miércoles, 15 de mayo de 2013

El landismo sin Alfredo

Esta mañana, a primera hora, me he encontrado cara a cara con las circunstancias. Entra un español en mi oficina a las ocho y me pregunta si me importa que se siente un momento porque se marea. Va decentemente vestido y nada más, aunque simula haber parecido mucho más que eso. Obviando el vestuario, proyecta la imagen de alquien que ha dormido poco y desayunado menos. Yo, que he vivido toda mi vida entre la hipotensión y la abstenia primaveral, entiendo pronto la falta que le hace esa silla y le ofrezco además un café.

- No, por favor, sólo faltaría. Lo único que necesito es sentarme un momento.

No me convence, pero no quiero incomodarlo con argumentos maternales. Permanece un cuarto de hora con la cabeza sostenida por la frente en posición de incómodas circunstancias y, poco a poco, se va incorporando para despedirse de mí. Sonríe por agradecimiento y, si no, no. Abre la puerta y, casi desde la calle, se pronuncia retraídamente:

- Me marcho. Muchas gracias. Ha sido usted muy amable.

Le perdono que me trate de usted y se va. Sigo un momento con la mirada el paso lento que sostiene a este nuevo caballero español, completamente segura de que cederle una silla no ha sido suficiente. Y es esa imagen la que me persigue el resto del día.

Uno de los seis millones de ciudadanos iguales ante la injusticia vaga por la calle a las ocho y cuarto de la mañana sin dirigirse a ninguna parte, soportando la presión del vacío sin presión arterial, con la esperanza de que se imponga el contrato único o el único contrato que le hace falta, con la desesperación arrasándole los ojos y la fe, sin el coraje de otra época, sin el aplomo bastante para aceptar lo que necesita, sin permitir que mande la necesidad.

Volvemos, tan a destiempo, a la era del landismo, a una España de necesidades básicas y arquitectura futurista que no sabemos habitar porque se han perdido la picaresca, el genio y la figura. Las mejores y más laureadas cualidades del español típico nacían en un escenario de miseria y pandereta que sólo podía avanzar. Esta regresión de golpe y a golpes nos arrolla sin comprender, incapaces de asumir y reaccionar. No se camina con la misma seguridad de frente que de espaldas, hacia adelante que hacia atrás. No sabemos acomodar nuestra nueva forma de ser al retroceso. Y, para mayor duelo, aún hay momentos en que es más importante conservar la dignidad que apagar el hambre.

3 comentarios:

  1. Es muy triste ver que tu calidad de vida retrocede y de que resulta que tu futuro se parece más al de tus padres que al que deseabas para tus hijos.

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    1. Y es muy dura la forma en la que los ciudadanos se están dando cuenta de que habíamos tocado techo, de que el crecimiento no puede ser infinito, de que había que caer para empezar a crecer de nuevo.

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  2. Me encanta que , pese a todo, sigas siendo una mujer optimista.

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