viernes, 14 de junio de 2013

Servilismo

Ahora que el asfalto empieza a freirnos la planta de los pies, parece un buen momento para sentarse a planificar las vacaciones. Hasta que se es dos para decidir. Uno pretende ir a la playa, otro a la montaña; uno quiere salir al extranjero, otro prefiere dejarse las divisas en el país; uno elije ponerse moreno, el otro seguro que no. Da igual. Allí está la compañía aérea para que sea el billete el que lo condicione todo. Esto es como cuando una se casa y es el restaurante el que pone la fecha, o como cuando se vota y el Gobierno empieza a decidir al margen de sus votantes. A mí, que las cosas que deberían estar a mi servicio me roben la capacidad de decisión me solivianta un poco. Me siento, en cierta medida, como debía de sentirse la pobre Mary Shelley, que creó un monstruo para acabar devorada por él. O el pobre Arthur Conan Doyle, al que pocos lo conocen más allá de los muros de su propia casa, mientras Sherlock se cuela en la de todos. O Alan Alexander Milne, autor de Winnie the Pooh, para el que tuvo que ser triste que lo más relevante que hiciera en su vida fuera dibujar la historia de un oso con un tarro de miel y éste lo condenara al olvido. Pero así es. Es el personaje eclipsando a su creador. Y eso es lo que ha sucedido con Mariano Rajoy. Que la criatura se nos ha ido de las manos.

Mariano Rajoy es el Winnie the Pooh dibujado por el pueblo español. Mientras él va por libre, a su bola comiendo miel de un bote, nosotros ya no pintamos nada. Podemos vivir o morir, seguir dibujando o bajar los brazos, intentar borrarlo del papel o cerrar el libro definitivamente. Mariano ya no nos pertenece. Se ha salido de la página, ha pisoteado el argumento y se ha reído de la historia ocupándose únicamente de chupar del bote. Nosotros ya no importamos. Mariano ha cobrado vida. Los padecimientos de este pueblo, a su Gobierno, le son indiferentes mientras el frasco esté lleno. Y éste es el único hilo que todavía lo vincula a su inventor. Aunque no quiera, aunque no lo parezca,  aunque parezca no saberlo, lo necesita para que le siga suministrando su pringue.

Por eso, algunos días, tan entrañable en su simpleza como el oso amarillo de Milne, Mariano nos compensa de nuestro anonimato susurrando lindezas que él entiende a su conveniencia y nosotros necesitamos creer a la nuestra: Si tú vives para llegar a los cien años, yo quiero vivir para llegar a los cien menos un día para no tener que vivir sin ti. (En el original, o si Mariano hablara el lenguaje de Winnie: "If you live to be a hundred, I want to live to be a hundred minus one day so I never have to live without you"). Encantador, pero no somos nada. Hemos sido anulados por nuestro propio personaje. Somos esclavos de su protagonismo. Es él quien maneja los hilos. Vive de nosotros sin tenernos en cuenta. Vivimos a su sombra sin ser nadie. Siervos de nuestro sirviente. Víctimas de una criatura con aires de peluche.

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