lunes, 4 de marzo de 2013

Sobornos y sobresueldos

A veces, es tan difícil como necesario decir no. Es la única forma de explicarse cuando la mierda empieza a flotar y la única de no vivir con el miedo de que, cuando la vida deje de volverse previsible, reaparezca por sorpresa un Bárcenas de medio pelo como el Guadiana en Villarrubia, la carne de caballo en el plato o la nieve en marzo. Porque las cosas más importantes de nuestra vida son aquellas que no hemos planificado. El amor, la fecha de nacimiento, la varicela, la dimisión de un Papa, un sobre cargado de billetes de quinientos... Las únicas que recordaremos y las únicas que, posiblemente, tendremos que aclarar. Y, en ciertos casos, una negación a tiempo supone la reafirmación de uno mismo como persona y evita tener que evitar la rueda de prensa en campo abierto.

Si los supuestos integrantes del PP no hubieran (supuestamente) recibido nunca los supuestos sobresueldos que copan los medios de comunicación, no seríamos hoy supuestos testigos de este supuesto collar de mentiras. Si Bárcenas hubiera dimitido en 2009 como anunció Rajoy, no hubiera tenido que afirmar Montoro que fue despedido ese mismo año, ni hubiera tenido que declarar Cospedal que se le finiquitó en 2010. Si el desvergonzado autor de la peineta no formara parte del partido desde tan inciertas fechas,  hace días que nos hubieran pegado en el cristal del plasma su baja voluntaria firmada o la carta de despido con la misma rúbrica que aparece en sus secretos cuadernos. Si el PP fuera practicante de una honestidad sin tacha, hubieran llovido ya las tan anunciadas querellas que están sin terminar de estar. Si fuera mentira lo que, con toda evidencia, va volviéndose una indiscutible verdad, no tendría que ser una absoluta patraña lo que en justicia habría de ser cierto. Para medir la reacción y probar la integridad es para lo que nacieron los Urdangarines, los Blancos y los Bárcenas de este país; los sobornos, los sobresueldos y el queso de untar. Y para tropezarse con ellos no es necesario estar en el Gobierno de una nación.

La piedra en el camino que le imprime relieve a la vida aparece para todos en algún punto de la andadura. El viernes pasado, al finalizar la primera de las clases que mi hermana imparte en un centro cultural, un alumno se le acercó para solicitarle que revisara su ordenador personal, que más que ordenar le desorganizaba la existencia. Ella se excusó diciendo que tenía que comenzar con la siguiente lección y que en ese momento no podía atenderlo. Después de mucho insistir él y mucho disculparse ella, el susodicho sacó del bolsillo un billete (sin sobre ni envoltorio alguno, así, a bocajarro, con total transparencia) y lo depositó sobre la mesa de la profesora en pago de no sabemos muy bien qué. Mi hermana cogió el billete con ánimo de devolverlo explicando que de ninguna manera podía aceptar su dinero, que ella cobraba un sueldo por su trabajo y que el detalle estaba de más en todos los sentidos, mientras el consumidor de Apple, como Eva tras compartir otra clase de manzana, salía corriendo del aula, dejándola con el ardiente billete pinzado entre dos dedos y la culpa pegada a la conciencia durante dos días y tres noches. 

Presa de los fotogramas que colorean nuestra existencia últimamente y ante la imagen figurada de sí misma defendiéndose de lo inexplicable con expresiones del tipo "indemnización en diferido", "salario simulado" o "finiquito fraccionado", metiéndose en un "fregao" que ni Cospedal en "la parte contratante de la primera parte", se ve obligada a caminar todo el fin de semana sujetando entre los dedos la prueba del pecado original, con el brazo extendido y el sobresueldo por delante de sí misma en dirección al aula donde podrá devolver el motivo de la vergüenza al manzanero del hardware y la honestidad a su puesto de trabajo. Porque, a veces, hay que decir que no para no tener que negar la evidencia más tarde. Y eso, señores del Gobierno, es lo que se nos supone a todos.

1 comentario:

  1. Todos hemos acariciado el dinero negro en algún momento de nuestra vida. Pero el dinero negro, como los lobos o las hienas, también tiene razas. Hay dinero negro con pedrigrí que circula invisible de una cuenta a otra, otro de menor linaje que va en sobres o bolsas de basura y, finalmente, el que yo caté, el dinero más pordiosero. El que me daban en empresuchas de tres al cuarto donde tenía una nómina "X" y recibía un sueldo en sobre "Y" (mucho más reducido, por supuesto.

    ResponderEliminar

Artículos más leídos