martes, 18 de junio de 2013

Derechos tenemos todos

La cultura no da de comer. Aquí estaría yo, escribiendo este blog, y ustedes leyéndolo si nos lo pudiéramos tragar. Por eso y porque la crisis a algunos les viene que ni al pelo, la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) apunta unas pérdidas de casi dos millones de euros en el año 2012, y esto sí que no hay quien se lo trague. Que una sociedad que se dedica a cobrar por algo tan intangible como es un derecho de autoría anuncie que tiene unas pérdidas millonarias, para mí, requiere explicación. Porque esto es como si yo me pongo a cobrar por que me sobrevuelen el espacio aéreo que me queda por encima de la cabeza y registro pérdidas. ¿Pérdidas de qué si la inversión es cero? Que no es lo mismo perder que dejar de ingresar. Lo cierto es que, en el mismo orden de hacer desaparecer los beneficios, los socios de esta entidad se han repartido 384 millones de euros en un momentico y ya es fácil que se les haya ido la mano y por allí venga el desaguisado. Pero no tomen muy buena nota, que yo también soy de letras.

Es posible que en mi ejercicio de relativización y respiración profunda, esté llevando demasiadas cosas al pozo del absurdo, que lo tengo que me voy a tener que poner a dragarlo cualquier tarde, pero ¿no les parece irracional también a ustedes que, estando en la situación en la que estamos, los menos desfavorecidos traten de sumarse a la desdicha como si esto fuera una competición de plañideras? Lo que es una realidad y una tragedia es que, desde que comenzó la desaceleración de Zapatero, han tenido que cerrar más de 180.000 empresas en España cenándose sus pérdidas. Pérdidas reales. Económicas y personales. Y que no han tenido el privilegio ni la publicidad de una portada en martes de lluvia. Otra realidad y una vergüenza es que, al amparo del mal tiempo, entidades que deberían estar colaborando en la superación de esta desgracia, se suban al carro del dolor sorbiéndose los mocos con pajita. Se aprovechen de las medidas que un Gobierno, zurcido a la medida de los grandes, finge poner en marcha para facilitar a la pequeña empresa el trámite de la contratación de personal. Pongan en la calle a miles de trabajadores para renovar la plantilla a precios de todo a cien. Provoquen que los ciudadanos no puedan permitirse seguir comprando en la tienda de la esquina, que tiene que cerrar; llamar al fontanero, que deja de cotizar; llevar el coche al taller, que deja de facturar; llevar el coche sin más o comerse un plato de garbanzos. Y consigan, entre todos, que España se convierta en una rueda de ratón en la que podemos seguir dando vueltas eternamente.

Cuando ya no me quedan sapos en el estómago, pienso si esta respuesta tan descarada y generalizada no tendrá mucho que ver con nuestro propio carácter. Los españoles tenemos la necesidad de aparentar estar siempre peor que el que está enfrente. Si a un extranjero se le pregunta qué tal está, siempre contesta, muy educadamente, que está bien, gracias. Sin embargo, un español te cuenta la pena de Murcia. Y, no sé si por servir de consuelo o por no ser menos, el primero que pregunta responderá con una descripción detallada y exagerada de todos sus males, que siempre serán más que los del murciano. Una vez tuve un jefe, en un equipo íntegramente compuesto por féminas, al que llegaron a dolerle los ovarios más que a nosotras. Y, es posible, que ése sea el auténtico origen de esta catarata sin freno de desgracias. Que, si uno llora, el resto se contagia y todos a mamar hasta que la vaca no da más leche.

Los titulares de prensa de esta mañana se imprimieron, sin lugar a dudas, en la calle que discurre frente a la sede de la SGAE. Saldría Antón a tomarse el café de media mañana cuando se ha cruzado con la prima de su mujer en el mismo momento en que pasaba por allí Pedro J. Ramírez con la libreta y el boli a la caza de la noticia de hoy:

- Hombre, Mari, ¿cómo estás?
- Pues, hijo, Antón, fatal. Hace un año, perdí el trabajo; poco después, mi marido cerró el taller y se marchó llevándose a mis hijos; gasté lo poco que tenía ahorrado en comprarme unas preferentes; me quitaron la casa por no pagar el IBI y ahora precisamente iba a ver si me dan algo de comer en Cáritas antes de que llegue Rouco y nos deje sin primer plato.
- No te quejes, Mari, que lo tuyo no es nada. Yo vengo de perder dos millones de euros en derechos de autor y aquí me tienes, como un tío.

1 comentario:

  1. Para mí la SGAE siempre fué un intrumento de la clase política para comprarse altavoces de "autores respetados" que respalden sus políticas. Un soborno a los medios de comunicación y el "mundo de la cultura", hablando en plata.

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