jueves, 8 de agosto de 2013

Todo lo que brilla

En mi post de ayer mencionaba a mi primer novio situándolo en mis años universitarios y olvidándome de mi auténtico primer amor. Cupido me perdone. Se llamaba Miguel y era bastante mayor que yo. Cuando hicimos oficial nuestra relación, yo tenía tres años y él casi cuatro. Supe que estaba perdidamente enamorada por vez primera el día en que, en la guardería, nos pusieron la vacuna del sarampión. Miguel me cogía de la mano de pie junto a la camilla. Sus ojos quedaban exactamente a la altura de los míos. Brillaban. Y, quizá a causa de los mocos, la nariz un poco también. Fue una relación larga e intensa, sobre todo, porque el tiempo no se mide igual a los tres años que a los treinta y tres. A mí, me escolarizaron a los cuatro y la distancia me separó definitivamente de mi media mandarina. Nunca más supe de él.

Aquel septiembre me enfrenté a mi primer día de colegio. Delante de la puerta todavía cerrada, lloraba un niño con pantalones cortos a quien su madre era incapaz de consolar. Yo contemplaba la escena desde mi propio disgusto hasta que, de pronto, dejó de patalear y, con toda la gracilidad de la que es capaz un cuerpo de medio metro, dibujó un giro de luz en el aire para mirarme que me apagó el hipo. Le brillaba el pelo cortado a tazón como al príncipe de Beckelar. Tiempo después, en el río Gállego, pescando truchas, un muchacho con unos pectorales como para regalar los mejores años me miró con ese mismo brillo en las retinas. Era porque el agua le chorreaba del pelo a las gafas de bucear, pero igualmente lo archivé en el lugar en el que guardaba el resto de mis tesoros, en el rincón de las cosas brillantes. Después de aquél, se sucedieron muchos otros brillos: de mar, de luces de Navidad, de bolas de discotecas, de fuegos artificiales y otros muchos amores que también brillaron, por su ausencia.
 
Las mujeres amamos como las urracas. Nos dejamos seducir por los destellos. El sol, las estrellas, veinticuatro kilates o un cuarto de baño reluciente consiguen cautivarnos. Cuando alcanzamos la edad suficiente para apreciar valores más elevados, nos sentimos atraídas por una inteligencia brillante o por esa bondad que confiere a ciertas personas un halo de santidad que las ilumina. Nos atrapan una sonrisa luminosa o una idea deslumbrante. Nos gustan las cosas claras. Porque las cosas o las personas que brillan destacan. Porque nos hacen sentir sin saberlo que un amanecer se ha quedado atrapado en ellas. Porque queremos creer que reflejan algo de lo que somos. Y porque nos atraviesan la corteza cerebral invadiendo el sistema endocrino y desatando toda una reacción química que nos impide decir que no.

Por eso, amigo Daniel, hombres del mundo, un diamante es absolutamente necesario.

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