sábado, 9 de febrero de 2013

Se huele el miedo

El Partido Popular ya nos ha concedido la nitidez que prometió para esclarecer la situación y sus conciencias, pero yo diría que no han calculado muy bien la frenada. Efectivamente, esta semitransparencia aclara algunas cosas y, entre ellas, pone de manifiesto que los sueldos del partido se han incrementado un 22% en los últimos cuatro años mientras que los sueldos de los ciudadanos han disminuído en la misma proporción. Además de no disipar la duda, dejan claro que la contabilidad A se declara casi tan injusta como la presunta, mientras en un forzado intento se convierte en ley la palabra de Bárcenas cuando niega la autoría de sus secretos papeles y a éste le siguen saliendo cuentas en Suiza como setas en un bosque de corrupción. Los ciudadanos (nacionales y extranjeros), la prensa,  la oposición y el juez Garzón concluyen que haría falta una mente diabólica para pergeñar semejante complot contra el partido, creando un manuscrito en el que se mezclan partidas contables reales con anotaciones falsas y todo ello transcrito del puño y letra cursiva de un profesional falsificador de documentos. Los políticos salpicados por la sospecha se limitan a negarlo todo, a invitar al PSOE a airear también sus trapos sucios y confiar en que la lentitud de nuestra Justicia sentenciará cuando San Juan baje el dedo e importe poco.

Beatriz Viana, directora general de la Agencia Tributaria se sienta a la mesa de las vergüenzas y, tras responder a una rueda de prensa sobre el caso Bárcenas, confiesa más públicamente de lo que hubiera deseado que no sabe ni lo que ha dicho.
 
Iñaki Urdangarín, jugando con otros barros del mismo barrizal, celebra con su esposa el día que tendría que haber depositado los ocho millones de fianza con una cena para dos en uno de los restaurantes más exclusivos de Barcelona.
 
Ana Mato esparce confeti a lo largo y ancho de un país cubierto de mierda hasta la bandera, y el Presidente del Gobierno lo celebra con ella y con el resto de la cúpula dejando las explicaciones rotundas y las anunciadas querellas para el fin de la fiesta sin apremio ni examen de conciencia, mientras el pueblo se les empieza a amotinar en las calles denunciando el ruido a deshora.
 
Cada día se destapa una nueva actitud deshonrosa o vergonzante y no hay castigo, no hay consecuencias, no hay justicia para un pueblo en el que se extingue la clase media magnis itineribus en pro del enriquecimiento de esta casta de mangantes deshumanizados y del injusto empobrecimiento del resto. Los excesos de la banca y la política sacan literalmente a los ciudadanos por la ventana de sus casas por no poder asumir un pago de 24.000 euros. Los recortes en sanidad provocan ya a día de hoy que un especialista en un centro de salud, absolutamente abochornado como si él fuera el responsable último, le solicite al paciente que vaya a la farmacia a comprar el tratamiento que le tiene que aplicar en la consulta.  Los niños se sientan en los pupitres de la escuela con el estómago vacío haciendo que los recortes en educación sean el menor de los problemas en las aulas. Los padres, embozados en un abrigo que oculta una vergüenza que no es justo que sientan, acuden a los comedores sociales a mendigar su subsistencia. España está pasando hambre y el hambre conduce a cualquier situación.

Bajo el hedor de esta injusticia, se huele el miedo de un estallido social. España se agita en su insoportable indignación y no hay un alma capaz de apagar este hervidero que empieza a quemar la cazuela. Golpe a golpe, línea a línea, este país se está transformando en un campo de batalla. La calle se queda corta.

 
 
 

2 comentarios:

  1. Dios te oiga. La suerte que han tenido hasta ahora es que el español medio es un ser agradecido. Dale un brizna de justicia, y te perdonará todo.

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  2. Una vez con la mierda hasta el cuello, creo que paralelamente a pensar cómo abrir el sumidero para que se vaya vaciando el recipiente, deberíamos también poner un gran empeño en evitar que se ponga en marcha la cuchilla que pasará en breve a ras de la mierda, porque, una de dos, o nos decapita o tendremos que meter la cabeza dentro.

    Sólo oigo hablar de dos opciones: aumentar el gasto, o recortar el gasto. La primera opción es el pan para hoy y el hambre para mañana, la huída por delante, y el que venga detrás, que arree. La segunda opción supone la paralización, el decrecimiento y el colapso económico. La primera es la mayor injusticia que podemos cometer contra unos seres que se tendrán que comer toda la mierda sin haberla producido, y la segunda es la mayor injusticia que podemos cometer contra nosotros mismos.

    En mi opinión, ninguna opción es válida, ni a corto ni a largo plazo. Ambas son defendidas por dos ideologías artificiales que aparentan ser antagónicas, pero que son idénticas. Porque ambas defienden un sistema económico insostenible, caduco y colapsado, que ha avanzado en la dirección al abismo durante muchísimos años, haciéndose las tontas ante la evidencia de su inviabilidad. Un gigantesco teatro, con sus guionistas, sus decorados y sus actores. Y aplaudido por una sociedad que lo único que ha hecho es aplicar la táctica del avestruz, mientras muestra el forofismo que le han inculcado al unísono los guinistas de todo esto, a través de los disfraces de sus títeres.

    El problema es gravísimo y mundial, y sólo echando marcha atrás se podría emprender la ruta correcta. Puede ser que la utopía sea inalcanzable, pero sólo avanzando en su dirección se pueden evitar rutas erróneas.

    Y la marcha atrás es justo lo contrario de lo que todavía se empeñan en defender, o sea, decrecimiento en lugar de crecimiento. No se puede crecer continuadamente, por mucho que nos empeñemos. La curva es logarítmica y enseguida se hace insostenible la pendiente. Estamos ya al ladito de la asíntota. “Primer mundo” a costa del “tercer mundo”. ¿Dónde está el “segundo mundo”? En esa dirección tendríamos que poner el rumbo.

    Disculpad el rollo.

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