viernes, 3 de mayo de 2013

Contrataciones improcedentes

Todos hemos conocido, siendo las cosas como debían, importantes recortes de personal en una empresa cuando los presupuestos no se ajustaban a la cuenta que se hacía el que no hacía las cuentas. Todos hemos visto cómo, en estos casos, personas muy válidas para el cargo que desepeñaban tenían que abandonar la empresa y ésta seguía cargando con un incontable número de zotes muy adaptables, que igual podían ocupar un puesto que otro porque hacían lo mismo en cualquier rincón: estorbar. Algo que no dejaba de satisfacer a los de arriba porque no se sentían cuestionados y de disgustar a los de abajo en la misma medida porque se les duplicaban las competencias. Parece mentira, pero, con la actual cifra de paro por todos conocida y soportada estoicamente, esta injusticia sigue estando a la orden del día en todos los órdenes, llegando, con matices, a ser la misma situación que se vive en nuestro Gobierno.

El Gobierno de España, en definitiva, no es sino una empresa financiada al cien por cien, en la que los únicos que no tienen nada que decir son los que ponen el dinero, y cuya ocupación es dirigir el país (hacia la quiebra). Los ciudadanos sólo tenemos la opción de colocarlos en la palestra sin período de prueba y esperar cuatro años a que les venza el contrato, que es como si mi jefe me hiciera un contrato de cuatro años y no pudiera decidir nada en cuanto a mi puesto de trabajo hasta el vencimiento, así le llevara la empresa de cabeza a la ruina caracolera. El Presidente del Gobierno es inmune a los derechos de la parte contratante e incluso a su propia reforma laboral porque, desde que tomó posesión de la Moncloa, se transformó en su propio y benévolo mandatario. A partir de ahí y teniendo en cuenta las cualidades con las que llega al cargo y de las que ha hecho gala en directo y en diferido, Mariano Rajoy, como los dirigentes más ineptos de cualquier empresa, es incapaz de rodearse de los mejores. Tal vez porque, de hacerlo, un subordinado podría dejarlo en evidencia. Tal vez porque así las cosas podrían empezar a cambiar por donde deben.

Estoy convencida de que tiene que haber en España tecnócratas en paro altamente cualificados con la capacidad de actuación y el carisma de que carecen el rey del plasma y sus secuaces, y que ahora mismo deben de andar alternando la lectura del Quijote con la de El Capital y calculando el riesgo de abandonar la nación en patera para mayor regocijo de Esperanza Aguirre. Sin embargo, Mariano ha preferido convertir el Gobierno en un club de colegas con los que calentar unas birras a carcajadas después de aplicar cada partida, cada nueva ley, cada recorte. Lo que Mariano necesitaba es una cuadrilla que le coreara las decisiones (véase la representación de los últimos días) dejando en un segundo plano, o para luego si queda un rato, los intereses comunes. Mariano ha cambiado aquella entereza que le llevó a convertirse en el opositor más impertinente, por el saco de complejos que guardaba desde la que imaginamos una de las infancias más insultadas cuyo sonrojo permanente esconde hoy detrás de una barba presidencial. A Mariano, lo que menos le convenía, según su psiquiatra, era acompañarse de profesionales competentes que volvieran a colocarlo a los pies de los caballos. Mariano sabe lo que se hace aunque no lo que nos hace a todos los demás.

Por eso nos deja a la espera y con la incertidumbre permanente de si, a partir de su última comparecencia, hará oídos sordos a los suyos quienes, movidos por la pura inercia de continuar haciéndole la ola, lo instan a que continúe por el camino del recorte y confección o si, siguiendo los dictados de su corazón, escuchará la voz de la Merkel, que, para sorpresa de propios y extraños, empieza a abominar de todo lo que ha respaldado hasta ahora mereciéndose, al fin, el puesto de dirigente de este país.

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