lunes, 12 de agosto de 2013

Forever young

Hay momentos en la vida en los que una se quedaría a vivir para siempre. Para eso están las tardes de verano con espíritu de mojito a la sombra del recuerdo, para revivirlos incansablemente. Estos días de agosto imposibles de entretener, a propósito de nada, me traen otros a ocupar el espacio que nada ocupa. Cuando al punto de la mañana enciendo el motor del coche con más sueño que diesel en el depósito, recuerdo aquellos amaneceres de hace algunos años en que, con la misma inoportunidad, el motor sonaba distinto. Estrenábamos milenio y supongo, en el colmo del disparate, que las constelaciones se alineaban de alguna determinada manera que hacía que el mundo entero girara en positivo. Nos levantábamos a las cinco y media de la madrugada para entrar a trabajar a las siete y saltábamos de la cama. Conducíamos hasta la parada de autobús más cercana sin que esos litros de gasolina nos dolieran como ahora. I.P. aprovechaba el mullido encanto de la mugre que acumulaba el asiento del autobús para terminar de acomodar la media hora de sueño que había echado de menos, y se despertaba, a las puertas de la empresa, lista para empezar a producir. Eu y yo siempre nos preguntamos cómo era capaz de no asesinarnos por despertarla a los treinta minutos de haber recogido el sueño.
 
Las jornadas, habitualmente, de más de ocho horas, se relajaban en un ambiente que durante años nos ha hecho sonreír con nostalgia. Paradójicamente, el tiempo que dedicábamos a trabajar ocupaba el mejor de nuestras vidas. A menudo, tratando de alargarlo, nos juntábamos, al terminar, en un Canterbury dentro de la urbe y permitíamos que los asuntos laborales se extendieran hasta más allá de la medianoche, ridiculizando cada preocupación, haciendo desaparecer los problemas por agotamiento, obviando lo que, obviamente, decían. La risa constante era nuestra única filosofía inevitable de vida. Constituíamos un quinteto perfecto, del que, al final, uno de los versos resultó ser libre. El tiempo y una panda de indocumentados pusieron fin a los mejores años laborales de nuestras vidas. A veces, todavía nos sentamos delante de una cola light tratando de regresar a algo parecido, pero no resulta, ni de lejos, como aquella leche manchada de máquina, cuyo interior albergaba las peores sospechas en materia de salubridad, con la que creíamos desayunar.
 
Fue un buen comienzo para tres de nosotras y un inolvidable paréntesis para la que entonces rozaba la edad en la que ahora buceamos las demás. Pero, si de algo estuvieron llenos aquellos años sobre todo, fue de fugacidad. Abandonamos aquel escenario tan inspirador una detrás de otra, sin embargo, el compás se perdió en el momento en que faltó la primera. Nunca nada fue igual. Nunca volverá a ser lo que fue.
 
No sé. Quizá también hubiera sido feliz siendo mujer torero. Pero, entonces, nunca os hubiera conocido y no hubiera podido recordaros en esta tarde de agosto que se eterniza.
 
Hay momentos en la vida que nos unen a las personas que los compartieron con nosotros de por vida. Por eso, hay amigos que duran siempre y enfermedades que nunca curan.

4 comentarios:

  1. Es cierto la vida la vivíamos haciendo una parodia de todo lo que nos pasaba, hasta de las historias mas desagradables.

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  2. Para mí que son fases anímicas y mentales más o menos estándares, que para bien y para mal son paralelas a las fases biológicas de la existencia.

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  3. Conceptos,fomas,ilusion y sobre todo,un proyecto, hacían que la convivencia entre compañeros fuese cómplice. ahora todo es diferente. La falsedad de los políticos, la tremenda crisis hace de todo el "sálvese quien pueda" y cuando tertulias salta la exclamación ¡¡¡ a,pero tú trabajas!!!

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