viernes, 29 de marzo de 2013

No somos nada

La Semana Santa se deshace en lluvia tras el cristal, siempre tras el cristal. Cuando llueve no es tiempo de hacer nada. Es momento de encerrarse. Tras el cristal. Pero me acerco a un centro de la tercera edad, al que comunmente llamamos residencia y disfrazamos de sinónimos mejor sonantes para nuestros mayores y algunas conciencias. El primer sillón orejero alberga un alma, envuelta en ropas demasiado grandes, con la mirada perdida en las manchas del suelo. Nadie sabe cuántas ve. Me siento a su lado y sin levantar la vista, como leyendo entre las líneas de la baldosa, se lamenta en voz alta: "Toda la vida trabajando para no tener que depender de nadie, se me muere la mujer y mira dónde estoy. Menudo problema tengo. Pero gordo." Una señora sentada al otro lado de la sala se levanta y se acerca para decirnos que se llama Evagarcíalevante, todo junto. Y vuelve a su sitio. El hombre levanta la vista para escuchar lo que ya sabía, me mira un instante y vuelve a leer en el azulejo.
 
"Me casé con mi mujer porque me dio muestras de que me quería, pero me he acordado de la Nati todos los días de mi vida. Tan inteligente, tan buena y ¡tan fina!, así como tú. Yo estaba en África haciendo el servicio militar y solicité un traslado a Madrid para servir en la imprenta. Fuí el único al que sacaron de allí aquel año, fíjate. Un día mi General me envió a llamar por teléfono. Al otro lado del Manzanares, había un estanco. Y allí estaba esa belleza, detrás del mostrador. ¿Qué desea? Deseo hacer una llamada. ¿Cuánto le debo? Pero no me cobró. Otro día cruzaba ella el puente para comprar unas telas en el rastro. Pedí permiso para acompañarla. Así fue. Luego me licenciaron y tuve que dejar Madrid. Y ahora, hace un rato, he pedido permiso para subir a mi habitación a afeitarme y darme una ducha y me contestan que ya me lo harán aquí y aquí me tienen, pero sin afeitar. Le roban a uno la poca libertad que tiene." Silencio.
 
Recuerda la distancia justa entre el cuartel y el estanco del tío de la Nati, recuerda la fuerza que llevaba el río, hasta el número exacto de cantos rodados que asomaban a la superficie del Manzanares en 1940. También recuerda que hoy ha comido garbanzos, pero ya no sabe que después ha merendado. Lo último fueron los garbanzos y la privación de su libertad. Me advierte de que no se puede salir de casa sin dinero y me confiesa que hoy él no lleva nada en la cartera, que la toca y la nota "rancia". Y que no se puede ir así por la vida. Pero... Algo hay en el suelo que le hace perder el hilo.
 
Lo devuelvo a los cuarenta con una pregunta que no responde pero que lo hace regresar. "Entonces conocí a la que después fue mi mujer. En el baile. El baile era el único sitio al que las mujeres podían ir en aquella época porque no costaba dinero. Y empezamos a bailar. Un día me dijo que su madre me quería conocer y yo pensé que por conocer a una madre no se iba a echar atrás otra boda. Pero, mira tú, que al poco me dice que sus padres se van a Francia y que su madre le ha dicho que o se casa o se va con ellos. Yo le pregunté que qué quería hacer y ella me contestó que deseaba casarse porque me quería. Anda, tráeme un poquico de papel porque no tengo ni pañuelos. Tenía pañuelos, tenía dinero en la cartera... ¡Qué barbaridad!". Le acerco un pañuelo y un zumo, pero me dice que el zumo allí no sabe a nada y que me lo beba yo. Será que piensa que para mí la cosa cambia. Me repite que hoy ha comido garbanzos, pero que llevaban algún otro ingrediente no identificado y lo ha dejado en el plato. No entiende que, si son garbanzos lo que se cuece, no caigan sólo garbanzos en el plato. Lo que sí comprende es que los garbanzos se los tiene que comer para salir de allí andando. Evagarcíalevante dice que ella no camina desde hace cinco años. Hace un momento se nos presentaba a ambos de pie junto a mi silla. Pero el tiempo en estos lugares se hace eterno. Nos hacemos cargo. Como se acerca la hora de la cena de este lustro, me despido y salgo a la lluvia creyendo que me verán desde el otro lado como un recuerdo lejano, como esa imagen en sepia que siempre me hubiera gustado ser.
 
Y voy pensando, paso a paso, que la parte siempre es un fiel retrato del todo. Que ese hombre que me despide con la mirada perdida es un reflejo de un país entero. Que España hoy también es un anciano arrugado en un sillón orejero, viendo llover tras el cristal, con una camisa demasiado grande, viviendo a rebufo de sus viejas glorias, sin recordar si ha merendado, con la cartera vacía, contando las manchas que corrompen el suelo, llorando lo que fue y no es, sin pañuelo, creyendo que se pondrá de pie. Convencido de que todos sus años son pocos.

2 comentarios:

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