martes, 9 de abril de 2013

Escándalos, con leche y azúcar

La prensa y los contertulios en el café se han propuesto desatar 37 años de silencio a cuenta de los sacrificios que salpican el diario de un español cualquiera. El comportamiento ejemplar del marido de la Infanta destapó la caja de los truenos y, desde entonces, no hay semana en que no nos desayunemos con un nuevo tropiezo Real. Que resulta que hace una vida entera don Juan Carlos aprovechaba la agonía del dictador para vestirse de alcahueta al servicio de la Casa Blanca. Tal era por aquel entonces la facilidad de palabra del aspirante al trono que llegó a largar en estos encuentros el contenido de las conversaciones privadas que mantenía con otros dirigentes. Vaya trajecico le han confeccionado al Monarca. Anda, Alfredo, ponme otro café, que hoy no me despierto.

Los periódicos se han convertido en un vertedero de historias de la Historia que van cada vez más lejos en el tiempo y en su osadía. La Casa Real ya no conserva el equilibrio necesario para detener los golpes sin caer y encaja las bofetadas a ritmo de pasodoble. Don Juan Carlos empezó disculpándose en el primer acorde, cuando nos presentó al elefante botsuano. Después, se hizo un lío con las piernas y nos colaron a la princesa alemana con un aire reminiscente de ese pasado espía de su protector, la herencia millonaria fruto de una vida de austeridad borbónica, la imputación de la segunda niña de sus ojos presuntamente ciegos, la información, abortada por los últimos coletazos de la censura, del que pudo practicarse la futura reina en 2002. Y ahora el yerno, mangas verdes, que pide permiso para emigrar a Qatar y aceptar un empleo como ayudante del equipo de balonmano. Que, con ese curriculum, es para que le lluevan las ofertas. Si yo fuera sospechosa de la mitad de lo que se le imputa a este muchacho, me quedaba sin opciones y sin el empleo que tengo en España hoy, a Dios gracias y que dure, pero a él se lo rifan hasta en los lugares más insospechados. Lo que es medir dos metros para que lo vean a uno de lejos.

Don Mariano, que es justo lo que nos podía faltar, para no defraudar a la opinión que de él tenemos, tira de manual histórico y afirma que "la Monarquía cuenta con el apoyo mayoritario de la sociedad española", dejando de lado los últimos sondeos que vienen a apuntar exactamente lo contrario, pero que son lo de menos. Desde la frontera con Babia, creen que pueden ocultar sus vergüenzas con la promesa de una Ley de Transparencia, cuando el descrédito en las instituciones nace de las primeras sombras que se adivinan tras el cristal. Este ejercicio, de hacerse, proyectaría el mismo resultado que el que se obtiene al ampliar una fotografía. Cuanto más grande se vuelve, peor se ve. Cuanto más transparenten la imagen, más deslucida va a quedar. A estas alturas, juega a su favor que, gracias a las medidas adoptadas en sanidad y por no gastar en balde, los españoles vivimos curados de espanto. Yo ya no soy capaz de determinar si es más escandaloso lo que leo en el periódico del bar de Alfredo o que, se escriba lo que se escriba, es como si no pasara nada porque nada pasa. La inmoralidad se ha convertido en un plato más de nuestra dieta mediterránea. Nos tomamos el periódico como el café que nos pone Alfredo. Con la misma naturalidad y con el mismo entusiasmo.

- Hoy casi te pondría un carajillo, princesa.
- ¿Si lleva alcohol desgrava?
- Tampoco.
- Pues, anda, Alfredo, ponle un poco de alegría.

2 comentarios:

  1. Si los ciudadanos no hemos hecho nada para exigir que la mierda saliera al escaparate de los medios, que creo que no, mucho me temo que la están sacando los mismos que se han encargado de que no saliera durante treinta y tantos años en esos mismos medios que eran y que siguen siendo suyos, y que publicaban y siguen publicando y dejando de publicar al dictado en determinados asuntos. La cuestión sería saber los porqués de ese cambio de actitud. Yo intuyo que quieren hacer un cambio radical de escenario. Y mucho me temo que será en su exclusivo beneficio. Y claro, ese beneficio tiene que ser forzosamente a costa de más perjuicios para quienes fácilmente nos podemos imaginar. ¿Dónde estarán los límites de todo esto?

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