viernes, 2 de agosto de 2013

Italia a 130


La tarde tiende un manto verde intenso sobre el paisaje de la Toscana en fechas en las que hay que imaginar los campos dorados de girasoles. El turismo hormiguea por el trazado medieval de las calles de Gimignano. En la plaza, un artista dibuja en un caballete lo que no se ve. Todas estas imágenes conforman una sola impresión que queda fija en nuestra retina como un último recuerdo de este viaje. Trece destinos y un millón de sensaciones se han ido sucediendo ante nuestros ojos en estas dos semanas a tal velocidad que cuesta ponerlos en orden.

Viajar es un regalo para el aprendizaje. Viajar enseña a mirar además de a ver; a escuchar además de a oír; a saborear lo que se descubre. Viajar es siempre una aventura en la que se halla lo que no se espera, en la que se vive practicando la lentitud, degustando el tiempo, adoptando una actitud de vagabundo, viviendo de lo que se encuentra desapegado de lo que se deja atrás. Casi siempre.

Partimos de Bérgamo camino del Lago di Garda sabiendo que el calor, la humedad y las zapatillas con calcetines no maridarían bien con nuestras ansias mochileras. Pero la ilusión de todo principio nos insufló la energía suficiente para patear el pie de los Alpes en dos días. La primera lección aprendida fue que julio no es un buen mes para visitar poblaciones de interior. La segunda, que si no es posible sumergirse en el agua, en estas fechas, es mejor no verla más que embotellada. Esta reflexión fue la que dirigió nuestros pasos hacia empedrados más secos.

Verona nos sorprendió con un casco histórico que no imaginábamos, más allá del famoso balcón de una Julieta que seguramente nunca se asomó a él, y cuya historia otorga a la ciudad una vida turística que da pleno significado a la expresión "vivir del cuento". Lo cual no deja de ser paradójico. El balcón de Julieta se ha comido una ciudad fascinante desde dentro e impresionante y magníficamente coronada por el anfiteatro romano desde la otra orilla del Adigio.

En nuestra tercera jornada, visitando Padua, nos azotó la tragedia de Santiago como un primer tifón y empezamos, habiendo querido evitarlo, a consultar prensa española con el alma en un puño. Incluso a 1.500 kilómetros de distancia, incluso bajo el prisma de la aflicción, una no puede dejar de hacer autocrítica. ¿Por qué un país tan grande como para que la gente se desviva en asistir a otros sin vacilar, pasado el primer impacto, es el país que necesita sacarse los muertos de encima y cargarlos sobre una sola espalda? ¿Por qué en España no hay causas, sino culpas? ¿Por qué no sabemos ser humanos en cualquier circunstancia y con todas las víctimas? La pena se multiplica y no deja de resultar curioso cómo, por lejos que uno se desplace, el propio país y nuestra gente son siempre lo que más cerca queda.

Con la noticia a cuestas, continuamos ruta por el Véneto, Emilia-Romaña, la Toscana y vuelta a la Lombardía. A punto de regresar por donde habíamos llegado, un tifón asoló varias localidades del norte de Italia, esquivándonos por apenas unas horas. Y, así, terminó todo.

Viajar es un recomendable ejercicio de reflexión por lo que tiene de observatorio. Cada pequeño detalle y cada acontecimiento invita a detenerse para analizar. Una de las más recomendables prácticas de tolerancia pasa por alquilar un coche para recorrer la península. Nos decidimos por un Qashqai por eso de que nos vieran venir, sin calcular otros riesgos. Nos asomamos a la autopista y pronto nos dimos cuenta de que la máxima del código de circulación italiano reza: "yo a mi bola y el que venga detrás ya parará". Los adelantamientos se ejecutan por el carril por el que uno circula independientemente de la mano a la que quede. Los camiones se entrecruzan sin ningún control convirtiendo la vía en una feria de luces de freno. Las motos escriben su propia historia sobre el asfalto. En poco más de un minuto, una empieza a preguntarse: "Ma como?".

Los autóctonos parecen convivir bien con el caos y el desorden porque apenas hacen uso de las señales acústicas. Los españoles tardamos en acomodar nuestra mediterránea y particular forma de ser a esta existencia de resignación. Si un vehículo pretende incorporarse a la ruta, aunque el ceda el paso se encuentre bajo sus ruedas, el resto acomoda la conducción para darle la bienvenida. En Italia. En España, aceleramos para obligarlo a parar y le sacamos el dedo del medio por la ventanilla en señal de disculpa. Si Julio César circula a la derecha a lomos de un Fiat 500 y a 130 km/h. al tiempo que whatsappea con Cornelia e, inconscientemente, invade el carril por el que una circula, también a 130 km/h.; en la Lombardía, se pisa el freno para otorgarle el espacio necesario mientras encuentra el emoticono que busca; en la Z-40, se le aplasta con el Qashqai sin contemplaciones. Si el automóvil que avanza un metro más adelante, en un ataque de prudencia, reduce la velocidad sin motivo aparente, en la península itálica, uno hace lo propio, en la española, se le revienta el maletero al grito de "¡tira, coño!". Cuando se rueda por el extranjero, hay quien disfruta aprendiendo a ser lo que no es y hay quien disfrutaría más enseñándoles quiénes somos.

Irremediablemente, viajando, una se vuelve más adaptable. Y, también así, alcanza su meta y arriba a Milán, aunque con cara de pasmo y agitando mucho las manos en el aire, costumbre Italiana que los españoles encajamos bien. Y entiende mejor que el Duomo se construyera en ese estilo gótico tan elevado, porque es absolutamente necesario levantar la mirada para dar gracias al cielo por haber regresado de una pieza.

Y es que salir de casa también nos conduce siempre a meditar acerca de los destinos. Afortunadamente, esta vez, otra vez, la suerte no quiso que viajáramos en un tren o en un tifón.


 

4 comentarios:

  1. Muy bonito, prima, me he visto allí con tu relato. Ahora toca la depre postvacacional?

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    1. Tiene que tocar de todo.

      P.D. Para la próxima, a ser posible, identifícate, que primas somos muchas...

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  2. Sorry!! Soy tu prima merche

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  3. Quien fuera tú.... Yo me pasé esta semana estudiando la historia de los accidentes ferroviarios en España y vomitando de asco viendo el discurso de Rajoy sobre el caso Bárcenas. Y lo peor, de lo peor, asistir a intermitables comidas con mi familia política. Uffff, eso sí es depresión vacacional...

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