lunes, 8 de abril de 2013

No se van, los echan

La Historia se repite siempre, como la cebolla y los niños de tres años. La Historia puede hacer cualquier cosa menos sorprender. Y esto explica mejor que un libro que los jóvenes de hoy emigren al extranjero como hicieron sus abuelos, cambiando el baúl de la Piquer por la maleta de ruedas. Así contada, la historia de estos días no es sino una muestra más del arte de hablar según conviene. Porque lo mismo, lo mismo, no es ni parecido. Ésta no es, ya quisiéramos, una "emigración golondrina" con destino a las explotaciones agrícolas que procuraban un año de trabajo con billete de vuelta al nido. Ni es, como fue en los 60, un acuerdo entre países con contrato de trabajo proporcionando mano de obra sin cualificar para beneficio económico del país de origen. Esto es un exilio de las mentes pensantes mejor preparadas que hemos tenido y que, al paso que vamos, tendremos.

Dani se marcha a Suecia. Me lo cuenta hoy y no lo asimilo porque no lo quiero asimilar. Dice que seguramente ya no volverá, aunque de momento no entiende a los suecos, pero a los españoles los entiende menos. Yo sé que no es el único, lo cual no es un consuelo porque no soy tan tonta. Hay que verlos partir sin entenderlo y no hay más. Se marchan los hijos de los padres que un día regresaron y permanecen los hijos de sus madres que lo han provocado. Si pudiéramos vivir de impulsos, los exiliados no serían los que son.

Se marchan los cerebros y aquí se nos quedan las cabezas visibles que no rigen, las bocas sin voz que sólo comen, los estómagos desagradecidos que no sienten ni lo parecen. Lo mejor de cada casa a cuenta del erario público entonando la cantinela "vamos a salir de la crisis... al año que viene". Lo dicen quienes se están dando un banquetazo con nuestros impuestos mientras nosotros nos hartamos de indignación. Quienes viven mantenidos por quienes despedimos a los que nos importan. Quienes este año disfrutan del lujo que los que se lo pagamos no podemos ni imaginar. Quienes "al año que viene" tienen garantizada su pensión. El año que viene será tarde para los que se marchan éste y quizá también para los que nos quedamos a despedirlos. Y ¿vamos a seguir tragando con el reparto como queda? Cuando la cuenta sale bien, sale bien para los de arriba; cuando la cuenta sale mal, sale mal para los de abajo. Lo más que nos conceden es una emotiva despedida a pie de calle blandiendo pancartas de verdad. La única que nos queda.

Junto a todo lo demás, se pierde una generación, la generación en la que más y mejor hemos invertido. ¡Cuánto tendrá que agradecerle el mundo a este Gobiermo! Éstos que nos quedamos atrás no podemos sino acatar. Porque no hay futuro y el presente huele que apesta. Hay que dejarlos ir. Pero que no nos vean llorar. El último que cierre la puerta.

1 comentario:

  1. Es muy triste, la verdad, vecinos y amigos míos se han ido o se lo están pensando. De hecho nuestros propios gobernantes animan, con la boca pequeña, a que la gente se vaya. Es que la ecuación ya les funcionó en los años 60. Dejamos que la gente más inquieta se vaya fuera, disminuye el paro, decimos que es un "milagro económico español" y, de paso, los que se quedan son los más borregos que llevamos por donde queremos o los que son tan pobres que no se atreven ni a protestar por miedo a que les quiten la poca miseria que les queda.

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