lunes, 19 de agosto de 2013

Sentirse orgulloso

Hay que ver lo que inspira una terraza. Será que el aire libre nos oxigena las ideas. Una de éstas fue tarde de oxigenación, a la orilla del Ebro, a los pies del puente de piedra reflejado en el agua. Hay días en que Zaragoza parece tener 32 puentes; dieciséis cruzan el río por encima y otros dieciséis, iguales a los anteriores, descansan sobre el cristal del agua que apenas fluye. En uno de esos días, sentarse junto al cauce y degustar el paso del tiempo es la mejor merienda de inspiración. La conversación corre más que el río y salta de un tema a otro hasta que la tarde muere y no hay luz para ver lo que se dice. Entonces, se cae en la profundidad.

En ese punto entre la tarde y la noche, mi "compañía" se siente orgullosa de haber nacido en España. No entiende que haya quien pretenda ocultarlo o se atreva a confesarlo sólo a media voz. Comenta que un italiano, se siente orgulloso de serlo, o un francés, de ser francés, o un alemán o un inglés de sus respectivas nacionalidades... Sin embargo, el español, tan a menudo, parece avergonzarse. Conforme lo oscuro se impone sobre la claridad, la conversación va subiendo de tono y casi creo que mi conversador va a saltar sobre el río enarbolando una bandera y entonando el cara al sol, pero, afortunadamente, la cuestión no llega a tanto porque esa escena sí me hubiera encendido el rostro. Cuando una de estas cuestiones con puntos de vista tan encontrados se pone sobre la mesa, me plantea un dilema tal que me cuesta pronunciarme.

Decía Schopenhauer que "la especie más barata de orgullo es el orgullo nacional, pues denota en el que adolece de él la falta de cualidades individuales de las que pudiera sentirse orgulloso ya que, si no, no se aferraría a lo que comparte con tantos". Sin embargo y, aunque en cierto sentido pueda estar de acuerdo con esta teoría, filosofías de este tipo son las que conducen a esa suerte de individualismo que acaba con los logros colectivos.

Es cierto que hoy en día nos cuesta sentirnos españoles con orgullo y argumentos. No es una percepción, es un dato. En los últimos tres años, el porcentaje de ciudadanos que consideran su nacionalidad un motivo de honra ha caído cuatro puntos. Hemos y han hablado tan mal de nosotros mismos que empezamos a dar crédito a la crítica.  En este país, en cuestiones serias, se ha perdido el sentimiento de conjunto. Uno se siente orgulloso de sus logros individuales, pero no de las conquistas sociales. ¿Cuándo ser españoles dejó de llenarnos?

La verdad es que hay demasiados datos que no avalan un hinchamiento de la caja torácica y menos en estos tiempos. Si al hecho de no ser, según las estadísticas, los más aplicados de la clase en las materias que verdaderamente importan como son la economía, la política, la educación, el bienestar... le sumamos la dedicación de los telediarios y otros medios informativos a trasladarnos los logros exclusivamente deportivos del país, parece que los españoles sólo sepamos correr detrás de un balón o delante de un toro y, ciertamente, si nos paramos a analizarlo, cuesta levantar la cabeza.

Es cierto que no somos los mejores en muchas cuestiones, nadie lo es en todo, pero no podemos obviar, por falta de información o por ese afán tan en boga de nadar contra corriente, que somos suficientemente buenos en algunas. Nuestro país está entre las cinco principales naciones inversoras en energías renovables en el ámbito internacional y su mercado fotovoltaico fue el que más creció en todo el mundo en 2007, de manera que, en España, están dos de las tres principales plantas fotovoltaicas del planeta. Además, España es el tercer país en potencia eólica instalada del mundo y el segundo en tasa de penetración en el mercado. Podríamos decir, por tanto, que tal vez la tecnología asociada a las energías renovables sería capaz de dibujar un futuro para nuestra maltrecha economía.

Por otro lado, a pesar de los inmerecidos recortes en I+D, en España todavía quedan científicos profesionales y bien preparados que no han abandonado el barco y continúan luchando dentro de nuestras fronteras en campos de vital importancia. Solemos fijarnos más en quienes nos dejan que en quienes se quedan y olvidamos que, a estos últimos, habríamos de cuidarlos como cuidamos a los futbolistas.

Si viajamos fuera de España, a menudo, podemos comprobar cómo el español peninsular de negocios se ha hecho un nombre en las calles de otros países. Y no sólo aquellos que representan a las grandes empresas privatizadas con el peso del Estado detrás, sino gerentes de empresas pequeñas, medianas y grandes operando en todos los campos. Proyectos que nacen del trabajo, el esfuerzo, el talento y la ilusión de sus promotores. Valores a veces eludidos por nuestro pueblo siempre esperando que el Estado, y no la propia iniciativa, nos arregle la vida. La crisis ha multiplicado la presencia de nuestros empresarios en todo el mundo. Son gente formada, trabajadora y talentosa que nos sitúa en un buen lugar fuera del país.

No quiero entrar en otros terrenos en los que España despunta de largo por ser los obvios, aunque espero haber apuntado los suficientes motivos para plantearse por qué, cuando un italiano se siente orgulloso de serlo y de saber, por ello, disfrutar de la vida, no defendemos que, si alguien sabe disfrutar de la vida, somos nosotros; cuando un francés, alaba su tierra porque ha visto mil batallas y cientos de conquistas, no recordemos que, si es cuestión de echar la vista atrás, para historia, la nuestra; o cuando un alemán se jacta de trabajar como nadie, olvidemos que es aquí donde tenemos una de las jornadas laborales más largas y peor distribuidas de Europa. En definitiva, que, si ellos pueden, nosotros más.

Así pues, sin ahondar mucho más en lo que sabemos ser, dejo en el aire la última cuestión, la madre de todos los orgullos. De todos aquellos que reniegan del suelo que fue su cuna, de todos los que no, de entre todos ustedes y todos nosotros y ésta que suscribe, cuántos son los que negarían, a pesar de nuestros muchos defectos, que, como en España, un español no vive en ningún sitio.

3 comentarios:

  1. Esto me recuerda a una fase que leí una vez en un libro acerca de los servicios secretos españoles. Lo recomiendo se titulaba "Yo entré en el CESID". En él se explica como un agente de los servicios secretos de otro país se desesperaba porque no comprendía a los españoles: "Se echan todo el día poniendo a parir a su país pero, cuando les pides que lo traicionen, ¡te mandan al carajo!"

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  2. No me gustan las fronteras, pero como no soy nadie para quitarlas, tengo que asumirlas. Lo que no se puede negar es que han sido configuradas por los caracteres y/o las lenguas, o los caracteres y/o las lenguas las han configurado a ellas. Supongo que se han ido dando ambas situaciones -juntas o separadas- a lo largo y ancho del mundo y del tiempo. Y creo que tampoco se puede negar que el clima es el factor que más ha influye en la forja de caracteres.

    Si segmentamos los caracteres por el clima, me quedo con el carácter mediterráneo mucho antes que con el nórdico. Saber disfrutar de la vida no sólo no es un defecto, sino que es la mejor virtud que se puede tener. Y voy más allá: es una obligación. Otra cosa es que se consiga o no, pero lo mínimo que se puede hacer es intentarlo. Incluso a pesar de los “vendedores de motos” de los países nórdicos, que se han tenido que especializar en eso ante la imposibilidad de convivir al aire libre.

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  3. Quise decir: han sido configuradas por los caracteres y/o las lenguas, o ellas han configurado los caracteres y/o las lenguas.

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