martes, 5 de marzo de 2013

Detrás de un gran hombre, una infanta de España.

Si Marie Gouze, autora de La declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadanía, levantara la cabeza, se la volvería a tumbar el primer titular de prensa en España. Después de siglos de Historia luchando por los derechos de la mujer y la igualdad entre sexos, resulta que en el XXI las mujeres son más tontas que nunca.
 
Pero fue la propia Olympe de Gouges quien afirmó que el matrimonio es la tumba de la confianza y quizá eso explique que la mujer de Bárcenas, Rosalía Iglesias, pudiera declarar ante el juez que ella no había participado en ningún delito de fraude fiscal o blanqueo de capitales y que no sabía de qué le estaban hablando porque era su marido quien llevaba la gestión económica familiar, algo comprensible siendo el tesorero lo que era, que lo contrario sería como tener un marido electricista y tener que hacerse una misma la instalación eléctrica de la vivienda. Sin embargo, en estas gestiones maritales, parece que Luis tenía empleada a su santa, cuanto menos de recadera, ya que, sin otro oficio aparente, la señora de Bárcenas, en 2007, llegó a ingresar once millones de euros en una cuenta de Caja Madrid. Entre 2006 y 2009 compró varias plazas de garaje y una casa unifamiliar en el Valle de Aran por un valor catastral de 941.100 euros, pero que probablemente tuviera un valor de mercado tres o cuatro veces superior y era titular de una casa en Marbella valorada en 400.000 euros más otros pequeños inmuebles que casi dan igual a tenor de todo lo anterior. A pesar de que tanto Hacienda como la policía alertaron en numerosas ocasiones de estos movimientos de dinero perpetrados por una pobre mujer que no tenía trabajo ni se enteraba de lo que hacía, la investigación no llegó mucho más allá.
 
La señora de Urdangarín, infanta de España, directora del Área Social de La Caixa, cargo por el que cobra 250.000 euros anuales, debía de emplearse de lleno en sus funciones para esta entidad porque vivió ajena a todo lo que la rodeaba. Así fue cómo, sin darse cuenta, entró a formar parte del consejo de administración de una empresa inmobiliaria que ni vendió ni alquiló un piso en sus años de actividad, pero de la que la cortesana ingresó 510.000 euros en tres años, a la que presentó firmadas facturas como un proveedor más, que no recuerda haber emitido, y cuyas cuentas rubricó y aprobó como administradora con la misma atención que Bárcenas sus cuadernos, sin saber que lo hacía. Falta de tiempo y ajena a sus anteriores funciones, la infanta no pudo hacer y de hecho no hizo, según su señor esposo, absolutamente nada en Nóos más allá de calentar la silla y, en llegando a su humilde morada, les contaban otros cuentos a los niños obviando cuestiones tan burguesas como "cariño, ¿qué tal en el trabajo?".
 
En pleno siglo XXI, estamos obligados a creer que mientras los esposos movían millones por toda la geografía mundial con total impunidad política y veremos si judicial, ellas se dedicaban exclusivamente a sus labores sin cuestionarse adónde iban o de dónde lo traían. Es de presumir que lo que hay que tener son estudios de judicatura para creer que las cosas son como las pintan y que, efectivamente, la mujer de Bárcenas no supiera nada, la mujer de Urdangarín tampoco, Ana Mato no se entere, y nuestros pobres maridos se estén rompiendo los cascos a martillazos para averiguar cómo se hace.

1 comentario:

  1. Amiga mía, bienvenida a la DISCRIMINACIÓN POSITIVA. Además de apuesto lo que quieras a que los maridos son tan "machos" que apechugarán con los fraudes de sus respectivas. Además la infanta cuenta con la carta maestra de que su papá la va a sacar de líos.

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