políticos en el mapa económico actual. En primer lugar porque, aunque es cierto que existen sectores que ya resultan competitivos y que aportan el crecimiento en exportación que se registra en los últimos años, España anda lejos de poder transaccionar valores que están en alza y demandan los mercados externos, como son la tecnología o el sector servicios, amén de que la actividad de la exportación se enmarca (todavía) en un pequeño grupo de empresas, de manera que los beneficios logrados se concentran en un segmento reducido. Por otra parte, estamos todavía muy centrados en comerciar casi exclusivamente con países pertenecientes a la Unión Europea, olvidando los mercados emergentes asiáticos o sudamericanos que son realmente la apuesta de futuro. (Para compensar la lectura crítica o autocompasiva de las líneas anteriores, añadiré que todas estas deficiencias son legítimamente meritorias de una reescritura optimista en código de oportunidades.)

En otro orden de cosas, es obligado apuntar (a pesar de mi intento frustrado de inclinación hacia la fe en renovados horizontes) que el crecido índice de exportación junto al descenso de las importaciones todavía no aportan un resultado de superávit en la balanza comercial. Sumando esta bofetada de realidad al hecho de que la demanda interna ha decrecido en la medida de la situación que nos condena, obtenemos un índice de progresión del PIB que no alienta a la sinceridad de creídos ni descreídos.

A pesar de todo lo anterior, de la tendencia generalizada al crudo análisis, del linchamiento normalizado en los últimos tiempos como forma de expresión, me iba pareciendo hora de fijar nuestras perdidas creencias en una dirección concreta después de deambular, durante cinco años ya, por esta depresión económica. Si consideramos este repunte del comercio exterior como un arranque de la recuperación, detrás vendrá la inversión, nuevos mercados que atender, maquinaria que reemplazar, incorporación de nuevas tecnologías, creación de puestos de trabajo… Aunque, para ello, precisaremos de un marco institucional que empiece a favorecer la Investigación y el Desarrollo por medio de la inversión, el reconocimiento y la recompensa del talento. Y, sobre todo (también soy consciente), necesitaremos una gran conciencia de que el crecimiento será lento hasta el aburrimiento y el gasto, contenido hasta la asfixia todavía durante diez…, veinte…, treinta…

Nota para los acusadores: Si una nación como Japón, que nos da sopas con honda a la hora de gestionar, lleva veinte años recuperándose de su crisis particular sin nuestras infartantes cifras de paro ni el coladero de depravación que alimentamos en este país, ¿de cuánto estoicismo tendremos que hacer gala los españoles, pobres mortales, hasta que lleguemos a ver una cifra en positivo con efecto real en nuestro depauperado nivel adquisitivo?

Nota de realismo: En este maltrecho país que debiéramos tratar de reconstruir entre todos como un dignificante deber social, el que no se corrompe es porque no puede.

2 comentarios:

  1. Yo tengo un remedio para los censores y acusadores: Los mando a hacer puñetas! :)

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    1. A mí, me deja más a gusto mandarlos a hacer puñetas con argumentos. Pero, desde luego, a hacer puñetas.
      Gracias por tu visita y tu comentario.

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