miércoles, 7 de agosto de 2013

El humor

Cuando tenía seis años y estaba aprendiendo a esquiar, mi padre solía decirme: "No mires a los que se han caído porque tú irás detrás." Mi padre me hablaba igual a los seis años que a los veintiocho sin tener en cuenta que los niños, hasta cierta edad, sólo entienden las cosas literalmente. Por eso, yo pensaba que, si miraba a los que se habían caído en otra pista, no podía ir detrás porque era físicamente imposible que me cayese tan lejos de donde estaba. Y me caía, pero en mi pista y nunca detrás del patoso al que estaba mirando. Mi padre me reñía porque ya me lo había dicho y yo vivía convencida de que mi padre no sabía lo que decía y de que me caía porque me había tocado toda la mala suerte de mi generación. Me costó años entenderlo. Para entonces, ya había forjado mi propio carácter. Una personalidad absolutamente catastrofista.

Estaba segura de que todo lo malo me estaba predestinado. Cuando al siguiente verano me abrí un costado con un alambre de espino porque no llegaba a los pedales de la bicicleta, lo entendí como algo que tenía que suceder. Y también cuando me caí desde lo alto de un columpio perdiendo la respiración. Entendí que en el colegio me robaran la pelota de gimnasia para rifarla en una tómbola. Y que mi cocina favorita se cayera por el balcón de un tercer piso. Cuando a los doce años me atropelló aquel coche, lo entendí. O que, en un partido de fútbol, me endilgaran un balonazo que me dejó la cara sin relieve. A los trece, comprendí que tendría que aprender a vivir sin una de las personas más importantes de mi vida. Y, cuando me dejó mi primer novio en la universidad... Bueno, eso no lo entendí. ¡Hay que ser idiota!

Y no es sólo que lo comprendiera casi todo sino que estaba preparada para ello. Intuía que las cosas iban a suceder de la peor manera. Cada vez que me subía a un avión, estaba segura de que se estrellaría. Y, si no, caminando por el aeropuerto, me arrollaría el carricoche de las maletas. O un tornado se llevaría el hotel en el que me alojaba. O alguien con mucho tiempo libre y un arsenal de armamento me colocaría una bomba lapa en el coche de alquiler. O, lo que siempre fue mi peor pesadilla, a alguien a quien quería le sucedería algo irremediable y yo no estaría allí para evitarlo o para lo que sea que le deje a una la conciencia más tranquila. Aunque la mayoría de las veces me he equivocado en mis pronósticos, de algunas de estas desgracias, he escapado por bien poco. Otras, ni siquiera las predije.

Con el paso de los años, una acaba cansándose de la fatalidad y, entonces, se convierte a la ironía. Es cuestión de supervivencia. Para sobreponerse a los desastres sin secuelas, es necesario llevarlos al terreno del humor. Sobre todo, teniendo en cuenta que yo no suelo suicidarme mucho. Todavía creo que hay otras formas de terminar con lo que una no soporta. Fernán Gómez, en su infinita sabiduría, nos ofreció una salida resumida en tres palabras que, diariamente, me permito citar textualmente por lo bien que se adaptan a cualquier situación. ¿Quién no ha hecho uso alguna vez de aquel famoso "¡A la mierda!" que sigue corriendo por la red como la pólvora? Por otra parte, dado que está claro que, de ésta, no saldremos con vida ninguno, me parece una pérdida de tiempo molestarse en provocar algo que llegará por sí solo en cualquier caso. Por eso, no me suicido.

A cuenta, decía, me arrojé a los brazos del humor. Condición indispensable para humorizar con el acaecer de esta infeliz existencia es aprender a relativizarlo todo. Ser consciente de que todo es susceptible de empeorar y no esperar a que, con los años, el recuerdo nos haga reír pudiendo reírlo ya. Esperar es como guardar en el armario para una ocasión especial un vestido impresionante de esos que les abren la boca a los hombres y les entrecierran los ojos a las demás mujeres. ¿Qué ocasión? ¿La de engordar diez kilos y no entrar en el vestido? ¡Póntelo para ir a la oficina mientras quepas y mátalos a todos de la impresión! El humor, la risa, la ironía, el sarcasmo es ese vestido que no debí tardar tantos años en estrenar. La relatividad y la fuerza de la costumbre han conseguido que me importe un bledo si resulta apropiado o no. Además, como decía mi buen amigo Wenceslao, el humor es algo muy serio. Por tanto, es mucho más oportuno partir del pesimismo y de la calamidad para llegar hasta él que de la alegría y la dicha, que, por otra parte, son la meta última. Y la verdad es que yo me parto de risa.

Lo que me dice mi padre ahora, treinta años después de no poder evitar que tragara más nieve que un esquimal a base de tortazos, es que no digo más que tontadas. Lo cual no deja de tener mucha gracia también porque, en el fondo, creo que fue él quien lo provocó.

Nota bene: Dejo al lector decidir, a su modo de entender, si en su vida el humor ha de ser algo fundamental o una funda mental. Pero no pierda de vista que esto va de ser feliz.

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