sábado, 31 de agosto de 2013

Crímenes contra la humanidad o sentido común

El Parlamento británico ha decidido por votación no intervenir en Siria y el ministro de Defensa no ha tardado en declarar que no intervenir atenta contra el sentido común. El sentido común dicta que hay que atacar Siria porque se han usado armas químicas. EEUU, que tiene mucho más sentido común que los británicos, por supuesto, y que el resto de los mortales, sin lugar a dudas, sí va a tomar cartas en el asunto. Considera que el uso de armas químicas es una barbaridad habiendo como hay armas no químicas para estos casos e, incluso, si me apuras, hongos nucleares que agilizan el trabajo como los sirios no pueden hacerse una idea y quedan mucho más decorativos vistos desde lejos.  El presidente de EEUU ha manifestado que "no podemos aceptar un mundo en el que mujeres, niños y civiles son gaseados". Que los acribillen a balazos como siempre se ha hecho, bien, pero esto es, desde luego, inaceptable. Por eso, Barack Obama está considerando la posibilidad de poner en marcha una acción militar "limitada" para enseñarles a estos mataos cómo va la cosa.
 
El secretario de estado de EEUU, John Kerry, ha convocado una rueda de prensa con prensa y todo (no como aquí) para poner en común parte de la información que la Inteligencia estadounidense maneja, y ha acusado a Al Asad de cometer crímenes contra la humanidad porque ésta no es forma de matar. Utilizar armas químicas para matar en propia puerta resulta absolutamente inhumano. Menos mal que, más acá, tenemos a la Inteligencia estadounidense para poner un poco de juicio en situaciones de guerra porque, al resto, para humanos nos faltan unas cuantas dosis de animalidad.
 
Kerry se abstuvo de desvelar los planes reales de Barack Obama. Todo dependerá de su propia agenda y de sus propios valores e intereses, que, si no tiene hueco en la agenda, igual ni siquiera pueden atacar ni nada, por tanto y por sentido común, lo más sensato es dejarnos en ascuas. Si bien, el secretario de estado no ha podido dejar de preguntarse por "el riesgo de no hacer nada", algo que no se nos hubiera ocurrido a ninguno. Los ciudadanos de a pie solemos preguntarnos mucho más por el riesgo de intervenir que por el de no hacerlo, claro, que el pueblo llano anda algo escaso de sentido común. Lo que hay que hacer es bombardear Siria para que no vuelvan a usar armas químicas habiendo como hay formas mucho más legales de matar. Es una cuestión de sentido común, mal que nos pese. Lo que sucede es que el sentido común es un sentido exclusivo de los ministros de Defensa, los secretarios de estado y algunos presidentes de Gobierno, pero nunca del pueblo. El pueblo, en situaciones de este calibre, para lo único que tiene capacidad suficiente, es para poner los muertos.

viernes, 30 de agosto de 2013

De cara al escaparate

Trabajar dentro de un local con escaparate significa no perderse la vida mientras se produce. A lo largo de mis dos primeros años en esta empresa, nos mudamos de local hasta tres veces buscando siempre un cristal a la calle. Desde hace cuatro, ocupamos uno enfrente de la oficina del INAEM. Al principio, fue inevitable bromear con el hecho de que el siguiente local al que nos trasladaríamos sería el de enfrente. Poco después, la gracia dejó de tener gracia. 
 
La oficina de enfrente abre a las nueve de la mañana. Hubo una época en la que no necesitaba consultar las estadísticas del paro. Yo entraba a trabajar a las siete de la mañana y la fila para coger turno en la otra acera a esas horas contaba ya con diez personas. Entre las siete y las nueve, la hilera se iba alargando hasta el punto de perderse en la calle más allá de donde podía controlar desde mi mesa. Con el paso de los meses, la cadena de espera fue disminuyendo, no porque el número de  desocupados lo hiciera, sino porque ya estaban casi todos inscritos y porque inventaron el sistema de cita previa fingiendo que organizaban el caos. Sin embargo, lo dramático de la situación seguía llegando a nuestra oficina con la prensa que vendía la papelería de al lado del INAEM.
 
Hace unos días, la papelería se trasladó al establecimiento que hace esquina con la avenida Goya dejando un mes de alquiler pagado en su anterior espacio. Javier, el hijo de la dueña del negocio, decidió terminar de amortizar la renta. Licenciado en Económicas, parado y harto de ser uno más entre seis millones, se atrevió a exponer su currículum tras el cristal y a demostrar que, hoy más que nunca, buscar un trabajo es un trabajo. Desde el martes a primera hora, acude a su "oficina" en la calle Santander a poner en marcha una nueva forma de buscar. Una que le dé resultados.
 
Ha equipado su despacho con lo básico: una mesa, una silla, un ordenador, una pantalla de cara al escaparate en la que promociona su currículo y una estupenda página web que acumula miles de visitas al día: http://todosconfj.wordpress.com
 
Esta mañana hubiera querido entrar a felicitarlo por su iniciativa, por la lección que supone, por el coraje, por las ganas, por poner bien a la vista lo que algunos se niegan a ver..., pero sé que le avergüenza que lo miremos. También sé que no lo haría si supiera lo que pensamos..., pero no entro. Me abstraigo en lo paradójico que resulta tener un escaparate de búsqueda de empleo a dos metros de una oficina de oferta de empleo, y me pregunto si algún funcionario del INAEM se habrá enterado de lo que pasa aquí afuera. Miro a Javier de reojo, creo que se da cuenta, miro la oficina de empleo, bajo la mirada y cruzo a la acera de enfrente. Quizá el lunes.
 

martes, 27 de agosto de 2013

Artur Mas o Menos

Entre el "Me duele España" de Unamuno  y el "Me sobra España" de Artur Mas, media esa butifarra de la merienda que se acomoda toda en el culo. Es como si el presidente de la Generalitat, de pronto un día, se hubiera visto gordo y hubiera decidido hacerse una liposucción de la parte más grande de su cuerpo medido a ojo de buen cubero. A mí, desde el principio, me ha parecido todo un capricho anoréxico de esta política de medio pelo que estamos obligados a desayunar por castigo desde nadie sabe a ciencia cierta cuándo. Artur dice que se ve un poquito "gros" y Mariano le sigue la corriente en esa variante del español que se habla con la lengua enroscada al puro para subrayar las sibilantes. Prueba de esta confabulación es que, como salida a su última pataleta independentista, Artur + ha prohibido la venta de souvenirs con forma de toro en las Ramblas de Barcelona y, sin embargo, Mariano todavía no ha contestado prohibiendo la venta de burros de peluche en el resto de las Comunidades españolas.

A pesar de todo, yo creo que a Artur se le está yendo la mano tres dedos con el asunto de la emancipación. De hecho, ya ha conseguido que 1060 empresas se independicen y se lleven sus sedes a Madrid. Algo similar al exilio que se vivió de Quebec a Toronto, pero con la diferencia de que, en Madrid, las ven venir sin entender una palabra. Independientemente de la independencia a la que aspira Artur, hay quien considera que lo único que le debe al lugar en el que nace es que le marca el punto exacto desde el que tiene que salir por patas, como algunos bilbaínos, que nacen donde les da la gana. Con esta idea sobrevolando la subida de impuestos y el complot de un buen número de españoles que han decidido no comprar productos catalanes abarrotándoles los almacenes, los empresarios antes llamados catalanes no han necesitado más.

A mí, para lo que hago desde que me levanto a las seis hasta que me acuesto a las doce, me da rematadamente igual si Cataluña, o Artur Mas por su cuenta, se independizan o se quedan a vivir en casa de sus padres. Ahora bien, si cada vez que se disputa un encuentro entre el Madrid y el Barcelona se decide el futuro de la humanidad entera, ¿qué va a ser de todos nosotros cuando el FC Barcelona sólo pueda aspirar a jugarse la copa del rey Arturo con el Tarrasa como máximo oponente? Y lo que es más importante ¿se la jugarán al fútbol o a la nueva lotería catalana? Los problemas empiezan a amontonarse y van nublando ese cielo de libertad y prosperidad que dibujaba Artur en el que iban a atar los perros con butifarras. Cada vez son más los que consideran que lo de Mas es un despropósito, pero no debemos olvidar que la historia se escribe juntando disparates. Se sabe de buena tinta que Napoleón podría haberse impuesto en Waterloo si no fuera porque unas hemorroides le impidieron dirigir a caballo la batalla. Si unas almorranas cambiaron el destino de Europa, por qué Artur Mas no va a ser capaz de cambiar el mapa de España. Mariano debería ir haciéndole ver que esto son "babas" contadas.

Aunque yo no entiendo mucho de danza experimental ni lo lamento, me da que, en este baile de presidentes, uno de los dos o los dos se está saliendo de la pista y, a este paso torpe de vals, el presidente de la Generalitat va a acabar celebrando su independencia envuelto en la bandera de Aragón, brindando con cava de importación, y comiendo longaniza de Graus mano a mano con el caganet. Y no me refiero a Mariano.

lunes, 26 de agosto de 2013

Sin tiempo

Todavía quedan lugares en el mundo en los que parece que el tiempo no importa. Pequeños conjuntos de casas en medio de ninguna parte surcados por calles empedradas que, al llegar el invierno, se cubren con un manto de nieve que nadie pisa en todo el día. Son rincones en los que habita el silencio la mayor parte del año. Cuando sube la temperatura, los hijos y los nietos de estas localidades regresan a pintar el paisaje de una vida que nada tiene que ver con la que unos pocos recuerdan, los que aún permanecen allí, los que nunca se fueron. Hoy se cuentan con los dedos de una mano porque son cinco: la familia de tres miembros que administra una de las vaquerías más importantes de Soria y el matrimonio que cultiva la mayor parte de las tierras del pueblo. La media de edad supera la media.
 
El sábado era día de fiesta. Se celebraba el santo del patrón del pueblo. Los días anteriores fueron un goteo continuo de personas que regresaban a su origen, unas para despedirse de San Bartolomé, otras para acompañar a las primeras, hasta conseguir, en un fin de semana, multiplicar el número de residentes por veinticinco y dividirlo para once casas. En la primera, "la Nati" se siente feliz por volver a reunir a sus hijos este verano. Nadie se explica cómo caben todos en una vivienda de dos plantas y más de cien años. Dio a luz a ocho criaturas, aunque una de ellas forma parte de las listas de niños robados hace cincuenta veranos. Los demás se han puesto de acuerdo éste para no dejar a su madre sola. En casa de Esteban, lloran una ausencia. Vuelven porque ella así lo habría querido, pero no puede ser lo mismo. A veces, nos empeñamos en hacer lo que creemos que otros querrían aunque nunca se lo preguntamos mientras pudimos hacerlo. La vecina de al lado sí pidió que alguien la llevara a ver a San Bartolomé una última vez y, la víspera del gran día, se sienta a la mesa con todos.

Un vecino de otro pueblo, cuyo ganado pasta en los campos de éste, mata un cordero todos los años coincidiendo con la víspera de San Bartolomé y nos lo regala agradecido. Por la tarde, se enciende una gran hoguera en la plaza para asar la carne y nos sentamos todos juntos a cenar y a volver la vista atrás. La historia de cada familia se asoma a la calle y el tiempo se detiene a la luz de la luna.
 
Amanece el día de San Bartolomé y este año me amanece diferente. Aunque hay quien cree que el tiempo no ha pasado, al reunirnos en la plaza, nos damos cuenta de que también hay quien parece tener más años que el pueblo. La tradición marca que, antes de celebrar la misa, se saque al santo en procesión cubriendo un recorrido de tres calles. Delante de San Bartolomé, avanza el pendón y, delante del pendón, el mozo del ramo. El mozo del ramo es siempre un chico soltero del pueblo que camina con un ramo de grandes dimensiones adornado con pañuelos de colores. Este año, el mozo del ramo tiene setenta y ocho. Lo sigue el pendón y, por detrás, los más veteranos se empeñan en cargar con la imagen del santo resistiéndose a reconocer que cada año pesa más. Finalmente, los jóvenes que llegan dos generaciones por detrás, les arrebatan el honor de procesionar bajo la representación. Los vecinos los esperamos en la plaza, escuchando a lo lejos la música que los anuncia. Cuando suben la cuesta de la iglesia y los vemos aparecer, me tengo que poner las gafas de sol o todos se van a dar cuenta de que soy idiota. Para mayor seguridad, me escondo además tras la cámara de fotos. Tengo la misma imagen doce veces repetida, de los doce años anteriores, pero la tomo una vez más. Nos unimos a la procesión y vamos y volvemos en un silencio acomodado por la banda.

La hora de comer parece una competición por ver quién tiene más gente. En casa, estamos diez. En la de Virtudes, se juntan trece. "La Nati" reúne a más de veinte... La tarde se celebra en familia, en la intimidad de cada hogar y la plaza permanece vacía hasta que llega la orquesta. Este año, los músicos llegan en un camión, cuya caja es el escenario. Nunca se había visto nada igual en un lugar tan olvidado por todos los que no lo recuerdan con el corazón. El comentario general da vueltas en torno a la cifra que ha podido costar esto en estos tiempos. Poco a poco, la plaza se va llenando. Y, poco a poco, con el paso de unas horas de las que no somos conscientes, la plaza se irá vaciando. Y, el domingo, el pueblo volverá a quedar en silencio hasta la misma fecha un año después.

Creemos que, en rincones como éste, el tiempo, una vez más, no transcurrirá de un año para otro.

Sin embargo, este año, en el pueblo había niños, que volverán el próximo agosto. Y serán ellos quienes nos abran los ojos. Porque un año no deja huella en las casas, ni en la mayoría de los adultos. Pero no se puede obviar que ha pasado un año cuando lo medimos en la evolución de un niño.

viernes, 23 de agosto de 2013

El poder del subconsciente

Conozco a un infeliz que cada noche se acuesta con una ilusión. Introduce un CD de lecciones de inglés en el reproductor y se duerme convencido de que, de algún modo, todo ese saber se le guarda en un lugar del subconsciente del que, en caso de necesidad, podrá rescatar. Lo cierto es que, después de dos años, no habla una palabra de inglés, aunque también es cierto que, con el español, justo le va. Anoche, me dormí viendo un debate en televisión y, a las tres de la mañana, me he despertado escuchando a la filarmónica de Berlín. Si, como afirman los expertos, la música amansa a las fieras, es bastante improbable que hayan sido los violines los que me han despertado si no lo consiguió el griterío del debate previo que me hizo caer por aburrimiento. Muy a mi pesar, la única explicación posible de la alarma que me ha despertado a esas horas es que se me haya llenado el disco duro del cerebro. He buscado el mando entre los pliegues del edredón y he apagado la retransmisión. Ya no tenía ningún sentido seguir gastando luz.

Una vez leí una noticia sobre un fenómeno extraordinario ocurrido a la salida de un cine. Depués de cada proyección, el público salía atropellado a comprar un refresco de cola. Analizaron la cuestión y se dieron cuenta de que, a lo largo de la cinta, se habían incluido fotogramas sueltos con la imagen de esta bebida, imperceptibles para la consciencia, pero capaces de calar en la trastienda de la mollera como la gota china. Si es que hacen con nosotros lo que quieren... Cuando a las seis de la mañana he oído el despertador, me ha sonado a música celestial (he ahí los posos del concierto de violines) y he tenido que acelerar toda la ceremonia posterior empezando por el desayuno. Los viernes, como los lunes, suelo desayunar café con leche condensada, sin embargo, hoy se me antojaba una hamburguesa con patatas fritas cultivadas en caja de cartón (¡maldita publicidad engañosa!). Al llegar a la oficina, me he dado cuenta, para sorpresa de cualquiera que esté consciente a las siete de la mañana, de que tenía bastantes pocas ganas de trabajar. Recordando, recordando, he recordado que el debate de anoche era un análisis sobre la dedicación de los políticos de hoy en día a sus labores. ¡Acabáramos! Eso lo explica todo. Cuando tras la enésima llamada atendida me ha sobrevenido la sensación de que se me estaba poniendo cuadrada la cabeza, me he dado perfecta cuenta de dos realidades: 1. No hay que subestimar a ningún idiota. 2. La televisión perjudica irreversiblemente la salud mental y creo firmemente que, junto a la pegatina HD, las autoridades sanitarias deberían incluir una advertencia seria e ilustrada con imágenes a todo color de los posibles efectos.

Mi padre solía ejercer de autoridad sanitaria en este sentido y, a diario, nos advertía de las consecuencias de las ondas. "La televisión, en el mejor de los casos, lo que va a conseguir es atontaros más". En casa de mis padres, si acaso se enciendía en un ataque de abulia para ver el telediario, se hacía en la consciencia de a lo que uno se enfrentaba. Cada día a las 15.00h., puntual como un reloj, mi padre sentenciaba desde el sofá: "Anda, enciende éso un poco. A ver qué nos mienten". Esta expresión y la de que el pan no engorda quedaron grabadas a fuego en nuestro cerebro de infantes como coletillas válidas para cualquier situación excepto para la situación en la que deberían ser utilizadas. Mis hermanos y yo éramos especialistas en aniquilar cualquier enseñanza que mis padres repitieran un mínimo de dos veces llevándonosla al absurdo. Si hubieran podido dimitir como padres por aborrecimiento, hubieran sido antes huérfanos de hijos que jubilados.

En fin, que me estoy desviando del tema. Concluyendo con mi problema. En vista del día que me ha dado el subconsciente y teniendo claro que anoche debí acordarme mejor de la sabiduría de mi padre para no tener que pararme a pensar hoy en qué parte de razón cabe en la inconsciencia de un soplagaitas que asiste a clases de idiomas offline, he decidido que, esta noche, a ser posible, me volveré a dormir con la tele de fondo y a todo trapo a ver qué pasa porque, total, como mañana es fiesta y el pan no engorda, que venga Dios y lo vea.

martes, 20 de agosto de 2013

Tenemos que hablar de Gibraltar

Cualquier español con un trozo de bandera en el alma atesora entre los primeros puestos de su lista de deseos la reconquista de Gibraltar. Yo misma, cada lunes a primera hora, me pregunto antes de caerme de la cama ¿por qué no me tocará la lotería o recuperaremos el peñón? Pero claro, para que a una le toque la lotería, tiene que molestarse en comprar una participación, del mismo modo que, para hacerse con el peñón, hay que levantarse con ánimo de invadir, preparar los buques de guerra, la artillería naval y todo el belén. En fin, que, un día por otro, lo vas dejando y, de repente, se te han pasado trescientos años. Al final, se aprende a vivir igual, con esa espinita clavada, pero se va tirando.

Hasta que llega el día en que los gibraltareños, suponiendo que más ancha es Castilla, extienden su territorio hasta donde no les toca según el tratado de Utrecht. Posteriormente, se agencian la lengua de tierra para construirse un aeropuerto. Y ahora nos llenan las aguas españolas de cubos de hormigón tratando de ahuyentar a los pesqueros o de ampliar el chiringuito. Que esto es como el vecino que un día decide limitar su espacio y planta el seto un metro más allá de donde terminan sus pertenencias dejándote sin jardín. Como aquí nadie habla inglés y allí no hablan cristiano, ni los anglosajones ni los macacos se enteran de que lo que tienen en contrato es el pedrolo pero que, en cuanto se remojan los pies, llegan con menos papeles que un conejo de monte. Como será de serio el asunto que el propio Mariano Rajoy ha tenido que interrumpir sus vacaciones para chivarse a la Comisión Europea, mire usted. Por su parte, el "General" Margallo ha insistido en que, mientras no recojan sus pedruscos del agua y tiren con ellos pal´ monte, él no les habla más y se ha cruzado de brazos.

Bruselas, por eso de atender por una vez al español ése de la barba al que nadie hace ni caso, se ha comprometido a estudiar con detenimiento el lanzamiento de bloques de hormigón al mar. Y yo me pregunto qué es lo que hay que analizar con tanta minuciosidad, tanta diplomacia, tanto ajuste de calendario y tanto vamos a ver. A mí, me parecen sencillamente ganas de marear la perdiz. Mariano, sin embargo, se queda mucho más tranquilo y vuelve a sus andadas gallegas a ver si consigue ponerse en forma de presidente. Es de suponer que suspender las vacaciones más allá de doce minutos para alimentar un conflicto referido a un trozo de cal en el que no cabe un pazo, que dura ya tanto rato y con la que tenemos encima, no es menester y menos con prisas. Tiempo tendrá de quitarse el chándal.

Con todo y sin chándal, siempre habrá para quien ponerse una corbata sólo ayude a terminar de perder el riego y para quien la corbata vaya invariablemente anudada al gusto por complicar las cosas cuando hay cuestiones que no van de sacar agua de las piedras sino las piedras del agua. Para los que no entendemos ni qué utilidad tiene una corbata y vivimos debatiéndonos entre ganar la lotería y recuperar el peñón, un asunto de este calado, habida cuenta de que cargamos con trescientos años de bendita paciencia, no es ya ni para dialogar, que, total, no nos entendemos, ni para estudiar nada. Por nuestra parte, se les puede enviar una mierda por whatsapp y, seguidamente, aplastar el peñón con los buques de la Armada. Con los bloques de hormigón, levantamos el refugio de pescadores de Algeciras, y volvemos a los papeles de Bárcenas que se nos han quedado in medias res.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sentirse orgulloso

Hay que ver lo que inspira una terraza. Será que el aire libre nos oxigena las ideas. Una de éstas fue tarde de oxigenación, a la orilla del Ebro, a los pies del puente de piedra reflejado en el agua. Hay días en que Zaragoza parece tener 32 puentes; dieciséis cruzan el río por encima y otros dieciséis, iguales a los anteriores, descansan sobre el cristal del agua que apenas fluye. En uno de esos días, sentarse junto al cauce y degustar el paso del tiempo es la mejor merienda de inspiración. La conversación corre más que el río y salta de un tema a otro hasta que la tarde muere y no hay luz para ver lo que se dice. Entonces, se cae en la profundidad.

En ese punto entre la tarde y la noche, mi "compañía" se siente orgullosa de haber nacido en España. No entiende que haya quien pretenda ocultarlo o se atreva a confesarlo sólo a media voz. Comenta que un italiano, se siente orgulloso de serlo, o un francés, de ser francés, o un alemán o un inglés de sus respectivas nacionalidades... Sin embargo, el español, tan a menudo, parece avergonzarse. Conforme lo oscuro se impone sobre la claridad, la conversación va subiendo de tono y casi creo que mi conversador va a saltar sobre el río enarbolando una bandera y entonando el cara al sol, pero, afortunadamente, la cuestión no llega a tanto porque esa escena sí me hubiera encendido el rostro. Cuando una de estas cuestiones con puntos de vista tan encontrados se pone sobre la mesa, me plantea un dilema tal que me cuesta pronunciarme.

Decía Schopenhauer que "la especie más barata de orgullo es el orgullo nacional, pues denota en el que adolece de él la falta de cualidades individuales de las que pudiera sentirse orgulloso ya que, si no, no se aferraría a lo que comparte con tantos". Sin embargo y, aunque en cierto sentido pueda estar de acuerdo con esta teoría, filosofías de este tipo son las que conducen a esa suerte de individualismo que acaba con los logros colectivos.

Es cierto que hoy en día nos cuesta sentirnos españoles con orgullo y argumentos. No es una percepción, es un dato. En los últimos tres años, el porcentaje de ciudadanos que consideran su nacionalidad un motivo de honra ha caído cuatro puntos. Hemos y han hablado tan mal de nosotros mismos que empezamos a dar crédito a la crítica.  En este país, en cuestiones serias, se ha perdido el sentimiento de conjunto. Uno se siente orgulloso de sus logros individuales, pero no de las conquistas sociales. ¿Cuándo ser españoles dejó de llenarnos?

La verdad es que hay demasiados datos que no avalan un hinchamiento de la caja torácica y menos en estos tiempos. Si al hecho de no ser, según las estadísticas, los más aplicados de la clase en las materias que verdaderamente importan como son la economía, la política, la educación, el bienestar... le sumamos la dedicación de los telediarios y otros medios informativos a trasladarnos los logros exclusivamente deportivos del país, parece que los españoles sólo sepamos correr detrás de un balón o delante de un toro y, ciertamente, si nos paramos a analizarlo, cuesta levantar la cabeza.

Es cierto que no somos los mejores en muchas cuestiones, nadie lo es en todo, pero no podemos obviar, por falta de información o por ese afán tan en boga de nadar contra corriente, que somos suficientemente buenos en algunas. Nuestro país está entre las cinco principales naciones inversoras en energías renovables en el ámbito internacional y su mercado fotovoltaico fue el que más creció en todo el mundo en 2007, de manera que, en España, están dos de las tres principales plantas fotovoltaicas del planeta. Además, España es el tercer país en potencia eólica instalada del mundo y el segundo en tasa de penetración en el mercado. Podríamos decir, por tanto, que tal vez la tecnología asociada a las energías renovables sería capaz de dibujar un futuro para nuestra maltrecha economía.

Por otro lado, a pesar de los inmerecidos recortes en I+D, en España todavía quedan científicos profesionales y bien preparados que no han abandonado el barco y continúan luchando dentro de nuestras fronteras en campos de vital importancia. Solemos fijarnos más en quienes nos dejan que en quienes se quedan y olvidamos que, a estos últimos, habríamos de cuidarlos como cuidamos a los futbolistas.

Si viajamos fuera de España, a menudo, podemos comprobar cómo el español peninsular de negocios se ha hecho un nombre en las calles de otros países. Y no sólo aquellos que representan a las grandes empresas privatizadas con el peso del Estado detrás, sino gerentes de empresas pequeñas, medianas y grandes operando en todos los campos. Proyectos que nacen del trabajo, el esfuerzo, el talento y la ilusión de sus promotores. Valores a veces eludidos por nuestro pueblo siempre esperando que el Estado, y no la propia iniciativa, nos arregle la vida. La crisis ha multiplicado la presencia de nuestros empresarios en todo el mundo. Son gente formada, trabajadora y talentosa que nos sitúa en un buen lugar fuera del país.

No quiero entrar en otros terrenos en los que España despunta de largo por ser los obvios, aunque espero haber apuntado los suficientes motivos para plantearse por qué, cuando un italiano se siente orgulloso de serlo y de saber, por ello, disfrutar de la vida, no defendemos que, si alguien sabe disfrutar de la vida, somos nosotros; cuando un francés, alaba su tierra porque ha visto mil batallas y cientos de conquistas, no recordemos que, si es cuestión de echar la vista atrás, para historia, la nuestra; o cuando un alemán se jacta de trabajar como nadie, olvidemos que es aquí donde tenemos una de las jornadas laborales más largas y peor distribuidas de Europa. En definitiva, que, si ellos pueden, nosotros más.

Así pues, sin ahondar mucho más en lo que sabemos ser, dejo en el aire la última cuestión, la madre de todos los orgullos. De todos aquellos que reniegan del suelo que fue su cuna, de todos los que no, de entre todos ustedes y todos nosotros y ésta que suscribe, cuántos son los que negarían, a pesar de nuestros muchos defectos, que, como en España, un español no vive en ningún sitio.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Con la venia

El mes de agosto es algo así como un proyecto continuo de lo que hay que hacer pero no hacemos. En mi caso, creo que esta actitud nace de una concepción adquirida a lo largo de tantos años escolares. Siento el año mucho más como un ciclo que transcurre de septiembre a junio que de enero a diciembre. Por eso, suelo afrontar estas tardes cómodamente parapetada tras un "chica, lo que no has hecho hasta ahora..." antes que frente al siempre aconsejable "no dejes para mañana", mucho más productivo y desapetecible. Así es como, necesitando hacer una compra y limpieza generales en casa como el agua de beber, que voy a tener que beberme la de fregar, me tumbo irremediablemente en el sofá cada tarde a quemar tubos catódicos mientras me zampo todo lo que se me pone a mano. A tanto llega este letargo de verano, que todas las noches me acuesto a las tantas por la pereza que me provoca levantarme del sofá y desplazarme hasta el dormitorio.

Supongo que todo esto tiene algo que ver en la decisión de algunas empresas, que no de la mía, de cerrar en el mes de agosto. Y me atrevo a concluir, meditándolo a a dos carrillos, que tendría que haber sido tenido en cuenta por el juez Ruz en la instrucción del caso Bárcenas. Parece ser que, para su señoría, como para mi jefe, el descanso estival no figura entre los deberes constitucionales de las personas. No contento con no permitirse a sí mismo vacacionar, el muy pirata, ayer martes y trece y de agosto para más INRI, citaba a Álvarez Cascos y Arenas a declarar a la Audiencia Nacional que ni les constaba ni se acordaban de casi nada de lo que allí se estaba tratando. Y es que, en agosto, no se puede. Aunque habían sido emplazados con tiempo suficiente para hacer acopio de memoria, es de entender, según palabras del propio Arenas, que "en estas fechas, lo vas dejando, lo vas dejando...". La Audiencia, no obstante, se dio por satisfecha, atendiendo al calendario, aunque tarde, con las declaraciones unánimes de ambos dirigentes cuando fueron preguntados por los mecanismos de control de las donaciones adoptados por el partido. "Aquello era un sindiós", manifestaba Cascos repantingado en el banquillo. "Doy fe, que conste", apuntaba Arenas señalando a la taquigrafista con el Montblanc en un momento esporádico de lucidez. Así, los dos ex secretarios dejaban claro, a primera hora, que todo era muy oscuro. Este descontrol fue, además, corroborado por el empleado de caja del PP, Antonio Ortiz, quien reconoció que, cuando un empresario entregaba dinero al partido de forma anónima, la formación no registraba ni siquiera el DNI del donante. "¿Pa qué?", quiso concluir todo lleno de razón. Por otra parte, y con respecto a los apuntes en los papeles de Bárcenas que evidencian la desfachatez de los citados, a pesar de las altas temperaturas, tanto Cascos como Arenas se prestaron a levantar entre los dos, pico y pala, un impresionante monumento a la desmemoria que puede ser visitado en formato impreso o digital desde ayer a última hora.

Continuando con el deber, y según fuentes en las que flotan nenúfares, esta mañana acudía a la Audiencia Nacional Maria Dolores de Cospedal y de La Mancha para protagonizar otro canto al sol. Se espera que la secretaria general responda hoy sobre el presunto cobro de una comisión de 200.000 euros en la misma línea que sus predecesores ayer, es decir, pasando del juez como de comer trigo por lo indigesto que resulta.

Entretanto, el máximo dirigente del partido y el único que ha entendido bien la función del octavo mes, saltaba a la portada del ABC a recrearnos la vista y otros sentidos con las instantáneas más comentadas del verano. El presidente del Gobierno se dejaba fotografiar siguiendo los pasos aeróbicos de su antecesor en el cargo, si bien, nótese, luciendo la tableta algo más derretida que la de Josemari. Las imágenes daban la vuelta al mundo y, bajo el hashtag #lastetasderajoy, la única actividad del presidente en lo que va de año se disparaba a la categoría de trending topic en España. Uno de los temas más cuestionados en los debates acerca de la erótica del poder es si las tetas de Mariano son naturales u operadas. Rajoy, que ha declinado hacer declaraciones al respecto, asegura que, para mantenerse en forma, piensa correr diez kilómetros diarios. Al margen de que debiera considerar que lo suyo no es cuestión de mantenimiento, cabe preguntarse: ¿cuánto tiempo puede llevarle abandonar el país a este ritmo? Podría ser, para regocijo de la nación entera, que Mariano, junto a los cuatro millones de parados y la ruina caracolera, haya heredado las ganas de salir por piernas. Al hilo de esta teoría, sería factible suponer que lo que se realza en estas fotografías no sean las tetas de Rajoy sino los mismísimos cataplines presidenciales que, de camino a la corbata, se le hayan detenido a media asta. Yo, por si las moscas, le voy haciendo sitio al champán en la fresquera. Con la venia.

lunes, 12 de agosto de 2013

Forever young

Hay momentos en la vida en los que una se quedaría a vivir para siempre. Para eso están las tardes de verano con espíritu de mojito a la sombra del recuerdo, para revivirlos incansablemente. Estos días de agosto imposibles de entretener, a propósito de nada, me traen otros a ocupar el espacio que nada ocupa. Cuando al punto de la mañana enciendo el motor del coche con más sueño que diesel en el depósito, recuerdo aquellos amaneceres de hace algunos años en que, con la misma inoportunidad, el motor sonaba distinto. Estrenábamos milenio y supongo, en el colmo del disparate, que las constelaciones se alineaban de alguna determinada manera que hacía que el mundo entero girara en positivo. Nos levantábamos a las cinco y media de la madrugada para entrar a trabajar a las siete y saltábamos de la cama. Conducíamos hasta la parada de autobús más cercana sin que esos litros de gasolina nos dolieran como ahora. I.P. aprovechaba el mullido encanto de la mugre que acumulaba el asiento del autobús para terminar de acomodar la media hora de sueño que había echado de menos, y se despertaba, a las puertas de la empresa, lista para empezar a producir. Eu y yo siempre nos preguntamos cómo era capaz de no asesinarnos por despertarla a los treinta minutos de haber recogido el sueño.
 
Las jornadas, habitualmente, de más de ocho horas, se relajaban en un ambiente que durante años nos ha hecho sonreír con nostalgia. Paradójicamente, el tiempo que dedicábamos a trabajar ocupaba el mejor de nuestras vidas. A menudo, tratando de alargarlo, nos juntábamos, al terminar, en un Canterbury dentro de la urbe y permitíamos que los asuntos laborales se extendieran hasta más allá de la medianoche, ridiculizando cada preocupación, haciendo desaparecer los problemas por agotamiento, obviando lo que, obviamente, decían. La risa constante era nuestra única filosofía inevitable de vida. Constituíamos un quinteto perfecto, del que, al final, uno de los versos resultó ser libre. El tiempo y una panda de indocumentados pusieron fin a los mejores años laborales de nuestras vidas. A veces, todavía nos sentamos delante de una cola light tratando de regresar a algo parecido, pero no resulta, ni de lejos, como aquella leche manchada de máquina, cuyo interior albergaba las peores sospechas en materia de salubridad, con la que creíamos desayunar.
 
Fue un buen comienzo para tres de nosotras y un inolvidable paréntesis para la que entonces rozaba la edad en la que ahora buceamos las demás. Pero, si de algo estuvieron llenos aquellos años sobre todo, fue de fugacidad. Abandonamos aquel escenario tan inspirador una detrás de otra, sin embargo, el compás se perdió en el momento en que faltó la primera. Nunca nada fue igual. Nunca volverá a ser lo que fue.
 
No sé. Quizá también hubiera sido feliz siendo mujer torero. Pero, entonces, nunca os hubiera conocido y no hubiera podido recordaros en esta tarde de agosto que se eterniza.
 
Hay momentos en la vida que nos unen a las personas que los compartieron con nosotros de por vida. Por eso, hay amigos que duran siempre y enfermedades que nunca curan.

viernes, 9 de agosto de 2013

Noticias frescas


Los directores de los periódicos, para justificar la ausencia de periodistas en las redacciones sin mencionarla, afirman que, en verano, hay que ofrecer noticias frescas, entendiendo por noticias frescas informaciones banales, sin demasiado contenido, entretenidas. Un poco lo que trata de hacer el Gobierno todo el año: mantenernos en la pobreza intelectual para que no nos dé por pensar y la liemos. Sin embargo, tanto a unos como a otros, de vez en cuando, se les cuela de rondón una primicia que nos levanta las orejas.

Está una de terrazas, que es lo que procede a falta de chiringuito, leyendo las viñetas del mes de agosto y otros consejos solares que también proceden, cuando, en medio de la Plaza España, sin aviso previo, avista un balón de playa aproximándose con la fuerza de un proyectil de guerra. ¿Y esto aquí qué pinta si en agosto nunca pasa nada? Como hace un calor de mil batallas, todo se trata con otro temple, incluso esto. Pero la impresión ahí queda.

El FMI, a medio bostezo estival, sugiere, por aburrimiento, cabe suponer, que se podrían practicar bajadas salariales. Europa, siempre dispuesta a satisfacer a los estamentos superiores, recoge el paquete sin envolver y nos lo endosa con la misma eficiencia. Y aquí Mariano, fumándose un puro en mitad del hórreo, se sienta listo para recepcionar la idea y almacenarla alejada de la humedad y los roedores, no se nos vaya a malograr. Mientras dibuja aros de humo en el viciado aire del almacén, se recrea en la satisfacción que le produce esta suerte de juego en equipo y en lo que suponen los avances de la humanidad para la humanidad misma. Se rasca un poco la barba porque le pica y reflexiona acerca de todas estas cuestiones: "Hace unos años, se planteaba una congelación salarial y el país entero saltaba a la calle en huelga indefinida; hoy, el populacho sueña con que se le inmovilice el salario. Lo que hemos conseguido..." Se le cruzan un poco los ojos persiguiendo los caprichos de su última bocanada y olvida sus propias ensoñaciones. Media hora después, con la pausa inherente a los cuarenta grados pertenecientes o relativos al hórreo, es decir, horrorosos, Mariano baja la vista al vaso de ginebra de Flandes y describe unos círculos irregulares que hacen sonar los hielos contra el cristal despertándolo. Retoma el hilo y piensa: "Estos europeos son unos auténticos genios, mire usted. Si es que la culpa de todos los males es de los mileuristas, y nos han tenido que tocar todos a nosotros. Pero ya lo tenemos: atajaremos la miseria acabando con los miserables. Con un 10% de recorte en setenta y cinco mil de estos sueldos, que abarrotan las empresas, se paga la indemnización de un Baldomero Falcones como debe ser. Efectivamente, el quiz de todas las cuestiones está en los sueldos pequeños. Hay que construir el montón grano a grano, mire usted. En este país, no conocemos el sacrificio..." Desplaza la mirada del vaso al frente y la pasea con detenimiento por las cuatro paredes del granero. "¡Qué oportuna coincidencia de tiempo y espacio!", sentencia al tiempo que pierde el equilibrio en la silla cuando eleva la vista al techo y abandona el vaso a su suerte poniéndose como un cristo el peto vaquero. Seguidamente, decide apagar el puro en el suelo y se levanta, sin apremio, ayudándose a sí mismo con las manos en los riñones y deteniéndose un instante junto a la silla con los brazos ya en jarras. Hace demasiado verano para tan poca frescura. Sin embargo, en un exceso, todavía dicta: "Nadie sabe lo que es dirigir un país y el que lo supo no se acuerda." Cree que ha dado con el título de su autobiografía..., pero no hay tiempo para eso ahora.

Mariano se agacha un poco para abandonar el silo porque, aunque los techos son altos, la costumbre de ir encajando collejas así se lo indica en cualquier circunstancia. Estirándose de la sisa, que se le pega a las piernas por los restos de aguardiente, y con unos andares que lo hacen sentirse un poco John Wayne, se encamina al pazo a emplear su mente en asuntos más domésticos. A través de los visillos de la cocina, cree ver a la mujer de la que se enamoró un día y sabe que algo se está cociendo. Pero el chef no puede entretenerse pelando patatas. Los mileuristas lo esperan a la vuelta de unos días y queda tanto por hacer... Señalar un comité de expertos que determine si un diez por ciento de recorte no será poco, decidir quién es el pardillo que se comerá el marrón de comunicarlo, buscar un lugar donde esconderse hasta que se calmen las aguas, capear las consiguientes huelgas generales, elegir la corbata para el día del plasma por si la cosa se pone fea, enfriar el champán para el día siguiente... En fin.

Con todo ese peso sobre los tirantes, Mariano alcanza el edificio principal, se tropieza con el felpudo, abre la puerta y, antes de cerrarla tras de sí, se despega el felpudo de las botas, lo vuelve a dejar en la entrada, mira al horizonte con decisión y concluye: "Europa, prepara la cuenta que allá vamos".

jueves, 8 de agosto de 2013

Todo lo que brilla

En mi post de ayer mencionaba a mi primer novio situándolo en mis años universitarios y olvidándome de mi auténtico primer amor. Cupido me perdone. Se llamaba Miguel y era bastante mayor que yo. Cuando hicimos oficial nuestra relación, yo tenía tres años y él casi cuatro. Supe que estaba perdidamente enamorada por vez primera el día en que, en la guardería, nos pusieron la vacuna del sarampión. Miguel me cogía de la mano de pie junto a la camilla. Sus ojos quedaban exactamente a la altura de los míos. Brillaban. Y, quizá a causa de los mocos, la nariz un poco también. Fue una relación larga e intensa, sobre todo, porque el tiempo no se mide igual a los tres años que a los treinta y tres. A mí, me escolarizaron a los cuatro y la distancia me separó definitivamente de mi media mandarina. Nunca más supe de él.

Aquel septiembre me enfrenté a mi primer día de colegio. Delante de la puerta todavía cerrada, lloraba un niño con pantalones cortos a quien su madre era incapaz de consolar. Yo contemplaba la escena desde mi propio disgusto hasta que, de pronto, dejó de patalear y, con toda la gracilidad de la que es capaz un cuerpo de medio metro, dibujó un giro de luz en el aire para mirarme que me apagó el hipo. Le brillaba el pelo cortado a tazón como al príncipe de Beckelar. Tiempo después, en el río Gállego, pescando truchas, un muchacho con unos pectorales como para regalar los mejores años me miró con ese mismo brillo en las retinas. Era porque el agua le chorreaba del pelo a las gafas de bucear, pero igualmente lo archivé en el lugar en el que guardaba el resto de mis tesoros, en el rincón de las cosas brillantes. Después de aquél, se sucedieron muchos otros brillos: de mar, de luces de Navidad, de bolas de discotecas, de fuegos artificiales y otros muchos amores que también brillaron, por su ausencia.
 
Las mujeres amamos como las urracas. Nos dejamos seducir por los destellos. El sol, las estrellas, veinticuatro kilates o un cuarto de baño reluciente consiguen cautivarnos. Cuando alcanzamos la edad suficiente para apreciar valores más elevados, nos sentimos atraídas por una inteligencia brillante o por esa bondad que confiere a ciertas personas un halo de santidad que las ilumina. Nos atrapan una sonrisa luminosa o una idea deslumbrante. Nos gustan las cosas claras. Porque las cosas o las personas que brillan destacan. Porque nos hacen sentir sin saberlo que un amanecer se ha quedado atrapado en ellas. Porque queremos creer que reflejan algo de lo que somos. Y porque nos atraviesan la corteza cerebral invadiendo el sistema endocrino y desatando toda una reacción química que nos impide decir que no.

Por eso, amigo Daniel, hombres del mundo, un diamante es absolutamente necesario.

miércoles, 7 de agosto de 2013

El humor

Cuando tenía seis años y estaba aprendiendo a esquiar, mi padre solía decirme: "No mires a los que se han caído porque tú irás detrás." Mi padre me hablaba igual a los seis años que a los veintiocho sin tener en cuenta que los niños, hasta cierta edad, sólo entienden las cosas literalmente. Por eso, yo pensaba que, si miraba a los que se habían caído en otra pista, no podía ir detrás porque era físicamente imposible que me cayese tan lejos de donde estaba. Y me caía, pero en mi pista y nunca detrás del patoso al que estaba mirando. Mi padre me reñía porque ya me lo había dicho y yo vivía convencida de que mi padre no sabía lo que decía y de que me caía porque me había tocado toda la mala suerte de mi generación. Me costó años entenderlo. Para entonces, ya había forjado mi propio carácter. Una personalidad absolutamente catastrofista.

Estaba segura de que todo lo malo me estaba predestinado. Cuando al siguiente verano me abrí un costado con un alambre de espino porque no llegaba a los pedales de la bicicleta, lo entendí como algo que tenía que suceder. Y también cuando me caí desde lo alto de un columpio perdiendo la respiración. Entendí que en el colegio me robaran la pelota de gimnasia para rifarla en una tómbola. Y que mi cocina favorita se cayera por el balcón de un tercer piso. Cuando a los doce años me atropelló aquel coche, lo entendí. O que, en un partido de fútbol, me endilgaran un balonazo que me dejó la cara sin relieve. A los trece, comprendí que tendría que aprender a vivir sin una de las personas más importantes de mi vida. Y, cuando me dejó mi primer novio en la universidad... Bueno, eso no lo entendí. ¡Hay que ser idiota!

Y no es sólo que lo comprendiera casi todo sino que estaba preparada para ello. Intuía que las cosas iban a suceder de la peor manera. Cada vez que me subía a un avión, estaba segura de que se estrellaría. Y, si no, caminando por el aeropuerto, me arrollaría el carricoche de las maletas. O un tornado se llevaría el hotel en el que me alojaba. O alguien con mucho tiempo libre y un arsenal de armamento me colocaría una bomba lapa en el coche de alquiler. O, lo que siempre fue mi peor pesadilla, a alguien a quien quería le sucedería algo irremediable y yo no estaría allí para evitarlo o para lo que sea que le deje a una la conciencia más tranquila. Aunque la mayoría de las veces me he equivocado en mis pronósticos, de algunas de estas desgracias, he escapado por bien poco. Otras, ni siquiera las predije.

Con el paso de los años, una acaba cansándose de la fatalidad y, entonces, se convierte a la ironía. Es cuestión de supervivencia. Para sobreponerse a los desastres sin secuelas, es necesario llevarlos al terreno del humor. Sobre todo, teniendo en cuenta que yo no suelo suicidarme mucho. Todavía creo que hay otras formas de terminar con lo que una no soporta. Fernán Gómez, en su infinita sabiduría, nos ofreció una salida resumida en tres palabras que, diariamente, me permito citar textualmente por lo bien que se adaptan a cualquier situación. ¿Quién no ha hecho uso alguna vez de aquel famoso "¡A la mierda!" que sigue corriendo por la red como la pólvora? Por otra parte, dado que está claro que, de ésta, no saldremos con vida ninguno, me parece una pérdida de tiempo molestarse en provocar algo que llegará por sí solo en cualquier caso. Por eso, no me suicido.

A cuenta, decía, me arrojé a los brazos del humor. Condición indispensable para humorizar con el acaecer de esta infeliz existencia es aprender a relativizarlo todo. Ser consciente de que todo es susceptible de empeorar y no esperar a que, con los años, el recuerdo nos haga reír pudiendo reírlo ya. Esperar es como guardar en el armario para una ocasión especial un vestido impresionante de esos que les abren la boca a los hombres y les entrecierran los ojos a las demás mujeres. ¿Qué ocasión? ¿La de engordar diez kilos y no entrar en el vestido? ¡Póntelo para ir a la oficina mientras quepas y mátalos a todos de la impresión! El humor, la risa, la ironía, el sarcasmo es ese vestido que no debí tardar tantos años en estrenar. La relatividad y la fuerza de la costumbre han conseguido que me importe un bledo si resulta apropiado o no. Además, como decía mi buen amigo Wenceslao, el humor es algo muy serio. Por tanto, es mucho más oportuno partir del pesimismo y de la calamidad para llegar hasta él que de la alegría y la dicha, que, por otra parte, son la meta última. Y la verdad es que yo me parto de risa.

Lo que me dice mi padre ahora, treinta años después de no poder evitar que tragara más nieve que un esquimal a base de tortazos, es que no digo más que tontadas. Lo cual no deja de tener mucha gracia también porque, en el fondo, creo que fue él quien lo provocó.

Nota bene: Dejo al lector decidir, a su modo de entender, si en su vida el humor ha de ser algo fundamental o una funda mental. Pero no pierda de vista que esto va de ser feliz.

martes, 6 de agosto de 2013

Cualquier tiempo pasado fue

A mi amiga I.P., por ocupar conmigo
los mejores rincones de la memoria.


Quizá alguien ha tratado de leer un periódico después de que la página del mes de julio se desmayara desde una altura de calendario. No hay actualidad. No hay opinión. Incluso el periodismo vacaciona mientras ese no se qué que se queda pegado al alma cuando algo finaliza busca una vía de desalojo. Por eso, estos días tengo que echar mano de la memoria realizando un ingente esfuerzo para no caer en el patetismo más vergonzante. A mí, que lloro incluso visionando la película Sister act, aunque haya quienes se atrevan a catalogarla dentro del apartado "comedia", me va a resultar tan complicado como necesario remontarme a un verano feliz. Pero sea.

En realidad, las imágenes que hoy quiero traer hasta aquí pertenecen a un tiempo en el que el estío empezaba a desvanecerse y la prensa volvía a la vida tras la sequía veraniega. Eran tiempos en los que todavía no era necesario dar las gracias por todo. Septiembres de despreocupación. Días de bonanza. Asomaba el otoño de 2004 al otro lado de la pantalla de otro ordenador. Mi hermana vivía en Londres y mi madre vivía sin vivir en sí, de tal manera que decidimos emplear el fin de las vacaciones de los demás para visitarla en mi semana libre. Mi buena amiga I.P. libró conmigo y, aprovechando que también vivía un poco más fuera que dentro de sí misma, se embarcó con nosotras en el mismo vuelo. Previamente, habíamos empaquetado lo justo, una chaqueta por si acaso y las últimas reminiscencias de nuestro inglés-nivel-medio salvadas por los pelos de la irremediable amnesia adolescente. En aquellos momentos, acudir al trabajo a veinticinco kilómetros de casa era viajar. Desplazarse a Londres, una aventura a través de lo desconocido. Pero, como decía mi abuela, la ignorancia, hijos míos, es tan atrevida...

La odisea pasaba por salir de Zaragoza a Reus, de Reus a Stansted, de Stansted a la estación Victoria y, allí, Dios dispondría. En cualquier circunstancia, la buena organización o la fe son una garantía de éxito. Hasta alcanzar el aeropuerto, la cosa fue rodada. Una vez en Reus, empezamos a parecer tres ovejas sin pastor. Gracias a la construcción sin freno de aeropuertos de medio pelo, aquello no era Barajas y salvamos el bache más o menos dignamente. En Londres, nos esperaba mi hermana, pero resultó que Londres era muy grande y nos costó dar con ella. A partir de ese momento, la ciudad era nuestra.

La visita al Big Ben, al Golden Eye, a Picadilly, a Notting Hill, a la abadía, al Tower Bridge, a la civilización cubrió el expediente de mi madre poco más o menos según cualquier guía de viajes, a pesar de que nunca me habría imaginado en la tesitura de verla comiéndose un BigMac detrás de otro. Lo inesperado llegó al suponer que sería otra buena idea llevarla a conocer Camden Town. Según nos aproximábamos al mercado, mi madre empezó a ver rebaños de pulgas y piojos cruzando de acera por vías de dos carriles. Yo noté que el panorama la incomodaba al verla abrazarse al bolso como se abrazaría a un flotador en las procelosas aguas del Atlántico Norte. Quizá un poco más sutilmente, no sé. Yo tengo una sensibilidad hipocondríacamente desarrollada y mi hermana quería comprar una camiseta con la cabeza fosforita de un extraterrestre en todo el medio que nos iba a llevar un buen rato localizar. En ello estábamos cuando se hizo la hora de comer. Nos metimos en uno de los pocos locales que tenía sillas enteras y que servía pizza de hacía dos días, perritos calientes fríos y hamburguesas altamente sospechosas. En un primer momento, estábamos solas en el establecimiento. Diez minutos después, ya no. Entró un individuo que vino a sentarse en la mesa contigua y cuyo aspecto superaba con mucho la impresión que una madre de bien puede soportar sin perder el pelo. Vestía un tanga de leopardo que difícilmente cubría lo que debía, botas de media caña con cordones sin abrochar, melena al viento sin lavar ni peinar desde que el tanga era nuevo y unos cien o doscientos piercings adheridos a las protuberancias más dolorosas de un cuerpo que rondaba los cincuenta con un arte modernista incomprensible se mire desde donde se mire. Mirarlo desde tan cerca dañaba lo más profundo. A mi amiga I.P. y a una servidora, se nos cayeron las gafas sobre la servilleta de papel y, mientras mi hermana sorbía de su pajita disimulando la curiosidad de reojo, mi madre apuntó a media voz que ya no tenía más hambre. Salir de aquel distrito nos costó todavía una media hora de empujones. La calle era un hervidero de tortugas ninja con rastas que cargaban con el total de sus pertenencias en un petate de antes de la guerra de los cien días, cuyo contacto, tanto mi madre como nosotras tres, tratábamos de esquivar con cierta dificultad. El hedor, entre humano y divino, se podía tocar. El ambiente grisáceo tan típico de cualquier tarde londinense oscurecía la estampa fundiendo el asfalto con la humanidad. No fue hasta bastante después de sentarnos en el autobús rojo de vuelta al hotel cuando mi madre terminó de recuperar la presencia de ánimo y se vio capaz de articular con esa sabiduría de la que sólo una madre puede hacer gala: "Esto no me ha gustado mucho".

A nosotras, sin embargo, todo nos seducía mientras acumulábamos día a día la polución inglesa al completo en la única chaqueta (blanca) que habíamos llevado por si acaso el tiempo era en algún momento el que suele ser en las islas británicas todo el tiempo. Cada monumento y cada calle suponían una excusa para retratarnos y poder enviar esas instantáneas a quienes nos esperaban de vuelta y a quienes no. Disfrutamos de aquel viaje sin la tristeza de saber que tenía que concluir. Porque, entonces, la existencia diaria era otra. Una a la que no importaba regresar.

Con esa despreocupación, volvimos a la estación Victoria y, de ella a Stansted, donde pasamos la noche sin dormir para casi perder el avión y hacer correr a mi madre por los pasillos hacia el embarque. Y llegamos a Reus y nos subimos al tren envueltas en toda la porquería que se puede recoger en una semana sin cambiarse de chaqueta. Fue allí donde mi amiga I.P., entre sentada y tumbada en el asiento del tren, me susurró lo más bonito que me ha dicho nunca: "Mayayo, nunca te había visto tan asquerosa". Desde entonces, estamos unidas por un vínculo más que espiritual.

Regresábamos con ese cansancio que provoca a la vez sueño e insomnio. A casa. A un trabajo que se nos pagaba con alguna satisfacción cada día. A la vida corriente y moliente y feliz en cualquier caso. Al compañerismo. A la amistad. A una rutina que entonces adorábamos con o sin vacaciones, en enero y en agosto, igual el lunes que el viernes. A la inconsciencia de los veintitantos.

lunes, 5 de agosto de 2013

Estrés postvacacional y otros síndromes

Me había acomodado bien a estar de vacaciones cuando han llegado las seis de la mañana y han sonado los tres despertadores casi al mismo tiempo. Si hubiera sonado sólo uno, seguiría de vacaciones porque me habría dormido, pero hoy tenía que ser lunes de mala suerte. En cuanto me he abrasado la lengua con el café, lo he sabido. Conducir con los ojos cerrados no ha ayudado a mejorar el inicio de la jornada. Encender el cerebro a la vez que el ordenador de la oficina, tampoco. Al otro lado del cristal, un señor con traje y corbata parece cocerse en su salsa sin síntomas postvacacionales. Sonríe mientras habla por teléfono y yo me pregunto si se cree que alguien lo ve o si, a la persona que lo escucha, le estará haciendo la misma gracia atender su llamada a las siete menos cuarto. A mí, no entiendo muy bien por qué, me están dando ganas de abrir la puerta y estampársela en la cara a ver si se sigue riendo. Pero no me da tiempo de cumplir con mis instintos asesinos porque suena el mío. Una carrera de filosofía, dos años de doctorado, un idioma y medio y toda una vida de autodidactismo para acabar comprando abono en el otro lado del mundo, o sea, mierda. Para dar cobertura a 4.700 hectáreas de tierra, hace falta mucha y resulta que, en España, sale más cara. En tiempos de crisis, todo escasea. Pero de esto comemos. Yo, como Mariano, no vine a esta empresa a ganar dinero sino a cultivar lo mejor de mí misma. Cuelgo y necesito seguir construyendo un día de buenos pensamientos. Sé que, si alguien puede cambiar la tónica de esta mañana absurda del mes de agosto, tendré que ser yo misma. Allá vamos.

Hubo un tiempo en que regresar al trabajo después de unas vacaciones semilargas comportaba otras alegrías. Hoy, la primera presencia agradable no llega hasta las nueve y cuarto y no permanece más de cinco minutos. El resto de la mañana es un ir y venir sin sustancia gracias a que la mercancía no la recepciono yo. Mi mesa empezaba pareciendo la cinta de una papelera de reciclaje y terminaba la mañana exactamente igual. A la quinta llamada no puedo evitar preguntarme, sin contestarme, por qué, si yo ya he terminado con mis vacaciones, tengo que hacer las vacaciones de los demás. Quiero suponer que esto es algo que le sucede a todo el mundo menos a mis compañeros y, lejos de consolarme, me pone de una mala leche que combina estupendamente con el puñetero café de las seis. A las diez menos cuarto, definitivamente, el reloj se nos ha parado a todos. En ese momento, llama mi madre y dice que, a ella, el segundero le funciona, pero que sí, que son las diez menos cuarto y que hace mucho calor. A veces, me parece que mi madre vive metida en un ascensor por el interés que pone en hablar del tiempo. Luego ya me dice que se aburre y eso lo explica todo. Las diez menos diez.

Me pregunto si Alfredo habrá cerrado por vacaciones y también el segundo café me lo tendré que hacer yo misma. Salgo a la calle y ahí está viendo pasar el tiempo. Me pregunta, con algo de sorna, si el descanso ha sido largo y le contesto que largo el café y el silencio, a ser posible. Pobre Alfredo, qué ganadico se tiene el cielo de los hosteleros. Décima llamada de la mañana. Ésta es golosa. Podría untar el móvil en la taza. "Cóbrame el café, Alfredo, y ahí te lo dejo. Guárdamelo para mañana que todavía estará caliente. Hay que ver el amor que le pones". Vuelvo a la oficina y entro con los ojos cerrados por si, al abrirlos, me encuentro con alguna sorpresa. Así es. Me tropiezo con el cable de la impresora y me encuentro con el suelo. Fofito, hazte a un lado, que hoy llevo falda. Afortunadamente, creo que no he tenido público. Ése que pasa no me pitaba a mí. Las diez. Habrá sido el reloj.

¿Alguien recuerda el primer día de clase después del verano? La ilusión de estrenar cartera. La emoción de volver a ver a los compañeros. La despreocupación por no haber tenido tiempo de hacer los deberes en tres meses. El olor de los libros recién editados. Los zapatos nuevos, los leotardos nuevos, el bocadillo nuevo envuelto en papel de plata sin usar. ¿Alguien recuerda la alegría de volver? Yo, hoy, no.

Las cosechadoras se me quedan sin combustible en algún punto indeterminado sobre el mapa rumano, el proveedor se declara en vacaciones y queda claro que el calendario ha proclamado el mes de agosto para todos menos para mí. Los albañiles de la reforma que hemos realizado en un piso de la perpendicular se me agolpan frente al escritorio con la esperanza de marcharse saldados. El trajín de media mañana desorganiza el correo y las facturas de quince días, que empiezan a cubrir también el suelo. El e.mail se colapsa dos veces, pero el teléfono, no. Este desorden me altera el producto una barbaridad. El reloj ya no es suficiente y yo tampoco.

La mañana se va deslizando de puntillas hacia algún punto entre el mediodía y la medianoche en que sé que cenaré sola y en que las nuevas tecnologías no ocuparán el vacío de las viejas compañías. Entonces, el sol se desploma sobre un vaso de zumo como una galleta maría demasiado remojada. Parece que he vencido a la primera jornada y éste es mi único rincón para hoy. Pero, a última hora... Qué triste es la soledad cuando se está sola. Qué triste la pizza individual. Qué triste el reparto de las dos almohadas. Qué triste el final de un lunes si el martes ha de ser otro día de mierda y diésel para repartirla.

Para chulo, chulo, mi Mariano

En Ceuta, un sargento del ejército de tierra ha sido condenado por tocarle el culo a una superior mientras en la península nadie es castigado por tocarnos los cataplines a todos lo españoles. Yo no entiendo mucho de casi nada, pero me doy cuenta a diario de que éste es el único rincón del mundo en el que se puede salir airoso y aireado de cualquier entuerto rebajando un poco el umbral del ridículo, que también hay que valer. En el caso "la opinión pública y Rubalcaba contra Mariano", la cosa ha quedado empate o, al menos, en punto muerto. Todo español esperaba que el presidente del Gobierno hiciera una declaración pública llamando a las cosas por su nombre y declarar ha declarado, luego, aquí, ya vale. Rajoy afirmó que se había equivocado al confiar durante veinte años en el delincuente que se ocupaba de la contabilidad de su partido como podía haber confesado que era tonto del culo. Para dirigir este país, suficiente.

Las palabras de Mariano han distraído el foco de la atención diluyendo la noticia más relevante de los últimos tiempos. Efectivamente, el caso Bárcenas ha ido menguando en los periódicos y yo me pregunto ¿es que algo se ha resuelto?, ¿que el dirigente del país reconozca un error (de tantos) sirve para dar carpetazo a un asunto de este calibre? En cualquier otro país, reconocer un error como éste habría ido de la mano de una carta de dimisión porque ¿qué puede esperar un ciudadano cualquiera de un presidente que no ha sabido poner orden en las finanzas de su propio partido? Desde luego, que solucione las finanzas del país, no. Sin embargo, a los españoles, nos basta con una palabra en la que creer. Nos basta que el presidente del Gobierno justifique, aunque sea mal, que las cosas están como deben. Y, si es menester, que lo es, nos dejamos seducir con un truco de márketing barato. El Gobierno de España, como Oraldine, sabe a rayos, pero puede reconocer su falta porque, incluso apestando, es el mejor producto del mercado. Hoy parece evidente que, si no hay contrarréplica por parte de Bárcenas, la última palabra, la de Rajoy, será la que sentencie. Y también nos viene bien. En este país, todo nos viene bien.

Todo parece confabularse para que nunca trascienda nada, para que nada nos robe el sueño, para creer en lo increíble, para olvidar lo inolvidable. Con Mariano Rajoy, ha pasado como con la infanta Cristina o como con casi cualquier español con una cierta proyección pública o institucional. La infanta fue sospechosa, imputada, desimputada, ahora se larga a Ginebra y aquí no ha pasado nada. Mariano fue sospechoso, acusado, escuchado, ahora, de vacaciones al hórreo y, en septiembre, vuelta al cole. Una vergüenza para el país, ¿y qué? Los españoles somos tan chulos como para tener un presidente del Gobierno que da auténtica pena y aplaudirlo. Pues hala.

viernes, 2 de agosto de 2013

Italia a 130


La tarde tiende un manto verde intenso sobre el paisaje de la Toscana en fechas en las que hay que imaginar los campos dorados de girasoles. El turismo hormiguea por el trazado medieval de las calles de Gimignano. En la plaza, un artista dibuja en un caballete lo que no se ve. Todas estas imágenes conforman una sola impresión que queda fija en nuestra retina como un último recuerdo de este viaje. Trece destinos y un millón de sensaciones se han ido sucediendo ante nuestros ojos en estas dos semanas a tal velocidad que cuesta ponerlos en orden.

Viajar es un regalo para el aprendizaje. Viajar enseña a mirar además de a ver; a escuchar además de a oír; a saborear lo que se descubre. Viajar es siempre una aventura en la que se halla lo que no se espera, en la que se vive practicando la lentitud, degustando el tiempo, adoptando una actitud de vagabundo, viviendo de lo que se encuentra desapegado de lo que se deja atrás. Casi siempre.

Partimos de Bérgamo camino del Lago di Garda sabiendo que el calor, la humedad y las zapatillas con calcetines no maridarían bien con nuestras ansias mochileras. Pero la ilusión de todo principio nos insufló la energía suficiente para patear el pie de los Alpes en dos días. La primera lección aprendida fue que julio no es un buen mes para visitar poblaciones de interior. La segunda, que si no es posible sumergirse en el agua, en estas fechas, es mejor no verla más que embotellada. Esta reflexión fue la que dirigió nuestros pasos hacia empedrados más secos.

Verona nos sorprendió con un casco histórico que no imaginábamos, más allá del famoso balcón de una Julieta que seguramente nunca se asomó a él, y cuya historia otorga a la ciudad una vida turística que da pleno significado a la expresión "vivir del cuento". Lo cual no deja de ser paradójico. El balcón de Julieta se ha comido una ciudad fascinante desde dentro e impresionante y magníficamente coronada por el anfiteatro romano desde la otra orilla del Adigio.

En nuestra tercera jornada, visitando Padua, nos azotó la tragedia de Santiago como un primer tifón y empezamos, habiendo querido evitarlo, a consultar prensa española con el alma en un puño. Incluso a 1.500 kilómetros de distancia, incluso bajo el prisma de la aflicción, una no puede dejar de hacer autocrítica. ¿Por qué un país tan grande como para que la gente se desviva en asistir a otros sin vacilar, pasado el primer impacto, es el país que necesita sacarse los muertos de encima y cargarlos sobre una sola espalda? ¿Por qué en España no hay causas, sino culpas? ¿Por qué no sabemos ser humanos en cualquier circunstancia y con todas las víctimas? La pena se multiplica y no deja de resultar curioso cómo, por lejos que uno se desplace, el propio país y nuestra gente son siempre lo que más cerca queda.

Con la noticia a cuestas, continuamos ruta por el Véneto, Emilia-Romaña, la Toscana y vuelta a la Lombardía. A punto de regresar por donde habíamos llegado, un tifón asoló varias localidades del norte de Italia, esquivándonos por apenas unas horas. Y, así, terminó todo.

Viajar es un recomendable ejercicio de reflexión por lo que tiene de observatorio. Cada pequeño detalle y cada acontecimiento invita a detenerse para analizar. Una de las más recomendables prácticas de tolerancia pasa por alquilar un coche para recorrer la península. Nos decidimos por un Qashqai por eso de que nos vieran venir, sin calcular otros riesgos. Nos asomamos a la autopista y pronto nos dimos cuenta de que la máxima del código de circulación italiano reza: "yo a mi bola y el que venga detrás ya parará". Los adelantamientos se ejecutan por el carril por el que uno circula independientemente de la mano a la que quede. Los camiones se entrecruzan sin ningún control convirtiendo la vía en una feria de luces de freno. Las motos escriben su propia historia sobre el asfalto. En poco más de un minuto, una empieza a preguntarse: "Ma como?".

Los autóctonos parecen convivir bien con el caos y el desorden porque apenas hacen uso de las señales acústicas. Los españoles tardamos en acomodar nuestra mediterránea y particular forma de ser a esta existencia de resignación. Si un vehículo pretende incorporarse a la ruta, aunque el ceda el paso se encuentre bajo sus ruedas, el resto acomoda la conducción para darle la bienvenida. En Italia. En España, aceleramos para obligarlo a parar y le sacamos el dedo del medio por la ventanilla en señal de disculpa. Si Julio César circula a la derecha a lomos de un Fiat 500 y a 130 km/h. al tiempo que whatsappea con Cornelia e, inconscientemente, invade el carril por el que una circula, también a 130 km/h.; en la Lombardía, se pisa el freno para otorgarle el espacio necesario mientras encuentra el emoticono que busca; en la Z-40, se le aplasta con el Qashqai sin contemplaciones. Si el automóvil que avanza un metro más adelante, en un ataque de prudencia, reduce la velocidad sin motivo aparente, en la península itálica, uno hace lo propio, en la española, se le revienta el maletero al grito de "¡tira, coño!". Cuando se rueda por el extranjero, hay quien disfruta aprendiendo a ser lo que no es y hay quien disfrutaría más enseñándoles quiénes somos.

Irremediablemente, viajando, una se vuelve más adaptable. Y, también así, alcanza su meta y arriba a Milán, aunque con cara de pasmo y agitando mucho las manos en el aire, costumbre Italiana que los españoles encajamos bien. Y entiende mejor que el Duomo se construyera en ese estilo gótico tan elevado, porque es absolutamente necesario levantar la mirada para dar gracias al cielo por haber regresado de una pieza.

Y es que salir de casa también nos conduce siempre a meditar acerca de los destinos. Afortunadamente, esta vez, otra vez, la suerte no quiso que viajáramos en un tren o en un tifón.


 

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