viernes, 7 de junio de 2013

Un trabajo tan seguro como inseguro

Yo no soy muy de partir piernas, pero cuando me tengo que sentar a escribir estas letras porque lo que veo a través de la ventana me estrella los ojos contra el cristal, algo hay que hacer y, a mí, el punto bobo no me relaja. La calle es ancha, pero sólo veo la escalera que tengo enfrente. Un chaval de unos treinta años sujeta con unas bridas los cables eléctricos del trenzado a la fachada subido hasta una altura que, así, a palmos, le calculo de unos cuatro metros. Sin arnés, sin anclajes, sin manos y sin conocimiento. En primer término, lo que se me antoja es salir allí afuera y bajarlo a gorrazos del último peldaño de madera. En segunda instancia, pienso en salir a pedirle el teléfono de la madre que lo parió, llamarla y contarle lo que hace su hijo en horas de ganarse la vida. Finalmente, lo veo bajar, se agarra a la escalera (ahora sí) con las dos manos para llevársela, y aquí no ha pasao nada.
 
Para lo que podía haber pasado, lo que pasa ante nuestros ojos es una imagen cada día más repetida porque hay empresarios a los que todo les viene de cara, incluida la última reforma laboral, y gente que todavía trabaja con muy poco talento o con mucha necesidad. No son tiempos para meterle a un jefe la escalera desplegable por el radiador corporal cuando te manda a la calle, sin flotador, a currarte el plato por el que muchos matarían. Así que, si hay que matarse, se mata uno y agradecido de haber tenido la oportunidad de jugarse la vida. Tener un trabajo hoy en día es más importante que la propia existencia. Hace un momento, me acordaba de la madre del pobre diablo que se marcha con su escalera bajo el brazo, pero, sobre todo, de la del que lo espera sentado en el sillón de su despacho despreocupado de su trabajador hasta límites insospechados.
 
Hace siete meses tuve que acudir, como representante de mi empresa, ante la inspección de trabajo de Pamplona. Uno de los trabajadores de la compañía sufrió un accidente laboral, que paso a relatar fielmente. Basilio trabajaba como chófer de una hormigonera. Contaba, para realizar su cometido, con el equipo de seguridad que se requiere: chaleco reflectante, casco para entrar en las obras, botas reforzadas y guantes. Lo llevaba todo puesto cuando bajó del camión para informarse de dónde tenía que descargar. De camino al puesto del encargado, pisó unas tablas que cubrían el suelo y cayó cuatro metros por debajo de sus pies hasta el suelo del sótano de la construcción: cuatro metros de caída libre para aterrizar sobre su propia espalda. Nadie lo vio. Basilio se rompió la columna vertebral, el brazo derecho y seis costillas en el acto. No podía gritar porque le faltaba el aire (me contaba después). Lo que le faltaba era el espacio necesario en los pulmones encharcados en sangre. Consiguió sacar el móvil del bolsillo y llamar al encargado, pero éste no entendió lo que le decía. Cuando empezaron a echar de menos el hormigón que ya tendría que haber llegado y del móvil de Basilio no llegaba la voz, salieron a la entrada de la obra a buscarlo y encontraron el camión vacío. Cuarenta minutos después, vieron a Basilio en el fondo del garaje.
 
A Basilio le salvaron la vida sus compañeros por tres milímetros. El encargado de la empresa que tenía la concesión de la obra y que nos había subcontratado el transporte del hormigón, cuando lo vio allí abajo, dio orden de sacarlo del sótano y dejarlo tirado al lado del camión para sacarse el muerto de encima. Cuando intentaron moverlo, los demás chóferes se amotinaron encima del cuerpo de Basilio, llamaron a la Guardia Civil, a la Policía Foral y a la ambulancia y se enfrentaron a quienes les daban de comer a ese coste. Cuando Basilio llegó al hospital, los médicos certificaron que la columna vertebral estaba partida por tres sitios y que, si lo hubieran tocado en algún momento, le hubieran seccionado la médula con toda seguridad.
 
Basilio tiene 27 años, una invalidez permanente y cree que, además, tuvo mucha suerte. Tuvo la suerte (mala) de que el hueco estuviera tapado por unas tablas sin señalizar. Tuvo la suerte (mala) de pisar justamente encima. Tuvo la suerte (mala) de caer de espaldas desde una altura de más de cuatro metros. Pero tuvo la buena suerte de contar con unos compañeros que se tumbaron en su lugar. Para el resto, esto que os cuento es lo que importamos cuando salimos de casa. Ése es el precio de nuestras vidas cuando llegamos a nuestro puesto de trabajo. Ésa es nuestra valía. Así nos la pagan y así se la cobran. Doy fe.

1 comentario:

  1. Me has emocionado. Recuerdo de chaval correr riesgos parecidos a ciegas cuando trabajaba en negro por cuatro perras en las obras. Lo triste del asunto es que hoy día rompes en tu trabajo y te echan de él como un juguete usado buscando eludir como sea cualquier responsabilidad posible. Y aún peor, te juegas la vida y aún habrá jefes y encargados que te dirá que des gracias por tener trabajo.

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