jueves, 31 de enero de 2013

Todo por y para los bancos

Definitivamente, soy incapaz de entender el funcionamiento de este país de un tiempo a esta parte. Me declaro tonta perdida. Dejadme aquí y continuad vosotros. Sin embargo, me atrevo a decir que, para compensar (supongo), memoria todavía tengo y que recuerdo que, hace algo más de un mes, España recibió casi 40.000 millones de euros (que yo no los gano en un día, a menos que mi jefe me suba el sueldo. Le mando un saludo.) para recapitalizar las entidades nacionalizadas a cambio de una profunda reestructuración y la creación de un "banco malo". El ministro de Economía, Luis de Guindos, se acostó esa noche con la satisfacción del deber cumplido al creer que nos convencía a todos declarando que los 40.000 millones de euros que se inyectaban al sector bancario serían menos gravosos para las arcas públicas que los 400.000 millones de deuda pública, gracias a sus condiciones de amortización y al tipo de interés del 0,5% que se les aplicaba. Como si nosotros tuviéramos directamente la culpa de la generación de alguna de las dos deudas y quisiera tranquilizar nuestras conciencias en un alarde de empatía.
 
Para poder acceder a estos fondos, Bruselas impuso a las entidades nacionalizadas la obligación de reducir su tamaño en un 60% hasta 2017 y el deber de centrar su modelo empresarial en préstamos al por menor y préstamos a las pymes en sus principales regiones históricas. En definitiva, que fluyera el crédito entre los pequeños para oxigenar en la medida de lo posible el ahogo crítico.
 
No sé si alguno de vosotros ha estado en una entidad bancaria últimamente. Son esos locales que continúan estando uno a cada lado del bar de abajo y a los que pronto pondrán luces de neón en el rótulo a falta de otro reclamo. Yo suelo ir diariamente para asegurarme de que siguen existiendo y de que esa deuda, que no terminarán de pagar ni en las dos generaciones venideras, no se ha escapado también por el sumidero. Y sé de otra buena mujer (y lo sé de buena tinta) que ayer visitó una sucursal bancaria para solicitar un crédito hipotecario porque, a pesar de la subida de impuestos y de la imposibilidad de desgravarse la vivienda en la declaración de la renta, sigue habiendo españoles dispuestos a embarcarse en la arraigada costumbre de adquirir una. Portadora de toda su buena fe y de la documentación que acreditaba que sus ingresos son aceptables hoy para solicitar una hipoteca por el 70% del valor del piso y hubieran sido de alfombra roja, cubertería de plata y ampliación del crédito hasta un 120% del mismo valor hace seis años, presentó su petición. El director del chiringuito le ofertó uno de los inmuebles que ahora los bancos, como improvisados portales inmobiliarios que son (entre otras cosas que mejor me callo), tienen a disposición de cualquier postor. Las facilidades para adquirir uno de sus inmuebles volvían a ser las de seis años atrás, pero los inmuebles mismos eran, día arriba, día abajo, de la época en que Franco inauguraba pantanos. La solicitante agradeció la oferta pero defendió su deseo de comprar la vivienda que ya había elegido fuera de allí, e insistió en que se le aprobara el crédito que solicitaba para comprar lo que ella quería. Con lo que consiguió que el banco se negara a concederle el préstamo. O compras lo que te ofrecemos o, por nuestra parte, no compras.
 
Léase con paciencia la síntesis que recojo desde mi declarada ignorancia: Hemos pasado por hacer el mayor ridículo económico de nuestra historia delante del mundo entero. Por solicitar un rescate que, tal vez, nosotros mismos como ciudadanos necesitábamos más que las entidades financieras que decidieron (en nuestro lugar) rescatar (en nuestro lugar). Pasamos por que los gestores de este desastre mayúsculo se hayan embolsado cifras millonarias y ni pisarán la cárcel ni devolverán una mínima parte de lo robado. Pagaremos con nuestros impuestos, digan lo que digan, el desfalco realizado por esa panda de financieros sin titular. Y conociendo (o creyendo conocer) el manguerazo de liquidez que ha entrado por las puertas de esas oficinas apestadas para que la situación empezara a normalizarse nuevamente, ¿nos van a imponer desde dentro lo que debemos comprar sin libertad para elegir? ¿Tenemos que tragarnos también que se sigan llevando los beneficios socializando las pérdidas y manteniéndonos a las puertas como mendigos de un pan que no nos toca? Pues, no lo entiendo.
 
 
Nota "en otro orden de cosas": Según Mariano Rajoy (y cito textualmente), "la reforma laboral está funcionando muy bien". En ese caso, ¿cuáles eran sus verdaderas intenciones al aplicarla? ¿Crear empleo o destruirlo? Que me lo explique también porque tampoco lo entiendo.

2 comentarios:

  1. Normal. A mí me pasa lo mismo. El problema es que no somos tontos, QUIEREN HACERNOS TONTOS. Que nos creamos que, hablando mal, nos joden por nuestro bien. Los bancos lo que están haciendo, como entidades privadas que son y que responde ante sus accionistas, es usar el dinero que llega para tapar sus vergüenzas y, de paso represtárselo al propio gobierno ganando un buen pico. Hablando en plata, Europa los salda con una deuda al 1% de interés y ellos financian al sector público a un 5%. Hasta de la miseria nacional sacan ganancia.
    En cuanto a lo de la reforma laboral, yo también me desahogué a gusto en mi entrada "El valor de un voto".

    http://elartilleroilustrado.blogspot.com.es/2013/01/el-valor-de-un-voto.html

    ResponderEliminar
  2. No reѕulta sencіllo leer textoѕ bien eхpuestos,
    de moldo que debo reconocеrselo al autօr.Enhorabսena!


    Paгa ver mmas articulos relacionados ; Lopez

    ResponderEliminar

Artículos más leídos