viernes, 23 de agosto de 2013

El poder del subconsciente

Conozco a un infeliz que cada noche se acuesta con una ilusión. Introduce un CD de lecciones de inglés en el reproductor y se duerme convencido de que, de algún modo, todo ese saber se le guarda en un lugar del subconsciente del que, en caso de necesidad, podrá rescatar. Lo cierto es que, después de dos años, no habla una palabra de inglés, aunque también es cierto que, con el español, justo le va. Anoche, me dormí viendo un debate en televisión y, a las tres de la mañana, me he despertado escuchando a la filarmónica de Berlín. Si, como afirman los expertos, la música amansa a las fieras, es bastante improbable que hayan sido los violines los que me han despertado si no lo consiguió el griterío del debate previo que me hizo caer por aburrimiento. Muy a mi pesar, la única explicación posible de la alarma que me ha despertado a esas horas es que se me haya llenado el disco duro del cerebro. He buscado el mando entre los pliegues del edredón y he apagado la retransmisión. Ya no tenía ningún sentido seguir gastando luz.

Una vez leí una noticia sobre un fenómeno extraordinario ocurrido a la salida de un cine. Depués de cada proyección, el público salía atropellado a comprar un refresco de cola. Analizaron la cuestión y se dieron cuenta de que, a lo largo de la cinta, se habían incluido fotogramas sueltos con la imagen de esta bebida, imperceptibles para la consciencia, pero capaces de calar en la trastienda de la mollera como la gota china. Si es que hacen con nosotros lo que quieren... Cuando a las seis de la mañana he oído el despertador, me ha sonado a música celestial (he ahí los posos del concierto de violines) y he tenido que acelerar toda la ceremonia posterior empezando por el desayuno. Los viernes, como los lunes, suelo desayunar café con leche condensada, sin embargo, hoy se me antojaba una hamburguesa con patatas fritas cultivadas en caja de cartón (¡maldita publicidad engañosa!). Al llegar a la oficina, me he dado cuenta, para sorpresa de cualquiera que esté consciente a las siete de la mañana, de que tenía bastantes pocas ganas de trabajar. Recordando, recordando, he recordado que el debate de anoche era un análisis sobre la dedicación de los políticos de hoy en día a sus labores. ¡Acabáramos! Eso lo explica todo. Cuando tras la enésima llamada atendida me ha sobrevenido la sensación de que se me estaba poniendo cuadrada la cabeza, me he dado perfecta cuenta de dos realidades: 1. No hay que subestimar a ningún idiota. 2. La televisión perjudica irreversiblemente la salud mental y creo firmemente que, junto a la pegatina HD, las autoridades sanitarias deberían incluir una advertencia seria e ilustrada con imágenes a todo color de los posibles efectos.

Mi padre solía ejercer de autoridad sanitaria en este sentido y, a diario, nos advertía de las consecuencias de las ondas. "La televisión, en el mejor de los casos, lo que va a conseguir es atontaros más". En casa de mis padres, si acaso se enciendía en un ataque de abulia para ver el telediario, se hacía en la consciencia de a lo que uno se enfrentaba. Cada día a las 15.00h., puntual como un reloj, mi padre sentenciaba desde el sofá: "Anda, enciende éso un poco. A ver qué nos mienten". Esta expresión y la de que el pan no engorda quedaron grabadas a fuego en nuestro cerebro de infantes como coletillas válidas para cualquier situación excepto para la situación en la que deberían ser utilizadas. Mis hermanos y yo éramos especialistas en aniquilar cualquier enseñanza que mis padres repitieran un mínimo de dos veces llevándonosla al absurdo. Si hubieran podido dimitir como padres por aborrecimiento, hubieran sido antes huérfanos de hijos que jubilados.

En fin, que me estoy desviando del tema. Concluyendo con mi problema. En vista del día que me ha dado el subconsciente y teniendo claro que anoche debí acordarme mejor de la sabiduría de mi padre para no tener que pararme a pensar hoy en qué parte de razón cabe en la inconsciencia de un soplagaitas que asiste a clases de idiomas offline, he decidido que, esta noche, a ser posible, me volveré a dormir con la tele de fondo y a todo trapo a ver qué pasa porque, total, como mañana es fiesta y el pan no engorda, que venga Dios y lo vea.

1 comentario:

  1. La televisión es hoy por hoy el peor enemigo de la humanidad. No la televisión en sí, sino los que la utilizan para lo que la utilizan, y que son el auténtico enemigo al que todavía no hemos querido descubrir, ni parece que nos interese lo más mínimo a juzgar por las culpas que echamos de todo a los políticos, que son unos seres que están ahí porque tiene que haber de todo, y de eso y de ellos se aprovecha ese enemigo.

    Y no es justo que exista una ley antitabaco que protege al fumador pasivo y no haya una ley antitelevisión que proteja al espectador pasivo. Allá cada cual si quiere ver la televisión e ir suicidando poco a poco su cerebro, pero que no pueda obligar a los demás a tenerla de fondo. Tendría ya el suficiente entrenamiento como para no percibirla en absoluto, en caso de que no emitiera cada diez segundos una incoherencia, una burrada, una publicidad encubierta, una gilipollez o una manipulación, cosas con las que mi subconsciente salta como un resorte y se pone a emitir los exabruptos defensivos correspondientes.

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