martes, 7 de mayo de 2013

El paro que no entendemos

En España, no se hablan idiomas. Por no hablar, no hablamos ni español, ni mucho menos el idioma universal de las matemáticas puras, que ése es para listos y la cumbre del políglota. Por eso, las estadísticas se leen a conveniencia o como se puede. Por eso, los españoles, desde ayer, andamos locos buscando la tabla de restar de nuestros más inocentes años de primaria para dilucidar cómo, si a la cifra de 6.200.000 parados de la semana pasada le restamos 46.000, queda por debajo de los cinco millones y pone a Rajoy a bailar una muñeira sobre la mejor reforma laboral que se ha escrito. Una lástima haber abandonado mi carrera pictórica a la tierna edad de seis años y no poder dejaros en este espacio un boceto de la cara que ha debido de poner la Merkel.

No es relevante que cada una de las cifras salga de un cesto distinto porque en uno no caben todos los desocupados. Lo que importa es que el último resultado tomado en cuenta da pie a Luis de Guindos, que no por nada se ha quedado calvo, a decir que "nuestra economía es fuerte y sana", vamos, que lo aguanta todo, como el pan semilla de oro, lo cual, entiéndase, es tan cierto como que hay doce dioses en el Olimpo. Los propios dirigentes del partido, que no se comprenden ni entre sí, han convocado un corrillo en el patio del Congreso para exigirse un poco más de claridad a la hora de explicar la situación, que luego Rubalcaba no dice más que majaderías y hasta el Rey se mete donde dicen que no le llaman apoyando un pacto nacional y al día siguiente, forzando la muleta, tiene que dar un paso atrás para decir que no ha dicho nada, que no lo hemos entendido bien, que somos tontos todos.

El ars politica solía consistir, cuando menos y si sólo en una destreza, en ser un profesional del arte de la retórica. Aquí, ya no hace falta. Mientras los ministros y el propio Presidente, que le va cogiendo el punto a la cruz, hacen fila para monologar sin ponerse de acuerdo ni consigo mismos sobre lo que hay, lo que había y lo que habrá o irá dejando de haber según hablamos sin decir nada; nadie se ocupa del que agoniza sin comprender. Lo que ellos entienden es que el hambre sin penas es menos y, dado que la cifra del paro se soluciona por sí misma y con la ayuda de San José obrero, que este año nos ha bajado a ver, sólo queda ocuparse en bautizar a los nonatos, asegurarse un sueldo que no hace falta explicar porque nadie lo va a entender y quitarle el polvo al plasma a ver si conseguimos que Mariano salga guapo. La mayor preocupación de este país no tiene fundamento. El que no trabaja es porque no quiere o porque no se entera. De hecho, cualquiera podría dedicarse a la cosa pública argumentando con las mismas cualidades que aportó Jesulín para sacar un disco. El único requisito es tener cara y, con cara, nacemos todos.

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