lunes, 26 de agosto de 2013

Sin tiempo

Todavía quedan lugares en el mundo en los que parece que el tiempo no importa. Pequeños conjuntos de casas en medio de ninguna parte surcados por calles empedradas que, al llegar el invierno, se cubren con un manto de nieve que nadie pisa en todo el día. Son rincones en los que habita el silencio la mayor parte del año. Cuando sube la temperatura, los hijos y los nietos de estas localidades regresan a pintar el paisaje de una vida que nada tiene que ver con la que unos pocos recuerdan, los que aún permanecen allí, los que nunca se fueron. Hoy se cuentan con los dedos de una mano porque son cinco: la familia de tres miembros que administra una de las vaquerías más importantes de Soria y el matrimonio que cultiva la mayor parte de las tierras del pueblo. La media de edad supera la media.
 
El sábado era día de fiesta. Se celebraba el santo del patrón del pueblo. Los días anteriores fueron un goteo continuo de personas que regresaban a su origen, unas para despedirse de San Bartolomé, otras para acompañar a las primeras, hasta conseguir, en un fin de semana, multiplicar el número de residentes por veinticinco y dividirlo para once casas. En la primera, "la Nati" se siente feliz por volver a reunir a sus hijos este verano. Nadie se explica cómo caben todos en una vivienda de dos plantas y más de cien años. Dio a luz a ocho criaturas, aunque una de ellas forma parte de las listas de niños robados hace cincuenta veranos. Los demás se han puesto de acuerdo éste para no dejar a su madre sola. En casa de Esteban, lloran una ausencia. Vuelven porque ella así lo habría querido, pero no puede ser lo mismo. A veces, nos empeñamos en hacer lo que creemos que otros querrían aunque nunca se lo preguntamos mientras pudimos hacerlo. La vecina de al lado sí pidió que alguien la llevara a ver a San Bartolomé una última vez y, la víspera del gran día, se sienta a la mesa con todos.

Un vecino de otro pueblo, cuyo ganado pasta en los campos de éste, mata un cordero todos los años coincidiendo con la víspera de San Bartolomé y nos lo regala agradecido. Por la tarde, se enciende una gran hoguera en la plaza para asar la carne y nos sentamos todos juntos a cenar y a volver la vista atrás. La historia de cada familia se asoma a la calle y el tiempo se detiene a la luz de la luna.
 
Amanece el día de San Bartolomé y este año me amanece diferente. Aunque hay quien cree que el tiempo no ha pasado, al reunirnos en la plaza, nos damos cuenta de que también hay quien parece tener más años que el pueblo. La tradición marca que, antes de celebrar la misa, se saque al santo en procesión cubriendo un recorrido de tres calles. Delante de San Bartolomé, avanza el pendón y, delante del pendón, el mozo del ramo. El mozo del ramo es siempre un chico soltero del pueblo que camina con un ramo de grandes dimensiones adornado con pañuelos de colores. Este año, el mozo del ramo tiene setenta y ocho. Lo sigue el pendón y, por detrás, los más veteranos se empeñan en cargar con la imagen del santo resistiéndose a reconocer que cada año pesa más. Finalmente, los jóvenes que llegan dos generaciones por detrás, les arrebatan el honor de procesionar bajo la representación. Los vecinos los esperamos en la plaza, escuchando a lo lejos la música que los anuncia. Cuando suben la cuesta de la iglesia y los vemos aparecer, me tengo que poner las gafas de sol o todos se van a dar cuenta de que soy idiota. Para mayor seguridad, me escondo además tras la cámara de fotos. Tengo la misma imagen doce veces repetida, de los doce años anteriores, pero la tomo una vez más. Nos unimos a la procesión y vamos y volvemos en un silencio acomodado por la banda.

La hora de comer parece una competición por ver quién tiene más gente. En casa, estamos diez. En la de Virtudes, se juntan trece. "La Nati" reúne a más de veinte... La tarde se celebra en familia, en la intimidad de cada hogar y la plaza permanece vacía hasta que llega la orquesta. Este año, los músicos llegan en un camión, cuya caja es el escenario. Nunca se había visto nada igual en un lugar tan olvidado por todos los que no lo recuerdan con el corazón. El comentario general da vueltas en torno a la cifra que ha podido costar esto en estos tiempos. Poco a poco, la plaza se va llenando. Y, poco a poco, con el paso de unas horas de las que no somos conscientes, la plaza se irá vaciando. Y, el domingo, el pueblo volverá a quedar en silencio hasta la misma fecha un año después.

Creemos que, en rincones como éste, el tiempo, una vez más, no transcurrirá de un año para otro.

Sin embargo, este año, en el pueblo había niños, que volverán el próximo agosto. Y serán ellos quienes nos abran los ojos. Porque un año no deja huella en las casas, ni en la mayoría de los adultos. Pero no se puede obviar que ha pasado un año cuando lo medimos en la evolución de un niño.

1 comentario:

  1. Me he reído y llorado por igual, muy emotivo y muy bonito. M

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