miércoles, 8 de mayo de 2013

Nuestra última esperanza

Los efectos colaterales de la crisis siguen inspirando titulares como los brotes intelectuales de los ministros conforman viñetas a diario, sin aderezos. La última muestra del precario estado de nuestras cuentas es el hecho de que se ha doblado el número de renuncias a las herencias por miedo a las deudas que puedan traer consigo o a los cargos fiscales que representa aceptar hoy en día un beneficio cualquiera. Si Rajoy estuviera un poco mejor asesorado, hubiera podido hacer uso de este derecho, haber repudiado el legado de Zapatero y no hubiera tenido que "serse" tan infiel a sí mismo provocando el esperpéntico espectáculo que ha tenido lugar en los últimos días. Pero, con la comparsa de la que le ha tocado formar parte en este desfile estelar por la pequeña pantalla, asumió dándose una importancia que no ha sabido defender y, al final, no le va a quedar más remedio que codificarse y llegar al cuarto año de legislatura tapándose las vergüenzas tras un receptor cifrado.

Mariano se concede faltar a su propia palabra por circunstancias, pero no se puede permitir que los que van detrás de él en la conga hacia el Congreso le pisen la cola de la levita, que es lo que ha osado hacer su última Esperanza, aunque tarde se haya disculpado y en un gesto de falso arrepentimiento se haya colocado en posición de postre. El pobre Mariano, que empezó tan bien su andadura hacia la carrera circense televisada, está quedando como un insulso trozo de carne con gafas sin gracia ni salero, perfecto para encajar el lanzamiento de tartas que le alcanzan desde todos los frentes, pero no para ser la estrella que esperaba haber sido con el testamento de ZP como cartel publicitario. En la cumbre del alboroto de la función, la Aguirre, que después de dimitir ya no tiene nada que perder, aprovecha la ausencia de la oposición para el último pase, hace de su tarta un sayo y ella se la guisa y ella se la come mandando al resto de lanzadores a freír espárragos y quedándose tan ancha que la pista se le queda estrecha.

La alfombra de micrófonos que cubre la grada le hace la ola celebrando su regreso y relegando el espectáculo de la Cospedal, Montoro, De Guindos e incluso el monólogo de Fernández Díaz al espacio de teloneros de relleno. Esperanza siempre ha tenido un cierto aire de estrella y de protagonista y, por eso, no ha podido evitar, aunque querer quiso, regresar siempre a los escenarios como las más grandes. Así acudió al entierro de la Thatcher, en el que esperaba recibir el ramo, o a los últimos festejos de la Comunidad, en los que se personó directamente vestida de novia, y así le espeta a Mariano en plena cara que se ponga a hacer el pino porque le está saliendo todo al revés. Incuestionablemente, Esperanza es un soplo de aires frescos de grandeza para el entristecido populacho, cuyo nivel de exigencia se estaba perdiendo por los estratos del subsuelo. Pero qué poquito nos va a durar el entretenimiento...

A pesar del éxito cosechado, presumo con gran pesar que la payasada le va a costar a la Aguirre el puesto al que renunció con derecho a no marcharse del todo por no medir bien las fuerzas y cargarse, con el último tartazo, la paciencia de Rajoy. Mariano, se va a deshacer de su mejor intérprete tan pronto como termine con los restos de pringue que le han dejado la barba como un erizo de merengue y, si no, atentos al próximo cartel.

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