miércoles, 12 de junio de 2013

El pan nuestro de cada día

A veces, me acuerdo de Paquita, la panadera de mi infancia, que a sus inconfesables cincuentaytantos acudía a las siete en punto de la mañana a hornear el aroma de toda la calle por cinco mil pesetas diarias. Se colocaba su delantal, abría su libreta por la siguiente página en blanco y sostenía su jornada laboral sobre un mostrador que aún lo recuerda todo. Paquita hubiera podido escribir un libro. Conocía el nombre y los parentescos que tejían el mapa del barrio. Lo que se cocía en cada casa y lo que se comía en cada mesa. Su libreta de anillas sólo recogía las cifras del "ya me lo pagarás mañana" por si acaso esas cosas de la edad, como el alzheimer, le sobreviniesen a Paquita un lunes de resaca. Todo lo demás, lo archivaba en la memoria.

Hoy Paquita se ha convertido en un anuncio de televisión con un 902 ocultando la letra pequeña. Las necesidades actuales ya no se cubren en el local del barrio. Para personas maniáticas como yo, a las que no les gusta dialogar con máquinas, se inventaron los puntos de servicio, que pretenden ser lo que fuera el horno de Paquita sin Paquita. La señorita que me atiende me pide que me identifique y fotocopia hasta mi carné de la biblioteca, toda documentación es poca, pero no me llama por mi nombre ni una sola vez en todo el trámite. Realiza seis consultas distintas para venderme un producto que debería conocer y que le resulta tan extraño como yo. Se hace un lío con el teclado del horno y me dice que ya está, pero me marcho con las manos vacías (craso error). Quince días después, me veo obligada a llamar al ínclito 902. Al otro lado del teléfono, desde lo que parece y seguramente también es el otro lado del Atlántico, una voz morena me comunica que la solicitud no se ha llevado a cabo, mientras Barack Obama escucha toda la conversación desde la Casa Blanca por mi seguridad, y se lo agradezco, porque empiezo a notar que se me hincha la vena dramática. Tras una conversación de cinco euros y de besugos, todo lo que puedo hacer yo, que para eso le pagan a la telefonista, es interponer una reclamación en el establecimiento en el que contraté el servicio.

En la segunda llamada o dime tu nombre y te haré reina en un jardín de rosas, la operadora me confirma que parece que la contratación está hecha pero no como debiera. Dame pan y dime tonto. Donde todo era gratis, nada lo es. Que sí, que no, que caiga un chaparrón sobre el punto de servicio personalizado. Ella no puede hacer nada y he de entender que, si alguien puede, soy yo o que no hay nada que hacer. Obama se debe de estar partiendo la caja mientras yo busco los estribos. Déjalo, hija, no te canses, que me vais a oir y además me vais a ver.

De vuelta en el punto de servicio, la cuestión es qué hace una chica como tú en un sitio como éste. Mi firma de hace quince días se ha extraviado durante la limpieza del local. Donde dije digo, digo Diego, y me toca la moral rozando lo inmoral. Como ya tiene una bastante con lo que tiene, es imposible tener lo que no se tiene. Pierdo un poco más de mi tiempo y la paciencia en lo que se ha convertido en una cuestión de honor y, una vez metida en harina, redacto una reclamación, pero me fío tan poquito de esta Paquita de saldo que me cuelgo del móvil una vez más.

Tercera llamada. Esta vez, conduce un hombre (¡ahora, ahora!) y me aconseja que visite el área ciente en  la página web de la compañía.

- Discúlpeme, en el área cliente, no aparecen mis datos.
(Una ópera de Carmen después)
- Efectivamente, ahora veo que no le aparecen los datos.
- Ya se lo decía yo.
- Pero deberían aparecer, ¿por qué no aparecen?
- ¿Me lo pregunta a mí?
- Sí, claro, disculpe la demora.
- ¿Puedo o no puedo consultar los datos?
- No se retire, por favor.
Me deja nuevamente disfrutando de los cuatro actos de Bizet de principio a fin.
-¿Sigue usted allí?
- Sí.
- Le confirmo que hay un problema con el sistema y no puede usted acceder a sus datos.
- Ya. ¿Y cuándo voy a poder acceder a mis datos?
- No se retire, por favor.
- ...
- Discúlpeme, doñita, entonces, ¿le incluyo los datos o le doy de alta el servicio?, que me está usted volviendo loco.
- ¡Por Dios, páseme con Paquita!
- ¿Paquita? ¿quién es Paquita? Aclárese, señora.
- ¡Señora, tu madre!
- No se retire, por favor, enseguidita le comunico con ella.

A estas alturas, Paquita hubiera vendido hasta el horno, pero las facilidades de la era moderna y cuatro empleados más el mismísimo presidente de EEUU controlando todas las llamadas telefónicas por mi seguridad personal se me ríen en la cara. Ay, Paquita de mi otra vida, qué tiempos aquellos en que sólo de pan vivía el hombre.

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