lunes, 6 de mayo de 2013

Qué te llevarías a una isla desierta

No son buenos tiempos para la lírica, pero parece que son excelentes para filosofar. En el colmo del pensamiento profundo, esta mañana me despierta la pregunta más atemporal de todos los tiempos: ¿Qué te llevarías a una isla desierta? Pues, hombre, depende de para cuánto rato. Lo debatimos un momento y, reduciendo la maleta a lo indispensable, vamos a necesitar una buena empresa de mudanzas.

De entrada, unas libretas de quinientas hojas, pluma y tinta sin discreción. Un libro de poesía, los Artículos de Larra, las epístolas del eternamente joven Werther y las últimas novedades noveladas. Las gafas. Un bikini para diario y otro de quita y pon. El chándal, las deportivas y el saco de dormir. Un camión de queso curado y otro de chocolate para compensar. A mi hermana, para que haga la doble función de hermana y amiga. A mi hermano, para que discutan entre ellos. A mi madre, para celebrar el primer domigo de mayo. A ti, para celebrar San Valentín.

Seríamos felices, más que ahora, devorados sólo por los mosquitos, viendo al mar ir y venir. Tú leyendo por los dos; yo escribiendo para ti. Sin hipoteca, sin televisión, sin teléfono, sin patria y sin trabajo. Siempre de vacaciones. Siempre viviendo. Siempre soñando. Siempre nuestros. Sólo con lo puesto más arriba.

Si tuviéramos que escapar a una isla desierta, siempre nos llevaríamos algo de todo lo que ya tenemos en esta península desierta, pero nunca pensamos que nos llevaríamos lo que creemos que nos falta para ser felices del todo.

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