miércoles, 1 de mayo de 2013

El mejor día del trabajador

Esta mañana he tenido el sublime placer de conversar con una señora tan de derechas que hasta la columna vertebral se le desvía en esa dirección. Con el frío que se nos ha echado encima, la buena mujer, menos digna de lo que acostumbra, cojeaba más que nunca de camino al banco. Tanta lástima inspiraba que le he ofrecido uno de mis brazos (no diré cuál) como apoyo y así hemos atravesado la calle compartiendo pareceres y cojera. Porque el que va con un cojo, cojea y eso es así. Marcando la cadera como una actriz de Bollywood ralentizada, entre otros descubrimientos sin desperdicio para alguien de su condición, me confesaba, apuntalando sus palabras a golpe de muleta, que ya le da igual izquierda que derecha, que sólo quiere que el que sea nos saque de ésta, refiriéndose a la cojera nacional.

A un paso de la acera de enfrente, he visto la luz de la revelación. Éste es el final de la actual legislatura, aunque, por formalismos, se retrase otros tres años. Rajoy se ha quedado solo. A los que todavía practican el funambulismo en su misma cuerda, se les acaban los argumentos para seguir refrendando su incompetencia y no dicen más que sandeces. A la gente, como él nos llama, que empezó apoyando su campaña,  se le aflojan las creencias y hoy, apoyada en su bastón de raya diplomática, ni siquiera se para a escuchar cuando su Presidente trata de justificarse con frases del tipo: "Sé que la gente no los ve, pero ha habido avances". La gente ha perdido la fe por completo y ya no es capaz de ver lo que no está, o tal vez necesita hacerse unas gafas iguales a las de Mariano para ver lo que él, en su delirio, asegura que hay que ver, pero tampoco ha quedado dinero para flipar con artificios. La cosa pinta mal. Tan negra se dibuja que hasta el Presidente aparece en blanco y negro, salvándose de la oscuridad total porque la barba y la soledad le canean. Sale a presumir de sus ministros y les aplaude por su buen hacer y su coraje mientras a "la gente" nos pide un "poquito" de paciencia que sobreentiende que nos reconocerán nuestras madres dándonos de comer en sus casas. Para Mariano, que necesita hacérselo mirar con otras lentes, la situación es mejor. Pero no aclara, porque no lo sabe, si mejor que hace un año o mejor que en la posguerra. Aguirre, que entiende que es hora de hacer el payaso, se calza las gafas también y se tira un órdago sentando que están, no sólo mejor, sino "el doble de mejor que la última vez" y se le perfila una sonrisa que le desplaza las orejas viendo como los jóvenes más cualificados de este país se escapan al extranjero, "motivo de optimismo" sin par para este Partido y, casi, hasta de orgullo y satisfacción, pero no porque eso es cosa de Reyes. Donde esté Montoro para acuñar términos y nuevos sentimientos, no hace falta robar más de la cuenta.

Así, encara este Gobierno la jornada de mañana. Conmemora como nunca el primero de mayo porque cree que le rebosan los asalariados mucho más que el cielo de la boca. Rajoy hubiera querido incluso suprimir la festividad para acercarse a la cola del INAEM, como hiciera en la era Zapatero, y hacerse una foto con sus seis millones de criaturas, que le parecen pocos si los compara con los cuatro millones de entonces. Alguien me recordaba esta semana unas letras de Valente: "La interpretación estaba viciada, no porque no comprendiéramos los signos sino porque los textos fueron corrompidos". No es culpa de nadie, aunque ninguno nos enteremos. Las realidad y la palabra discurren por vías paralelas. Y la palabra ahora empieza a estar de más. La realidad es que mañana es el día del trabajador y los españoles, en nuestra ignorancia, no sabemos lo que se celebra este año.
 

1 comentario:

  1. Olvidas la fuerza de la costumbre. No votarán a Rajoy por convicción sino porque tienen en su genoma un odio visceral a todo lo que huela a izquierdas.

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