jueves, 18 de abril de 2013

Un día en la derecha

He debido de ser votante del PP por encima de todas las cosas y durante toda mi vida sin enterarme hasta hoy, y porque me lo dice Cospedal, que si no yo a mi rollo de ponerlos a todos a caldo de asilo. Según la segunda del partido en el Gobierno, llámenla Lola, los que pagan sus deudas son los votantes del PP; el resto, una panda de nazis. Ergo, si A es igual a B (que se lo pregunten a Bárcenas), una servidora, signataria de derechas. Llevo unos veinticinco años, día arriba día abajo, desde la primera paga que recuerdo, apretándome el cinturón para llegar a todo. En los últimos meses, tanto he aguantado la respiración que había conseguido ahorrar unos euros y a continuación decidido, nótese bien, marcharme mañana de vacaciones. Pero he cometido el craso error de levantarme hoy.
 
Todos tenemos por costumbre, o al menos los previsores, los que votan al PP, la gente de bien, dar buena cuenta de todo lo que no hemos hecho antes y no podremos hacer después el día previo a emprender un viaje. Por eso este jueves se ha convertido para mí en una carrera de fondo, de fondo de inversión. Camino hacia alguna otra parte, he entrado en la óptica porque llevo los cristales de las gafas a rayas. Será por eso que ya los veo a todos con el pijama carcelario, o no, pero una consulta de psiquiatría, a priori, parecía un derroche. A posteriori,  reparo en el hecho de que debería haber pedido presupuesto antes de lanzarme a encargar unas lentes que quién iba a imaginar que, sin dibujo, cuestan lo que la Cospe no sabe porque no lleva gafas, pero sí la banda ancha de mi tarjeta que se ha vuelto estrecha al primer tijeretazo, el de las diez.
 
Bueno, me he dicho, que mañana te vas de vacaciones. Porque también es una costumbre muy nuestra, de los del PP, consolarnos con razonamientos completamente absurdos. Como mañana me voy de viaje y el coche hay que llevarlo bien (esto lo dice mi padre, no Maria Dolores), al mediodía y sin comer, por eso de pagar la hipoteca en lugar de, he llevado el coche al taller un rato. ¡Pero qué rato! No los he visto a todos, aunque no me ha hecho falta para convencerme de que los mecánicos llevan gafas con cristales orgánicos, graduados, progresivos, reducidos y antirreflejos en función del precio al que cobran el vistazo que me han dicho que le iban a echar al vehículo. Que sí, padre, que el coche hay que llevarlo bien, pero es que yo lo llevaba muy bien antes de pasar por el concesionario y ahora lo llevo fatal. Me aprieto un poco más el cinturón porque, con el recorte de las cuatro, se me caen los pantalones y me echo a la calle, a la de todos los que botamos igual.
 
Poco he avanzado cuando vuelvo a acordarme de las doctrinas de mi padre y de las chorradas de la Cospedal, que, salvadas las distancias, me salen igual de caras. Mi padre, que es un hombre sabio, también dice que el coche sin gasolina no anda y hoy, que es un día para la revelación, me he percatado de que tiene más razón que un santo y de que el combustible está por las nubes de tu pelo. María Dolores dice otras cosas que ni imaginar puedo. Me supera. Igual que el cálculo exacto del importe que, desde que cerré la puerta de casa a las seis y media de esta mañana, he pagado en concepto de impuestos. Y lo que está por llegar. Echando cuentas un poco por encima de cualquier previsión, hoy hubiera sido un gran día para perder la cartera. Por lo menos, el extravío está libre de tributos. Ahora, una cosa tengo clara: mañana me voy de vacaciones. Llámenme izquierdista. Aunque este mes tenga que empeñar el cinturón para pagar la hipoteca. Se acabaron las estrecheces.

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