lunes, 5 de agosto de 2013

Estrés postvacacional y otros síndromes

Me había acomodado bien a estar de vacaciones cuando han llegado las seis de la mañana y han sonado los tres despertadores casi al mismo tiempo. Si hubiera sonado sólo uno, seguiría de vacaciones porque me habría dormido, pero hoy tenía que ser lunes de mala suerte. En cuanto me he abrasado la lengua con el café, lo he sabido. Conducir con los ojos cerrados no ha ayudado a mejorar el inicio de la jornada. Encender el cerebro a la vez que el ordenador de la oficina, tampoco. Al otro lado del cristal, un señor con traje y corbata parece cocerse en su salsa sin síntomas postvacacionales. Sonríe mientras habla por teléfono y yo me pregunto si se cree que alguien lo ve o si, a la persona que lo escucha, le estará haciendo la misma gracia atender su llamada a las siete menos cuarto. A mí, no entiendo muy bien por qué, me están dando ganas de abrir la puerta y estampársela en la cara a ver si se sigue riendo. Pero no me da tiempo de cumplir con mis instintos asesinos porque suena el mío. Una carrera de filosofía, dos años de doctorado, un idioma y medio y toda una vida de autodidactismo para acabar comprando abono en el otro lado del mundo, o sea, mierda. Para dar cobertura a 4.700 hectáreas de tierra, hace falta mucha y resulta que, en España, sale más cara. En tiempos de crisis, todo escasea. Pero de esto comemos. Yo, como Mariano, no vine a esta empresa a ganar dinero sino a cultivar lo mejor de mí misma. Cuelgo y necesito seguir construyendo un día de buenos pensamientos. Sé que, si alguien puede cambiar la tónica de esta mañana absurda del mes de agosto, tendré que ser yo misma. Allá vamos.

Hubo un tiempo en que regresar al trabajo después de unas vacaciones semilargas comportaba otras alegrías. Hoy, la primera presencia agradable no llega hasta las nueve y cuarto y no permanece más de cinco minutos. El resto de la mañana es un ir y venir sin sustancia gracias a que la mercancía no la recepciono yo. Mi mesa empezaba pareciendo la cinta de una papelera de reciclaje y terminaba la mañana exactamente igual. A la quinta llamada no puedo evitar preguntarme, sin contestarme, por qué, si yo ya he terminado con mis vacaciones, tengo que hacer las vacaciones de los demás. Quiero suponer que esto es algo que le sucede a todo el mundo menos a mis compañeros y, lejos de consolarme, me pone de una mala leche que combina estupendamente con el puñetero café de las seis. A las diez menos cuarto, definitivamente, el reloj se nos ha parado a todos. En ese momento, llama mi madre y dice que, a ella, el segundero le funciona, pero que sí, que son las diez menos cuarto y que hace mucho calor. A veces, me parece que mi madre vive metida en un ascensor por el interés que pone en hablar del tiempo. Luego ya me dice que se aburre y eso lo explica todo. Las diez menos diez.

Me pregunto si Alfredo habrá cerrado por vacaciones y también el segundo café me lo tendré que hacer yo misma. Salgo a la calle y ahí está viendo pasar el tiempo. Me pregunta, con algo de sorna, si el descanso ha sido largo y le contesto que largo el café y el silencio, a ser posible. Pobre Alfredo, qué ganadico se tiene el cielo de los hosteleros. Décima llamada de la mañana. Ésta es golosa. Podría untar el móvil en la taza. "Cóbrame el café, Alfredo, y ahí te lo dejo. Guárdamelo para mañana que todavía estará caliente. Hay que ver el amor que le pones". Vuelvo a la oficina y entro con los ojos cerrados por si, al abrirlos, me encuentro con alguna sorpresa. Así es. Me tropiezo con el cable de la impresora y me encuentro con el suelo. Fofito, hazte a un lado, que hoy llevo falda. Afortunadamente, creo que no he tenido público. Ése que pasa no me pitaba a mí. Las diez. Habrá sido el reloj.

¿Alguien recuerda el primer día de clase después del verano? La ilusión de estrenar cartera. La emoción de volver a ver a los compañeros. La despreocupación por no haber tenido tiempo de hacer los deberes en tres meses. El olor de los libros recién editados. Los zapatos nuevos, los leotardos nuevos, el bocadillo nuevo envuelto en papel de plata sin usar. ¿Alguien recuerda la alegría de volver? Yo, hoy, no.

Las cosechadoras se me quedan sin combustible en algún punto indeterminado sobre el mapa rumano, el proveedor se declara en vacaciones y queda claro que el calendario ha proclamado el mes de agosto para todos menos para mí. Los albañiles de la reforma que hemos realizado en un piso de la perpendicular se me agolpan frente al escritorio con la esperanza de marcharse saldados. El trajín de media mañana desorganiza el correo y las facturas de quince días, que empiezan a cubrir también el suelo. El e.mail se colapsa dos veces, pero el teléfono, no. Este desorden me altera el producto una barbaridad. El reloj ya no es suficiente y yo tampoco.

La mañana se va deslizando de puntillas hacia algún punto entre el mediodía y la medianoche en que sé que cenaré sola y en que las nuevas tecnologías no ocuparán el vacío de las viejas compañías. Entonces, el sol se desploma sobre un vaso de zumo como una galleta maría demasiado remojada. Parece que he vencido a la primera jornada y éste es mi único rincón para hoy. Pero, a última hora... Qué triste es la soledad cuando se está sola. Qué triste la pizza individual. Qué triste el reparto de las dos almohadas. Qué triste el final de un lunes si el martes ha de ser otro día de mierda y diésel para repartirla.

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