sábado, 25 de mayo de 2013

El semáforo en rojo

Saliendo de mi barrio, hay un semáforo que hace de puerta psicológica con la ciudad. En quince años que hace que vivo en el sector, nunca me lo he encontrado en verde. Supongo que ésa habrá sido la razón determinante para que un grupo de jóvenes aficionados al malabarismo lo haya tomado como sede laboral. Son cinco chicos con estudios universitarios que, ya no tan recientemente, perdieron su puesto de trabajo y buscaron la alternativa. Se ubicaron junto al semáforo en rojo y, en lugar de vender pañuelos, que ya era un campo muy trillado, decidieron hacer malabares. Quizá porque tenían cualidades. Tal vez como una metáfora de qué es lo que hay que hacer para llegar a fin de mes. Perdieron un trabajo, pero no el sentido del humor. Todos los días se colocan sus ropajes de payaso, por justificar alguna equivocación que, en cualquier caso, es sólo cosa del directo, y, amenizándonos el insufrible minuto y medio de cada mañana, se ganan un jornal libre de impuestos con un divertido corte de mangas.
 
A pesar de la indumentaria, acometen su ocupación tan en serio como el medio de vida que no deja de ser para ellos. Ensayan unas seis horas diarias sin incluir el tiempo de representación. Con el arte y la sonrisa de quien es capaz de reírlo todo, han convertido el asfalto en una pista de circo y al asiento del conductor en una grada improvisada. Se necesita saber relativizar muy bien los golpes del destino para entender con ese genio que cualquier final es un principio.
 
Hoy me he detenido en el semáforo una vez más, pero reflexionando por vez primera. Pensaba si yo sería capaz de hacer eso. No me refiero a lanzar ocho pelotas al aire sin perderlas de vista, sino a buscarme la vida con tanta disposición. Y creo que, afortunadamente, las circunstancias han sido muy generosas conmigo. Al finalizar la función, los conductores se han arrancado en aplausos interrumpiendo mis pensamientos y más de una ventanilla se ha inclinado ante el artista. Con un amago de saludo, ha concluido muy graciosamente y se ha retirado a preparar, entre semáforos, su siguiente actuación.
 
Hay quien sabe interpretar un semáforo en rojo y darle la vuelta. Hay quien sabe sacar provecho de los tiempos muertos. Hay quien, además, lo hace con gracia. Los coches todavía se detienen únicamente porque el semáforo los obliga, pero, a veces, algunos aceleramos viendo el disco a lo lejos para no perdernos el comienzo del espectáculo.

4 comentarios:

  1. Es como un poema de Larra de hace siglo y medio.

    ResponderEliminar
  2. Hola. -soy Marisa alumna de tu hermana Mónica. Me ha impresionado la sensibilidad que demuestras por la situación actual.
    Sigue así

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Marisa. Gracias por gastar tu tiempo en este rincón. Me alegro de que lo disfrutéis. Así, yo también lo hago.
      Te espero por aquí. Salu2.

      Eliminar

Artículos más leídos