lunes, 13 de mayo de 2013

Todos a la calle

Ayer, los distintos núcleos de protesta que han ido brotando a lo largo de estos años se unieron en un único epicentro aunando fuerzas. Un solo foco con representación de todos los afectados, que somos todos, alumbraba la calle de principio a fin. Ayer, el 15-M empezó a convertirse en una cierta esperanza de camino hacia el cambio. Por primera vez, parece posible que el pueblo se organice y crezca desplazándose como un ejército en la misma dirección, reclamando todos lo mismo e instando a los abúlicos, que haberlos haylos, a que se unan a la marea popular.

A pesar del alcance que está tomando este movimiento, no podíamos esperar una respuesta inmediata del sistema, de hecho, Mariano está encantado. El Presidente del Gobierno, que habita los mundos de Yupi, sólo pudo decir al respecto, continuando con su inconsciente discurso optimista, que le parece muy bien que la gente salga a la calle porque eso es síntoma de la buena salud de nuestra democracia. Tócate la peineta.

Mariano se ha convertido en la excepción a todo, en el soldado que desfila con el paso cambiado pensando que es el único que marcha bien, en el muñeco de Barrio Sésamo que calza los cuernos al revés. Camina por las calles de España con todo el país de frente y piensa que los kamikaces somos los demás. En un exceso de falsa autoconfianza, cree que ha nacido con la cintura suficiente para capear lo que va viniendo. Mariano respira hondo los aires de la Moncloa sin darse cuenta de que lo que consigue en cada comparecencia es que crezca el número de los que vivimos con la esperanza de ver llegar el día en que se dé cuenta de que esa luz que cree ver al final del túnel es en realidad un enorme tren de mercancías que se le viene encima con todo el cargamento que ha ido soportando este país durante tantísimo tiempo.

Aún no se puede hablar de revolución. De momento, es un grito grito social que abocará a nuestro Gobierno a representar una nueva comedia antes que a buscar soluciones de la misma manera en que exigen a los desempleados que busquen trabajo, de forma activa. Pero todo empieza a andarse. Con el pueblo en la calle poniéndose nombre, organizándose y generando autonomía frente al poder, no le va a quedar más remedio que pactar con su mano izquierda y con el entusiasmo monárquico para ir ganando adeptos, desactivar una de las oposiciones y seguir cobrando tiempo. La cuestión es: ¿cuánto tiempo?

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