martes, 6 de agosto de 2013

Cualquier tiempo pasado fue

A mi amiga I.P., por ocupar conmigo
los mejores rincones de la memoria.


Quizá alguien ha tratado de leer un periódico después de que la página del mes de julio se desmayara desde una altura de calendario. No hay actualidad. No hay opinión. Incluso el periodismo vacaciona mientras ese no se qué que se queda pegado al alma cuando algo finaliza busca una vía de desalojo. Por eso, estos días tengo que echar mano de la memoria realizando un ingente esfuerzo para no caer en el patetismo más vergonzante. A mí, que lloro incluso visionando la película Sister act, aunque haya quienes se atrevan a catalogarla dentro del apartado "comedia", me va a resultar tan complicado como necesario remontarme a un verano feliz. Pero sea.

En realidad, las imágenes que hoy quiero traer hasta aquí pertenecen a un tiempo en el que el estío empezaba a desvanecerse y la prensa volvía a la vida tras la sequía veraniega. Eran tiempos en los que todavía no era necesario dar las gracias por todo. Septiembres de despreocupación. Días de bonanza. Asomaba el otoño de 2004 al otro lado de la pantalla de otro ordenador. Mi hermana vivía en Londres y mi madre vivía sin vivir en sí, de tal manera que decidimos emplear el fin de las vacaciones de los demás para visitarla en mi semana libre. Mi buena amiga I.P. libró conmigo y, aprovechando que también vivía un poco más fuera que dentro de sí misma, se embarcó con nosotras en el mismo vuelo. Previamente, habíamos empaquetado lo justo, una chaqueta por si acaso y las últimas reminiscencias de nuestro inglés-nivel-medio salvadas por los pelos de la irremediable amnesia adolescente. En aquellos momentos, acudir al trabajo a veinticinco kilómetros de casa era viajar. Desplazarse a Londres, una aventura a través de lo desconocido. Pero, como decía mi abuela, la ignorancia, hijos míos, es tan atrevida...

La odisea pasaba por salir de Zaragoza a Reus, de Reus a Stansted, de Stansted a la estación Victoria y, allí, Dios dispondría. En cualquier circunstancia, la buena organización o la fe son una garantía de éxito. Hasta alcanzar el aeropuerto, la cosa fue rodada. Una vez en Reus, empezamos a parecer tres ovejas sin pastor. Gracias a la construcción sin freno de aeropuertos de medio pelo, aquello no era Barajas y salvamos el bache más o menos dignamente. En Londres, nos esperaba mi hermana, pero resultó que Londres era muy grande y nos costó dar con ella. A partir de ese momento, la ciudad era nuestra.

La visita al Big Ben, al Golden Eye, a Picadilly, a Notting Hill, a la abadía, al Tower Bridge, a la civilización cubrió el expediente de mi madre poco más o menos según cualquier guía de viajes, a pesar de que nunca me habría imaginado en la tesitura de verla comiéndose un BigMac detrás de otro. Lo inesperado llegó al suponer que sería otra buena idea llevarla a conocer Camden Town. Según nos aproximábamos al mercado, mi madre empezó a ver rebaños de pulgas y piojos cruzando de acera por vías de dos carriles. Yo noté que el panorama la incomodaba al verla abrazarse al bolso como se abrazaría a un flotador en las procelosas aguas del Atlántico Norte. Quizá un poco más sutilmente, no sé. Yo tengo una sensibilidad hipocondríacamente desarrollada y mi hermana quería comprar una camiseta con la cabeza fosforita de un extraterrestre en todo el medio que nos iba a llevar un buen rato localizar. En ello estábamos cuando se hizo la hora de comer. Nos metimos en uno de los pocos locales que tenía sillas enteras y que servía pizza de hacía dos días, perritos calientes fríos y hamburguesas altamente sospechosas. En un primer momento, estábamos solas en el establecimiento. Diez minutos después, ya no. Entró un individuo que vino a sentarse en la mesa contigua y cuyo aspecto superaba con mucho la impresión que una madre de bien puede soportar sin perder el pelo. Vestía un tanga de leopardo que difícilmente cubría lo que debía, botas de media caña con cordones sin abrochar, melena al viento sin lavar ni peinar desde que el tanga era nuevo y unos cien o doscientos piercings adheridos a las protuberancias más dolorosas de un cuerpo que rondaba los cincuenta con un arte modernista incomprensible se mire desde donde se mire. Mirarlo desde tan cerca dañaba lo más profundo. A mi amiga I.P. y a una servidora, se nos cayeron las gafas sobre la servilleta de papel y, mientras mi hermana sorbía de su pajita disimulando la curiosidad de reojo, mi madre apuntó a media voz que ya no tenía más hambre. Salir de aquel distrito nos costó todavía una media hora de empujones. La calle era un hervidero de tortugas ninja con rastas que cargaban con el total de sus pertenencias en un petate de antes de la guerra de los cien días, cuyo contacto, tanto mi madre como nosotras tres, tratábamos de esquivar con cierta dificultad. El hedor, entre humano y divino, se podía tocar. El ambiente grisáceo tan típico de cualquier tarde londinense oscurecía la estampa fundiendo el asfalto con la humanidad. No fue hasta bastante después de sentarnos en el autobús rojo de vuelta al hotel cuando mi madre terminó de recuperar la presencia de ánimo y se vio capaz de articular con esa sabiduría de la que sólo una madre puede hacer gala: "Esto no me ha gustado mucho".

A nosotras, sin embargo, todo nos seducía mientras acumulábamos día a día la polución inglesa al completo en la única chaqueta (blanca) que habíamos llevado por si acaso el tiempo era en algún momento el que suele ser en las islas británicas todo el tiempo. Cada monumento y cada calle suponían una excusa para retratarnos y poder enviar esas instantáneas a quienes nos esperaban de vuelta y a quienes no. Disfrutamos de aquel viaje sin la tristeza de saber que tenía que concluir. Porque, entonces, la existencia diaria era otra. Una a la que no importaba regresar.

Con esa despreocupación, volvimos a la estación Victoria y, de ella a Stansted, donde pasamos la noche sin dormir para casi perder el avión y hacer correr a mi madre por los pasillos hacia el embarque. Y llegamos a Reus y nos subimos al tren envueltas en toda la porquería que se puede recoger en una semana sin cambiarse de chaqueta. Fue allí donde mi amiga I.P., entre sentada y tumbada en el asiento del tren, me susurró lo más bonito que me ha dicho nunca: "Mayayo, nunca te había visto tan asquerosa". Desde entonces, estamos unidas por un vínculo más que espiritual.

Regresábamos con ese cansancio que provoca a la vez sueño e insomnio. A casa. A un trabajo que se nos pagaba con alguna satisfacción cada día. A la vida corriente y moliente y feliz en cualquier caso. Al compañerismo. A la amistad. A una rutina que entonces adorábamos con o sin vacaciones, en enero y en agosto, igual el lunes que el viernes. A la inconsciencia de los veintitantos.

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