lunes, 18 de febrero de 2013

La noche de los Goya

"Veo esta noche muy en blanco y negro", confesaba Juan Antonio Bayona haciendo clara referencia a la película más galardonada de la cita: Blancanieves. Nosotros también, Juan Antonio: la de ayer, la del sábado, la del viernes y todas las noches con sus días desde hace... ni me acuerdo. La historia más reciente de España se graba mucho más en negro que en blanco y, en cualquier caso, mucho más descolorida que la falsa realidad que se proyecta en una pantalla de cine o, con cierta intención quiero creer, desde un auditorio que ponía, al mal tiempo, mucha gala. Todos recordaron en un segundo plano, tal y como deseaba la vicepresidenta del Gobierno, la situación que afea la cara B de nuestras vidas, con mucha pose, mucho gesto de descontento con mesura, pero sin desviarse del tema que los convocaba.

Quede dicho de antemano que fui la primera en defender el séptimo arte como un bien cultural que debemos preservar, pero no puedo comulgar con la incongruencia que me robó el sueño anoche más allá del fin de la fiesta. Frente a la austeridad que asola el país, despliegue de brillos con firma extranjera. Y una tribuna desde la que, si acaso, se venía a reivindicar la continuidad de la subvención para la industria del cine con apuntes a medias tintas. Una gala en la que, año tras año y este año una vez más, nos cansamos de escuchar a nuestros actores mendigando trabajo y en la que la segunda película más galardonada se rodó con un elenco mayoritariamente internacional (que ni se dignó a pisar este suelo de miserias, faltaría más). Otra noche en la que, con todo lo que hubiera cabido denunciar, la ceremonia quedó en una broma por lo bajo y glamour por todo lo alto. Todo es falso, don Mariano.

Para película en blanco y negro, el thriller de espionaje y corrupción que se rueda ante nuestros ojos. Y, mientras hoy en las portadas se debate quién fue la mejor vestida en el desfile cultural, los periódicos malcuentan y medio esconden las declaraciones y pruebas aportadas el sábado por Diego Torres frente al juez, al tiempo que todas las fuerzas de este país deben de estar buscando la manera de que sus declaraciones acaben, como el Goya de Bayona, en el fondo del mar. Porque si los 197 correos aportados por Torres se admitieran como prueba en un juicio en el que la infanta no está imputada con mucha más implicación que su secretario, Revenga, o la mujer del declarante (algo que no hay por dónde se sostenga judicialmente), se nos cae el régimen de este país por el mismo agujero negro por el que se han ido perdiendo nuestros impuestos. Por eso, lo que habría de ser noticia de primera plana con un desarrollo interior de seis páginas en las que se contaran hasta los lunares de la corbata de Diego Torres, se pierde en un breve que da escasa cuenta de los tintes que está tomando el asunto. Según muestran los mensajes aportados por el socio de Urdangarín, éste disfrutaba, no sólo del beneplácito, sino incluso de la colaboración de Su Majestad para el desarrollo de sus negocios. Porque la justicia es igual para todos y justo es que Urdangarín tuviera el apoyo del abuelo de sus hijos para sacarlos adelante. Diego Torres describe además la escena en el despacho de su abogado, que no es difícil de imaginar a una media luz rasgada por el humo de unos puros habanos, con un maletín sobre el escritorio de roble macizo envejecido, los tres: Diego Torres, su abogado y el que identificó como Mario Pascual, con gabardina y sombrero de ala a lo Humphrey Bogart, negociando el precio del silencio.

En otra sala del mismo cine, bajo el título Transparencia, Javier Arenas, vicesecretario de Política Autonómica y Local, defiende una trama de conspiración para tratar de sustituir al Presidente. En mitad del argumento, aún no nos explicamos qué se esconde tras las amenazas del malo de la peli, encarnado en la figura de Luis Bárcenas, para que su partido le mantenga un sueldo con cotización a la Seguridad Social, despacho, coche oficial y secretaria dos años después de haber abandonado el cargo por un sonado caso de corrupción en el que se vio envuelto. Y seguimos, intrigados, la búsqueda de la Fiscalía Anticorrupción, que anda a la caza de las cuentas en las que el extesorero ingresaba las donaciones al Partido que todavía no se justifican. Se percibe una tensión en la banda sonora que vaticina una última vuelta de tuerca en la que las predicciones se nos vengan abajo. A la facción de los buenos se le ha visto el plumero en un par de secuencias y ya no adivinamos con la misma claridad quien acabará en la cuneta. Pero mucho me temo que el último fotograma antes de los créditos no será del agrado de todo el público.

En la sala 3, un antiguo ministro Borrell, tras el eslogan "Hacienda somos todos", solicita que silenciemos nuestros teléfonos móviles y, a continuación, da paso al largometraje Gürtel, en el que aparece como personaje secundario un José Blanco que también se cuela de refilón en El caso Urdangarín.

Anoche, la gala de los Goya se dibujó a carboncillo a pesar del colorido que pisaba la alfombra. Hoy, en una celebración muy deslucida de la vida, se debate quién fue la más elegante y quién será el más señalado si un día llegamos a ver resuelto alguno de los innumerables casos abiertos que a tantos y tan altos cargos conviene no cerrar.

 

3 comentarios:

  1. La pregunta es ¿hasta donde llega la inmunidad legal? ¿Sabías que la el rey no está sujeto a ninguna responsabilidad legal,haga lo que haga? ¿por que ha de haber inmunidad paralmentaria? ¿por qué el Tribunal de Cuentas tarda años y años en revisar las cuentas de los partidos? ¿por qué los delitos económicos, sabiendo la lentitud de la justicia, tardan tan sólo 4 años en prescribir? Hay tantas preguntas sin respuesta como españoles en paro.

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  2. Hemos convertido la vida un espectáculo paralelo a los de la gran pantalla y la pequeña pantalla. Con sus castings para todo. Y con la injusticia de que los que no formamos parte de las “audiencias” que les procuran el gran negocio a los “directores” sufrimos las consecuencias exactamente igual que los que les abonan la entrada.

    A mí me parece gravísimo que se vea la televisión una media de más de cuatro horas al día. Y me parece incomprensible que a las doce menos veinte de la noche hubiera casi diecinueve millones de personas delante de la pantalla, de las cuales casi cinco millones estaban viendo la gala de los Goya. Tenemos lo que nos merecemos, por asistir a semejantes espectáculos anestesiantes. Como el espectáculo de las elecciones, con sus señorías acudiendo a los castings, y la posterior retransmisión de los resultados, con sus orquillas, escaños, mayorías o minorías, también records de audiencia.

    Sólo nos interesan los escenarios y los actores, y nada los tramoyistas y los autores. Si dejásemos de pagar la entrada, tendrían que marcharse con los carromatos a otra parte, pero seguimos haciendo colas. ¡Que continúen los espectáculos!

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  3. Me ha gustado mucho este post, mas que nada porwue me hace pensar que, para pelicula, la que vivimos a diario los ciudadanos con la panda de mentirosos que nos gobiernan... Al fin y al cabo, como dijo un gran actor, actuar no es sino mentir...

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