domingo, 16 de junio de 2013

Los extranjeros somos nosotros

Llegamos a la costa española el viernes y los extranjeros nos recibieron con miradas de extrañeza, como si hubiéramos irrumpido en su casa sin llamar. En un primer momento, creímos que, en cierta medida, estábamos obligados a no devolverles el desaire, por lo fundamentales que resultan, hoy más que nunca, esas carnes rosadas sobre la arena para el sostenimiento del país. La recepcionista es la única que parece alegrarse de vernos cuando nos susurra que ella también es de aquí y, casi por debajo del mostrador, nos brinda la mejor habitación del hotel. Tal vez, a modo de consuelo. El único que sabe que tendremos. Lo más español que vemos nada más llegar son las camisetas con las que se visten los niños guiris en cuanto se bajan del avión. España es un baño de sol y fútbol. Y, para algunos, este año, un vestuario de miseria y corrupción. Por las caras de acelga con que nos niegan el saludo y en vista de que nos permitimos subir en el mismo ascensor, creo que nos han metido en el último saco. No entienden lo que hacemos allí que no nos estamos muriendo de hambre.
 
Decidimos ser discretos y, en llegando a la playa, discretamente, entre el agua y lo mojado, extendemos nuestra toalla sin hacer ruido y nos tumbamos en nuestra trinchera a ver sin que se nos vea. A los diez minutos, llega una familia descolorida con ánimo de acampar. En la medida de sus egos y con la seguridad de quien se siente amo y señor de esas playas, empiezan a caer la sillas, las toallas, la hamaca, las colchonetas, la tienda de campaña (me piden que me aparte con una patada en los riñones), la nevera, la sombrilla, la abuela, la litrona vacía, la litrona llena, el balón, los cubos, las palas y el avión de Ryanair. Intento concentrarme en la lectura ajena a la colonización salvaje cuando, de pronto, se levanta un aire de mil demonios y me veo arrollada por un trasatlántico de goma. El dueño de la embarcación se acerca hacia mí tan rápido como cincuenta años a dieta de hamburguesas le permiten, me quita el hinchable de encima y vuelve sobre sus propios pasos sin dejarme ni una disculpa junto al periódico desparramado. Con la misma volada de aire, se me hubiera podido clavar el palo de su sombrilla en el esternón y de igual manera me la hubiera arrancado y me hubiera dejado allí tirada como una necrológica más. Llega un momento (a los quince minutos de tumbarnos) en que empezamos a sentirnos fuera de lugar. Y yo me pregunto si esta gente no tendrá playas en Gibraltar para todos los que son desde las que arrojar sus miradas asesinas contra el peñón.
 
Nos miran como si debiéramos un billón de euros. Nos miran como si fuésemos el tercer mundo del continente al que estamos atados por los Pirineos, por el euro y por la correa de la Merkel. Nos miran como si cada uno tuviéramos cuarenta y siete millones de euros en Suiza y les estuviésemos vendiendo la moto de la pena. Nos miran como si todos lleváramos un yerno bajo el brazo que comprara palacetes a su antojo. Nos miran como si, en lugar de geranios, nos crecieran las sucursales bancarias en la terraza. Y más y peor nos miran cuando nos oyen hablar y no nos entienden. Nosotros, como respuesta, les tendemos una alfombra de McDonald´s por todo el paseo marítimo, sustituimos las cadenas de establecimientos propias por las suyas, eliminamos la dieta mediterránea del menú y nos apartamos para dejarlos pasar. Trabajamos para ellos con contratos temporales fuera de casa sintiéndonos fuera del país. Comemos la misma basura que cocinamos para ellos porque queremos que se sientan en su sitio. Y permitimos que nos arrinconen en el nuestro por lo que sea que traigan de fuera. Éste es el precio al que queremos el turismo en España.
 
Y, hablando de pasta, mientras en las playas españolas ya nadie habla en cristiano, el cardenal Rouco Varela se permite amenazar con reducir los fondos dedicados a Cáritas si se obliga a la Iglesia a pagar el IBI. Bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos, hasta que lleguen los guiris con la sombrilla.

1 comentario:

  1. Es que la burbuja del turismo, aunque no queramos reconocerla y nos aferremos a ella como el náufrago al flotador, va a ser igual o peor que la inmobiliaria, de la que se ha nutrido a base de bien. Y cuando haya que comer ladrillos de casas deshabitadas, de postre tendremos ladrillo de hotel. El turismo ha arrasado y me temo que seguirá arrasando durante mucho tiempo, pues es otra de las grandes huidas por delante que ahora está en pleno auge, y que al final es, como todo, a beneficio de los mismos de siempre, de los mismos que se han llevado el botín de la construcción, de los mismos que se lo siguen llevando de la industria de la automoción, la aeronáutica y la naval, y por ende, del petróleo. De los mismos que ahora dicen que somos demasiados, que sobran viejos, que cuestan y no cotizan. El turismo está disfrazado de modernidad, nivel de vida y cultura, cuando es una plaga arrasadora e insostenible. Porque lo confundimos con viajar, porque queremos trasladar en la maleta y en la mente la misma infinidad de chorradas que nos rodean en la vida cotidiana, porque dejamos la convivencia en el mismo sitio en el que la tenemos en los días laborables, o sea, en el trastero o en el fondo del maletero. Porque lo único que interesa es ir muy lejos para volver y decirle al vecino dónde hemos estado y que calcule lo que nos hemos gastado, aunque no tengamos ni idea de lo que hemos visto, si es que lo hemos visto. Porque no somos capaces de intentar imaginarnos qué sería del mundo si sus siete mil millones de habitantes se movieran de un sitio a otro como lo hacen hoy día los que son carne agencia de viajes del “primer mundo”, de esos países tan “avanzados” y “civilizados”.

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