sábado, 29 de junio de 2013

Lady Bárcenas desaparece sin dejar ni rastro de Channel nº5

Rosalía Iglesias, hasta el jueves, esposa de su casa y, de profesión, mujer de Bárcenas, se encuentra en parador nacional desconocido desde que el antedicho diera con sus huesos y sus carnes en el trullo sin que a la señora se le pueda considerar capaz de entenderlo. La última imagen que se conserva de ella fue tomada a la salida de la Audiencia el mismo jueves y era digna de un 6,5. Melena leonina, gafas oscuras de bucear, capazo de Loewe y trapito como de andar en medio de sus labores cuando la llamaron para declarar; salía, incriminadísima ella, con el justo disgusto que procura acabar de saber que tu marido, sinónimo de "cómete la mierda" en los últimos tiempos, camina, desposado, de cabeza a la trena.
 
Aunque el aspecto que proyectaba la buena señora, a todas luces y focos, estaba perfectamente estudiado para acudir de incógnito a recoger un Globo de Oro en el hotel Beverly Hilton de California; en la calle Prim, no pudo evitar los incómodos flashes que siempre le secan a una esas lágrimas de Moët Chandon que tan bien combinan con la bisutería y las circunstancias. Así las cosas, hubo un momento en que se vio obligada a bajar la cabeza por no dar con el morrazo en las escaleras o por esconder la jeta parda tras una cortina de pelo al viento tratando de no parecer quien era. Yo creo que, para pasar desapercibida, una aparca el chófer en casa, se tapa las vergüenzas con un trapito del tío Amancio, se coge una coleta con una goma del Primark, que vienen en paquetes de ciento cincuenta unidades, acude gastando suela de plástico por un lateral de la entrada y pasa sin gloria pero sin foto. Pero también es cierto que hay que verse en una de éstas, y ésta, de esto, ni papa.
 
Tras semejante fracaso de encubrimiento, Lady Bárcenas ha decidido desaparecer del mapa sin pasar por casa con la tranquilidad que da saber que los españoles seguiremos manteniendo a su príncipe gris con nuestros impuestos en la pensión completa de Soto del Real. A mí, aquí sentada con mis leggins de andar por casa y mi copa de vino con gaseosa, me cuesta una úlcera de estómago imaginarme el polvo acampando en el armario abandonado de esta mujer, que no le aporta la posibilidad de ataviarse para el anonimato ni el día del juicio final. Si bien consuela poder admitir que los trapitos sucios de esta doña a una servidora le quedarían grandes, no digamos los del rey de la peineta.
 
Pues eso, que con el miedo de que se nos escapara Luis, la que se pira es ella, compuesta y sin ropa. Gracias a Dios y a la crisis que el lunes nos pillan las rebajas con toda la tela sin vender. Yo, si fuera un paparazzi en edad de hacer méritos, a esta mujer, la buscaría en algún rincón del imperio Inditex aprendiendo a acudir sin ser vista. Que es bien sabido que las mujeres, los disgustos, nos los sorbemos deslizando la visa.

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