domingo, 14 de julio de 2013

Nacida el 14 de julio


Yo nací un día como hoy. Un catorce de julio de cuarenta y tantos grados. Tal vez por eso me hierve la sangre. Mientras los franceses tomaban la Bastilla, yo tomaba la sala de partos con el mismo ímpetu, Suárez tomaba el Gobierno y el pueblo español luchaba por retomar su soberanía. España se afanaba en salir de una dictadura que la había tenido doblegada durante cuarenta años. Ese día, cargaba un déficit de 5.173 millones de pesetas con los países del Este (quién lo pillara). Las Fuerzas Sindicales denunciaban una situación económica grave, en progresivo deterioro, y cuyos efectos principales recaían sobre las espaldas de los trabajadores con el aumento del paro, la inflación creciente, el empeoramiento de las condiciones de trabajo y vida, la ausencia de mecanismos adecuados de subsidio... Para echarse a llorar. Así que eso hice. Y ya no paré hasta los nueve años.

Sin embargo, hay cierto consenso en que solía ser una niña agradable que no recuerdo. Nada que ver con la cascarrabias en que me he convertido revolución tras revolución. A los tres años, dicen, fui consciente de que, si el planeta giraba alrededor del sol y sobre su propio eje, todos dábamos vueltas sin llegar a ningún sitio y sin saber dónde nos encontrábamos exactamente (así, se me cayó el chupete). A los diecisiete, suspendí Filosofía contra todo pronóstico. A los dieciocho, cumplí la mayoría de edad y decidí irme del bolo y, a los veintiocho, de casa.

Hace doce años que besé al que no pretendía ser el hombre de mi vida, hace nueve fingió que me pedía matrimonio, hace cinco minutos me felicitaba como si el hecho de haber nacido fuera algo que me tiene que reconocer en cada aniversario. Mi madre, la pobre, también me felicita aunque ella fue la única, de las dos, que trabajó aquel día. Yo sólo aparecí de repente cubierta de mocos y no he vuelto a hacerlo más. Tampoco creo que nadie me hubiera vuelto a felicitar por algo así. Con treinta años supe que la vida es sólo un conjunto de números con el que operar y no el cuento en el que quería creer. Una suma de elementos y una resta de tiempo; una secuencia de promesas que no tendremos ocasión de cumplir. Y éste es el año en el que quien no me conoce ha empezado a llamarme señora. Se acabó.

Hoy empiezo a mirar hacia atrás en lugar de hacia adelante, algo que no tendría tanto de malo si no fuera porque, hace cinco julios, decidí olvidarlo todo y lo conseguí. Guardo alguna imagen fija y pocas sensaciones. Sé que el día en que cumplí seis años, quería cumplir veinte. Ahora querría volver a cumplir treinta, aunque creo que aquel año tampoco fue tan bueno. Mi padre dice que soy joven, pero me doy cuenta de que lleva toda la vida diciéndome lo mismo. Mi madre llora y así lo dice todo. Quizá porque, con el paso del tiempo, ella ha conservado la memoria mejor que yo y de eso le sirve. Son las mejores personas que he conocido.

A estas alturas, debería saber algo acerca de cumplir años y, sin embargo, me sigue pillando desprevenida cada catorce de julio. Como nunca he tenido que soplar velas porque no he tenido velas que soplar, siempre me ha parecido que el día de mi cumpleaños no iba conmigo. Por otra parte, conforme el tiempo pasa, esto se va poniendo más triste que el canto de Alex Ubago. Lo de cumplir años debió haber estado bien cuando tenía pocos, pero empieza a hacerse tarde. Hay quien considera que éste es un buen momento para hacer balance de los logros conseguidos. Pero también hay quien considera que el ajedrez es un deporte. Digamos, pues, que cumplir años es algo anecdótico y que, este año, me planto.

Desde que nací, han pasado algunos días, los mejores y los peores de mi vida; todos. Hoy, sólo tengo éste y, mañana, ya no. Allí afuera, todo permanece. Las Fuerzas Sindicales han ido perdiendo algo de fuelle en pro de otros beneficios exclusivamente suyos. Por lo demás, nada ha cambiado. Los franceses toman la Bastilla una vez más; el Gobierno español sigue en juego; la situación económica es grave de necesidad; el paro aumenta progresivamente; España  continúa endeudada de la punta de Tarifa al Pirineo y yo y mi madre todavía lloramos en esta sala de partos. Qué verdad es que el tempus fugit y nada más.

3 comentarios:

  1. Felicidades María. Más que por el cumpleaños (que no deja de ser un cumplido más y uno más cumplido), por expresarlo tan bien y tan bonito.
    Te saco exactamente cinco lustros y cinco días. Pero es sólo desde hace más o menos cuatro lustros que me vengo preguntando cómo es posible no ser un cascarrabias en el momento en que miras alrededor con los ojos abiertos.
    Yo tampoco me acuerdo nunca de mi cumpleaños, y cuando me felicitan me sigue sonando raro, porque no sé qué mérito tiene uno por haber nacido, y además, todo el que nace lo tiene que hacer por fuerza en un día del año, que ni elige ni puede cambiar. No cumplo años, son los años los que me cumplen a mí. Por mí no pasa el tiempo, soy yo el que paso por él.
    Nada ha cambiado, es verdad. Y eso es lo malo, porque lo malo, una vez globalizado, nos aplastará si nada cambia.
    No sé si la vida es sólo un conjunto de números con el que operar, pero sí intuyo que la vida es sólo el estado embrionario de la VIDA.

    ResponderEliminar
  2. Felicidades, poetisa. Que los años te mantengan tan hermosa por fuera como ya lo eres por dentro XDD

    ResponderEliminar

Artículos más leídos