lunes, 30 de septiembre de 2013

Nouvelle política

Este sábado, una cena y un debate político consiguieron encenderme los humores internos cual patada marcial en los riñones. Déjenme decirles que no hay mayor sentimiento de estafa, con permiso del que procura este Gobierno, que el de toparse con una efeméride y salir a cenar para celebrarlo a un restaurante de postín. Un restaurante de postín es un sitio que ha dado en llamar cocina creativa al pagar por no cenar. Un comedor encarecido de ornamento del que se sale con más hambre de la que se trajo. Una suerte de obra de arte en la que la creatividad se encuentra en todo salvo en lo que sería de esperar. Un exceso en la forma a cuenta del fondo. Un delicioso espacio del que, digan lo que digan, todos se van pensando que no resulta justo llamar cena a un bocado perdido en la desproporción de un plato que podría dar cabida a una pata de ibérico en lonchas. En definitiva, un timo elevado a la condición de oficio. El cierre de carta de estos lugares, para curarse en salud y posibles reclamaciones, habría de rezar: "como en casa, en ningún sitio".

Conscientes y avisados de semejante despropósito, seguimos acudiendo a cenar por lo mismo que seguimos acudiendo a votar, porque algo hay que hacer para celebrar los aniversarios o la democracia y, en ocasiones tan especiales, no se repara en nada. Un local selecto; una sede de renombre. Camareros de etiqueta; ministros de etiqueta. Mesas de diseño; urnas de cristal. El mejor literato para llenar una carta de las más lindas florituras poéticas imposibles de encontrar en el plato; los mejores guionistas para llenar de promesas un programa electoral imposibles de recordar más allá del día siguiente. Un chef dispuesto a salvar a sus comensales de la obesidad; un presidente decidido a salvar al pueblo de sí mismo. En definitiva, un engaño impertinente en ambos casos. Pero a ver quién es el valiente que se atreve a decir que el rey va desnudo.

La necedad del bien quedar nos obliga a comer mentiras en todos los ámbitos. Del mismo modo que no hay quien crea que es posible meter en una cuchara de porcelana un ramiqui de rissoto de hongos y queso idiazábal sobre lecho de patatas panaderas, y mucho menos considerarlo un obsequio de la casa para abrir boca, era imposible tragarse que alguien como Rajoy fuera a sacar a un país entero del estado en el que estaba a la primera propuesta de ley. De entrada, porque tanta eficiencia no cabía en la Moncloa. Luego, no tiene sentido ahora sobrecogerse por tener que pagar para mingitar en una estación de tren como si ése fuera el mayor de nuestros males. O tener que apoquinar los tratamientos médicos en los hospitales cuando el copago nació para evitar los abusos en las farmacias. O no cobrar una pensión que nos habían prometido no tocar. O no tener el mismo derecho a la vida por estar vivos ya que el que defienden para los nonatos por no haber nacido aún... Y es que no aceptar que tenemos lo que nos merecemos por haberlo elegido sería como no pagar la factura del restaurante por no haber cenado. Impensable.

Al final de una velada en la que, a mi modo de ver, sobró todo salvo comida, los comensales parecían más sorprendidos por las medidas de este Gobierno que por la factura del restaurante. El PP de toda la vida ha resultado ser como uno de esos platos de diseño que son todo nombre. Un único bocado sobre un plato demasiado grande con una denominación imposible de entender a la primera. En lo que al arte culinario se refiere, los expertos en gastronomía excusan tamaña idiotez con la necesidad del cliente de saber de entrada cuáles son los ingredientes que componen el menú. Los expertos en gula consideramos que son ganas de llenar el plato sólo de palabrería. En lo que toca al arte de la política, los entendidos en diplomacia justifican el exceso de verborrea vacua por la exigencia de respuestas al hilo de tanta miseria. Quienes la sufren sienten que es una forma de hablar sin responder. En estos tiempos, quién nos lo iba a decir, la palabra empieza a valer más que la obra. Tanto es así que, en cuestiones alimenticias, resulta tan difícil esconder el hambre bajo un plato de "tomate cremoso con núcleo de frambuesa sobre tierra de brownie de queso de cabra bordeado de hojas de cacao, micro margaritas y pétalos de clavellina" como bajo el ala de este Gobierno. Y, sin embargo, aún hay quien parece fascinado. El ser humano es maravilloso.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Nada sirve para nada

Pocas cosas merecen la pena. De nada nos sirve manifestarnos, expresarnos o continuar en la lucha. Si acaso, para encajar algún golpe de más de camino a la nada. Estamos abocados a desaprender para desenseñar cómo hay que hacer las cosas porque, tal y como las hemos hecho siempre, no se están haciendo. O estamos condenados eternamente a vivir con lo que tenemos. 
 
Mariano vuelve a dejarse traicionar por el subconsciente y deja a España, una vez más, a la altura del betún barato. Podemos morirnos de rabia, de vergüenza o de pena, pero el caso es morir. Mariano Rajoy, el presidente del Gobierno de España, la máxima autoridad y representación del país ahora que Su Majestad se encuentra en boxes, concede una entrevista a la agencia norteamericana Bloomberg sin censurar ninguna cuestión, sin un guión de respuestas que leer, sin reflejos, con la rapidez mental de una ameba, a "pecho palomo". En un momento de la entrevista (el momento es lo de menos), la reportera le pregunta si se ha planteado la posibilidad de dimitir en caso de que llegase a demostrarse la financiación ilegal del PP. Y el señor Mariano Rajoy Brey es capaz de contestar con todo el timbre de voz y toda la fuerza acústica de las ondas que hubieron de rebotar por las cuatro paredes: "Hay cosas que no pueden demostrar"... (silencio).
 
A mí, sinceramente, me flaquean las rodillas. Se lo expongo como lo siento. El mundo entero ha sido conocedor de que el Presidente de España sabe que su partido fue financiado ilegalmente, que el país que preside le importa menos que una mierda en un zapato y que es un imbécil sin parangón. Por extensión, todos los españoles estamos hechos de la misma pasta: de corrupción, de pasividad y de ignorancia. Si esto fuera lo más grave, no me importaría cerrar este post con una nueva caricatura de Rajoy. Si no tuviera que admitir que España, con cuarenta y siete millones de habitantes, no tiene la fuerza suficiente para combatir esto.
 
A continuación, para coronar tan sublimes declaraciones y ejerciendo su cometido con la profesionalidad que se le supone, la Fiscalía Anticorrupción ha emitido un escrito en el que avisa de que el caso Bárcenas lleva todo el camino, largo y tortuoso, de disolverse en las turbias aguas de la justicia como un azucarillo en una taza de café con leche. Parece que estuvieran esperando a que Mariano se les fuera de madre para echarle el cerrojo a este asunto. A mí hoy no me quedan ganas para darle en las gafas. Yo esta noche tiro la boina al váter. No me queda cuerpo para acudir a la batalla armada con un palo. Me retiro al barracón.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Mariano tiene el PIB alto

Siempre se ha dicho que de ilusión también se vive y, de eso exactamente, es de lo que se vive en la Moncloa. Es pisar las puertas del palacio y recibir un bautizo de magia. Por eso, Aznar se creyó que había llegado para salvar España y, de paso, devolverla a sus Siglos de Oro. Como no lo consiguió del todo, nombró a Mariano sucesor y, éste sí, de momento, ya nos ha hecho regresar a los años sesenta. En el ínterin, Zapatero, cuyo apellido no terminaba de ayudarle a proyectar una imagen seria,  se ocupó de manera ejemplar y por puro aburrimiento de desmantelar en ocho años al partido en el Gobierno. A falta de uno, dejó a Rubalcaba a la cabeza del proyecto, aunque ya en el papel de secretario porque la presidencia le sobraba de mangas. Y Mariano..., mi Mariano se ha cubierto de gloria.

Mariano empezó prometiendo que, en cuanto el puesto fuera suyo, la desaceleración heredada se iba a acelerar de cero a cien en un microsegundo, que el paro se esfumaría con la estela de Zapatero y que caería sobre nuestras cabezas una lluvia de bienestar cada lunes a primera hora. Una vez que tomó posiciones, se encargó de desdecir todo lo que había dicho y, cuando ya no ha podido vivir de desmentidos, se ha metido a desgranar la macroeconomía.

La macroeconomía es ese ente abstracto que nadie sabe muy bien cómo va ni cómo viene pero que viene que ni pintado para los tiempos muertos. Cuando alguien, cualquier iluminado de los habituales, considera que el país se ha cansado de oír, ver y sufrir miserias, se abre el turno de las buenas noticias a base de grandes números y a ver quién es el listo que repasa la cuenta sin dejarse un cero. Es entonces cuando le ponen la corbata a Mariano y lo sueltan ante las cámaras con la boca llena de déficit, de prima de riesgo y de un PIB que se nos va de copas. Porque, de todos los que son, sólo a Mariano se le sube el PIB y se le baja la prima de riesgo con tanta gracia. Mariano se gasta un arte para poner las cuentas de la Nación a dar volteretas que ni Ángel Cristo con sus leones. A Mariano, se le sube el PIB como a mí me baja el azúcar o como a Zapatero se le pasaban las crisis, en un visto y no visto. Y es que es Mariano un presidente y economista como ninguno.

Las grandes obras de Mariano son dignas de recopilación. Su programa electoral ya se encuentra en coleccionables junto a los tebeos de Rompetechos, los cursos de fotografía  y las joyas de la literatura universal. Los dos millones de parados acumulados se compensan ampliamente con los treinta y un puestos de trabajo creados en el mes de agosto. La lluvia de bonanza y bienestar que prometía sigue estando siempre al caer. A más a más, como dice mi amiga Puri cuando "además" se le queda corto, hay que reconocerle también a Mariano que, en dos años de lucha, no ha perdido un ápice de optimismo y capacidad profética. Al final, la herencia recibida, con todo lo que traía, a Mariano ni le ha rozado, la esquivó como se esquiva un balón de playa que viene bajo, con muchísima cintura y elasticidad torera.

Sin embargo, y sin ánimo de desanimar, después de casi dos años marianos ya, yo no termino de ver a Mariano en el papel del optimista que pretende. Quizá sea porque se tiró siete años aguándole la fiesta a José Luis y, como cenizo, desde mi humilde punto de vista, bordaba el babero. Será por eso o porque creo que todavía no se le ha oído una verdad que, a mí y a unos treinta o cuarenta millones de españoles más, nos cuesta terminar de asumir que España vaya bien, por mucho que al de la barba le suba el PIB, le baje la prima y ya no se vea la recesión.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Don Juan Carlos y doña Merkel

Ya no hay fin de semana en que nos salvemos del exceso. Ayer, Ángela Merkel se nos volvió a subir a la cabeza de Europa como un gintonic de garrafón y es en España donde su Majestad se nos cae a trozos a consecuencia de la borrachera. Sin embargo, misterios del alma humana, los alemanes celebraban la victoria de su canciller con la misma alegría que cabe en un velatorio mientras los españoles nos consolamos de nuestros males con un aire de fiesta que ni soñar puede el Bundestag. Porque los españoles tenemos la capacidad de celebrar desgracias como los alemanes no saben festejar victorias. Si pillamos aquí la Oktoberfest de ayer en Alemania, no hay Cibeles para tanta cerveza. En España, hoy por hoy, el que no se consuela es porque no se lo puede permitir y, a veces, hasta nos consolamos por encima de nuestras posibilidades.

Andábamos los españoles contando las piezas de las que se compone nuestro Rey, cuando la Merkel se hizo de nuevo con el trono de Europa para no tardar en comunicarnos que debemos seguir recortando, y no hablaba de don Juan Carlos, que, el pobre, bastante tiene. Camina el hombre a duras penas y todavía hay quien se entretiene en toquitearle la corona a ver si se le cae. Pues, tampoco me parece. Bien está poner en común las inquietudes del país. Porque decir que todos los españoles se tienen que sentir identificados con don Juan Carlos es tanto como decir que todos los catalanes son como Artur Mas o que todos los demás somos como Mariano I de España y V de Alemania, quien, por cierto, está encantado de haber mantenido ambas titulaciones con la reelección de la Merkel. Pero tampoco está tan lejos la imagen que algunos españoles tienen de nuestro Rey de la que algunos alemanes tienen de los españoles.
 
Todos somos conscientes de que don Juan Carlos vale ya más por piezas que en conjunto. Tengo una buena amiga, que trabaja en un desguace, que este fin de semana se ha empleado a fondo en hacer la tasación y pasármela por whatsapp, y me temo que las noticias no son muy halagüeñas. Si las matemáticas siguen siendo exactas, porque, con tanta reforma, una ya no sabe, lo cierto es que Su Majestad no tapa el roto que nos ha hecho en Seguridad Social ni entero ni a trozos. Y, háganse cuenta de que, por operaciones como éstas, es por lo que los españoles tenemos que pagarnos ahora el diez por ciento de los tratamientos de largo recorrido, para pagarle a la Corona el cien por cien de los suyos. Aunque no es menos cierto que, si no fuera por los achaques del Monarca, algunos cirujanos no tendrían por dónde meterse el bisturí. Así que, vaya lo uno por lo otro.

Populismos aparte y como venía diciendo, la visión que algunos tienen sobre el despiece de don Juan Carlos es la que los alemanes vierten sobre la economía de España. Y, no sé si nos valdría de más o de menos, pero podríamos empezar a calcular un poco cada uno que, por mucho que Mariano ponga a todo el país en pompa y lo siga recortando y parcheando al gusto germano, nunca conseguirá tapar el agujero que con tanto mangante se ha preparado en las arcas del erario público. Pero, vamos, que tampoco corre prisa porque, para que siga reinando la Merkel, no nos hace falta ni Rey, ni patria, ni bandera, ni calculadora.
 

viernes, 20 de septiembre de 2013

Matar o morir

Tengo que decir que la labor de nuestros políticos es como para matarse con ellos si se mueren. Hoy me he enterado de que sale mejor cargarse imprudentemente a la ministra de sanidad que tener una página de descargas en internet. Y, oigan, que casi me he llevado una alegría. Resulta que es mucho más delictivo robar una idea que robar una vida. Vamos que, si a uno le pillan pirateando en la red, mata sin querer al que le ha pillado y la jugada le sale redonda. Con suerte y la pena mínima por homicidio involuntario, ni pisa la cárcel y, si la pisa, se baila un zapateado y se queda con toda la peña contando lo suyo. "Yo, en realidad, era un pirata de tomo y lomo, pero tuve que encubrirlo con un asesinato porque me salía más barato".
 
Por otro lado, la susodicha ministra de sanidad, Ana Mato (poco a poco), ha tenido la brillante idea de incluir, entre las nuevas medidas de recorte, el copago de las medicinas dispensadas en los hospitales a los enfermos de larga duración no ingresados. Esto es: a los enfermos de cáncer, de VIH, hepatitis C, etc. Lo cual, en el fondo, se puede entender como un recorte añadido al pago de futuras pensiones de aquellos que deciden enfermar para mucho rato. El que no pueda pagarse tener un cáncer que no lo tenga. Y esto lo dice la mujer que, no pudiendo permitirse un jaguar, lo tuvo sin enterarse, es decir, que le sobrevino un jaguar como le hubiera podido sobrevenir un cáncer. Yo creo que, con la misma ligereza con la que se le prohíbe a un ciudadano de clase media-baja que sufra enfermedades que le van a costar un dinero que no tiene, se debería prohibir a ministros con un coeficiente intelectual que no tienen decidir sobre leyes y cosas. Pero me empieza a dar la impresión, seguramente equivocada, de que cuentan con que, ahora ya, todo vale hasta las próximas elecciones.
 
Al margen de que el ensañamiento de este Gobierno con los más débiles no tiene límite, a mí, que otra vez he tenido que ponerme a hacer cuentas, se me plantea una duda seria, a saber: poniendo en la balanza del ahorro ambas cuestiones, empieza a parecer difícil decantarse entre matar o morir, siendo éstas las dos alternativas más económicas en última instancia. Después de analizarlo durante un buen rato, veo que es una de esas disyuntivas que, al final, se resuelven por el contexto. Según la nueva legislación, el derecho de autor está por encima del derecho a la vida y la salud de la banca por delante de la de un niño con cáncer. Dicho de otro modo, cometer homicidio mirando para otro lado se paga con menos que tratar de comer pirateando unas pelis, y, por otro lado, el derecho a la vida nos cuesta una pasta mientras que morirse es básicamente gratis y, si no, qué más te da ya. Luego, si no puedes permitirte pagar unas entradas de cine, mata. Si no puedes permitirte estar enfermo, muérete.
 
Lo que no veo tipificado por ninguna parte todavía es lo que cuesta incumplir sistemática y delictivamente con todo un programa electoral fundamentado sobre el código de honor de un presidente de Gobierno, obligando al país a pagar la deuda de un puñado de banqueros ineptos y forrados hasta los dientes a costa de sacrificar la educación, la sanidad, la justicia y la vida. Y me atrevería a apuntar que éste es uno de esos casos que sólo puede resolverse matando. A menos que nuestros ministros, siguiendo con esta política de mierda con la que tan generosamente perfuman nuestras vidas, nos hagan el inmenso favor de no tardar en legalizar la eutanasia para, en el caso de vernos en la segunda tesitura, no tener que morir de hambre o de cáncer o de risa.
 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Más pobres

Mi padre, que debería ser ministro de "a mí no me la dais", lleva dos años anunciando que esto va de convertirnos en ciudadanos más pobres. Más pobres con la reforma laboral, más pobres con la subida de impuestos, más pobres con la congelación de las pensiones, más pobres con los robos a mano armada o a manos llenas, más pobres intelectualmente con la reforma educativa. Más pobres. A mí, convertirme en alguien más pobre me parece lo mismo que levantarme a las seis; no me viene bien, pero parece inevitable. Sin embargo, y estará de acuerdo el lector medio, convertirme en alguien más pobre para que otros se conviertan en "alguienes" más ricos es algo para lo que no me suena ni me sonará el despertador.

Un informe reciente de Intermon concluye que, de seguir por esta senda de austeridad, en 2025 (cinco años después de celebrarse las Olimpiadas madrileñas en Tokio), el 42% de los españoles serán pobres y, lo que es más grave, el 20% más rico de la población ingresará 18 veces más que el 20% más pobre, lo que se traduce en una somanta de palos entre unos y otros por una barra de pan. Tiren de hemeroteca. Porque, al ser humano en general y al español en particular, no le molesta tanto ser pobre o levantarse a las seis como que otro sea rico o se levante a las once. Y esto es tan cierto como que un café con leche no le relaja a nadie.

Tampoco nadie sabe exactamente cuál es el porcentaje que mide ahora mismo esa brecha de desigualdad entre ricos y pobres. He tratado de encontrar el dato entre las líneas de varios estudios a propósito de este particular y lo único que me ha quedado claro es que uno de cada tres españoles es una tercera parte. En cualquier caso, no hace falta ser estadístico para darse cuenta de que la distancia entre mi patrimonio y el de un banquero, tesorero de Gobierno, ministro, secretario o presidente ha de medirse en años luz, aunque yo trabaje todos los días de lunes a viernes, ambos inclusive, desde hace doce años. No sé ustedes pero yo hace unos días que me vengo oliendo que alguien me está tomando el pelo. Por ejemplo, la Comisión Nacional de la Competencia ya ha calculado que el rescate a la banca, sólo en el año 2011, le ha costado a cada español 1.781 euros. Bien, pues a mí que me saquen el contrato en el que he autorizado a que me cobren esta cantidad para dársela a los bancos porque, que yo recuerde, no he firmado nada, amén de que se me ocurren otras mil maneras de malgastar esos 1.781 euros que eran míos. Y lo mismo me pasa con el sueldo de Ana Botella y otros despilfarros que no me han dado opción de elegir y en los que no me voy a detener en este momento porque se me enfría la nómina.

Yo sé que eso de ir pegando tiros por ahí no está muy bien visto y, por eso y por no ir sola, pensaba esta mañana, entre las seis y la pobreza más denigrante, si, en vista de que esto va de abocarnos a una guerra civil irremediable, no podríamos los ciudadanos adelantarnos a lo inevitable y responder a este golpe del destino con un golpe en la mesa o un golpe de timón o un golpe de Estado de una buena vez.

Si les parece, lo vamos hablando.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Cadena de despropósitos

Mientras un puñado de políticos se gastaba entre nueve y once mil millones de euros en una relajante taza de café con leche y tres candidaturas a unos Juegos Olímpicos improbables, otro puñado de políticos aprobaba en petit comité el anteproyecto de una nueva reducción de las pensiones antes calificadas como intocables.
 
Mientras los beneficiarios de esas pensiones perdían a pecho descubierto un derecho garantizado durante toda una vida por toda una vida de cotización, un millón y medio de catalanes (catalán arriba, catalán abajo) se proyectaban en fila de a uno reclamando una independencia que no parecen estar midiendo bien.
 
Mientras ese millón y medio dibujaba una frontera imaginaria arengado por un presidente que circula a 140km/h por una vía limitada a 50, el talento de Rosa Díez eclipsaba al de Toni Cantó al afirmar que "hay gente que quiere la independencia de Cataluña como hay gente que quiere la pena de muerte". (Ésta también dando ideas).
 
Mientras la jefa del partido más rosa, Rosa, equiparaba la independencia con la silla eléctrica, Bruselas sentenciaba, sin tembleque manual ninguno, que Cataluña saldrá de la Unión Europea tan pronto como deje de pertenecer al país al que pertenece, le guste más o menos y le importe más o menos que un pimiento de la huerta ilerdense.
 
Mientras Bruselas le cortaba las alas al independentismo del presidente catalán, Artur Mas esperaba junto a la ventana la carta de amor y guerra de Mariano Rajoy, que venía a recoger un "no" tan grande como el ego del receptor.
 
Mientras Mariano perdía la baba de gusto escribiendo misivas, haciendo las Américas y pasando olímpicamente de todo, el país que se suponía bajo su mandato seguía revolcándose en el fango como un puerco en una ciénaga.
 
Mientras España se sigue hundiendo en el fango sin que nadie se ocupe de remediarlo, cuarenta y siete millones de almas siguen con la mirada este juego político de unos y otros como quien sigue la azarosa trayectoria de una pelota vasca porque no tiene nada mejor que hacer.
 
Mientras cuarenta y siete millones de españoles sigan sin hacer nada, un puñado de políticos se seguirá gastando entre nueve y once mil millones de euros en una taza de café con leche e innumerables candidaturas a unos juegos fantasma.

viernes, 13 de septiembre de 2013

La vida es así

Una vez consumido el período estival y las esperanzas, convenientemente alimentadas, de los ciudadanos en la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos, España vuelve a la crisis. El porqué es exactamente el mismo que articuló, de forma incontestable, Mariano para explicar el batacazo que nos dimos en Buenos Aires. "La vida es así". Después de esto, ya no cabía analizar si el proyecto era el más adecuado o si la exposición se podía mejorar. Si acaso, preguntarse qué pintaban los miembros del COI en Argentina cuando la asignación de los Juegos dependía por completo de las constelaciones. La culpa o la responsabilidad del resultado una vez más, y según Mariano, no es achacable a nada ni a nadie. Simple y llanamente, la vida es así.

Aunque Mariano gobierna todos sus asuntos de igual manera, bien podría habernos salido con alguna otra fórmula del tipo "lo importante es participar" o "España ha jugado limpiamente" y, de paso, haberse apuntado un tanto. Sin embargo, optó por clausurar estos Juegos como si se los hubiera jugado al parchís. Jugando al parchís, uno puede comerse una y contar veinte o cuarenta porque las reglas no escritas, aunque por todos conocidas, de este entrañable pasatiempo familiar se circunscriben a una sola: "pues, en mi casa, jugamos así". Con este polivalente argumento, en el parchís, todo vale. Con la filosofía mariana, en España, vale todo. 

Es muy probable que el presidente del Gobierno, ahora que ha encontrado la pomada para todos los dolores, sienta la temible tentación de argumentarlo todo de igual manera. Cuando las portadas, agotadas todas las maniobras de distracción, vuelven a pintarse con la foto de Bárcenas, los patios andaluces, la transparencia del Gobierno y el color del dinero que debemos o nos deben, Rajoy, más Mariano que nunca, afronta la vuelta a la crisis con argumentos irrebatibles. Los políticos de este país se nos han comido y bebido la caja pública impunemente. Mire usted, la vida es así. A resultas de esta particular manera de administrar, los españoles somos un treinta por ciento más pobres de los que solíamos. Bueno, pues es que la vida es así. La incompetencia de los altos cargos alimenta que los ciudadanos hayamos acabado enfrentados unos con otros. Oiga, así es la vida. Y la justicia no tiene cabida en ninguno de los problemas que aquejan a este país porque, contra lo incontestable, nada se puede contestar.

La vida es así. Es tan así que no sólo los políticos han dejado de ejercer sus funciones sino que la dejadez, la apatía, el desinterés, el aburrimiento del pueblo lo perdona todo. Estos días de atrás, me preguntaba ¿por qué los seis millones de parados, o los enfermos, o los estudiantes, o los niños que pasan hambre, o los preferentistas o los deshauciados o todos los españoles nos conformamos y no formamos una cadena que cruce España de norte a sur reclamando al Gobierno que se deje de fantasmadas y empiece a tratar los problemas del país como este país merece? Pues ni más ni menos que porque la vida es así y así nos va.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Buscando el equilibrio

Me siento en la obligada necesidad de cambiar radicalmente de tercio. Entre Madrid 2020 y la diada 2013, han acabado con mi capacidad de aguante. Atender a los cientos de mensajes derivados de más de mil visitas a este blog en tres días me ha superado, aunque agradézcolo. Debería haberme planteado no intentar llegar a todo, pero todavía no he aprendido a no leer. De manera que me salgo por piernas de la camisa de once varas. Me tendrán que perdonar por hoy quienes, con tan indiscutibles argumentos o sin ellos, han participado activamente de mis letras en este sitio y demás rincones de la red. Dicho lo cual, queda dicho todo.

Tanto en lo antedicho como en el resto de los órdenes del día a día es complicado encontrar el equilibrio. Al hilo del Mañocao de ayer al mediodía, un lector me alababa el gusto de consumir productos de fabricación nacional y local. Siempre hay quien sabe deleitarse en los detalles. En la última pincelada de un cuadro, en los cordones desatados, en lo que una bebe mientras escribe un artículo y menciona de forma puramente anecdótica (aunque intencionada). Una taza de Mañocao se convierte en símbolo de lo nuestro, de lo que debemos apoyar enérgicamente, de lo que debemos consumir ahora más que nunca. ¿Pero ha de ser en exclusiva? La necesidad de adquirir productos de fabricación española dentro del país ya se ha convertido para muchos en una declaración de intenciones tan radical como cualquier otra. ¿Hasta dónde este proteccionismo llevado al límite sería realmente positivo?

Es prácticamente imposible conocer el origen de cada uno de los componentes de lo que consumimos diariamente. Muchos de los productos fabricados, a priori, en multinacionales extranjeras contienen elementos de proveedores españoles o, incluso, se han producido directamente dentro de la península. Cuando alguien se niega a comprar un Citroën, un Opel o un Volkswagen por considerarlos vehículos internacionales, se está dejando por el camino el trabajo de los operarios que estas empresas tienen contratados en Vigo o en Zaragoza o en Pamplona. Y lo mismo sucede con artículos de otras marcas cuyo nombre no suena muy castizo, pero que operan dentro de nuestras ciudades. Es el caso de Samsung, Sony, Sharp... En el fondo, el origen de esta crisis es el resultado de haber vivido a ladrillazos durante treinta años, por tanto, flaco favor nos haríamos a nosotros mismos si aplicáramos como solución medidas igual de disparatadas.

Por otro lado, si todos los países tomaran la determinación de consumir únicamente lo que produjeran, provocarían dentro de nuestras fronteras una nueva millonada de parados conformada por quienes trabajan en empresas españolas cuyos ingresos proceden en gran medida de la exportación. Y no podríamos criticar que nuestros vecinos hicieran como nosotros y dejaran de demandar nuestras frutas, nuestro calzado o nuestros servicios. A este respecto, ya contamos con un antecedente histórico en nuestro país. Esta decisión algo extremista que empieza a cambiar el hábito de consumo de muchos ciudadanos ya se aplicó de igual manera hace setenta años, y nos mantuvo durante veinte, completamente aislados, en un paupérrimo estado de posguerra que no nos permitía abandonar la lista de países subdesarrollados dentro del mundo.

Luego, debemos considerar que cualquier idea llevada al extremo, proceda de donde lo haga, es un atraso y, a la larga, no trae efectos beneficiosos para nadie. Sí es cierto que podríamos hacer el ejercicio de analizar y conocer aquellos bienes y servicios en cuya producción España es más eficiente que otros países y en los que, por tanto, merece la pena que el país intensifique la producción. Ese tipo de artículos son los que, como españoles, deberíamos empezar a consumir en exclusiva, y permitir que se sigan importando aquellos otros en los que otros países son más punteros que nosotros y, así, con mejores rentas, podríamos disfrutar de unos y otros.

Tengo que reconocer, para rematar con honestidad este desarrollo nacido de una taza de chocolate en polvo, que esto lo escribe alguien que conduce un Seat, que bebe Mañocao y que, en estos días, se alimenta casi exclusivamente de verduras y hortalizas del huerto de su propio padre. Pero, si tuviera la receta para salir de esta crisis, no estaría aquí sentada escribiendo este post.

 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Y qué hacemos con la cara de gilipollas

Hoy se me ha quedado una cara de gilipollas que más me valdría haber acompañado con el resto del cuerpo y sus funciones. A mí, de vez en cuando me gusta hacerme la gilipollas. Hacerse el gilipollas debería ser considerado un arte, junto a la pintura, la escultura, el arte amatorio y el arte de la política. Hacerse el gilipollas es una fuente de información sin igual, amén de que refresca el estado de ánimo como no consigue ni conseguirá nunca ser y parecer el listillo de la clase. Por otra parte, cuando no se es demasiado inteligente, hacerse el gilipollas no suele resultar complicado, luego, todo son ventajas. Sin embargo, y no sabría explicar muy bien por qué, me revienta la boca del estómago que me tomen por gilipollas. Sé que resulta paradójico que me guste hacerme la gilipollas sin que me tomen por gilipollas. Quizá sea porque lo primero es una decisión personal y lo segundo una imposición y a mí, hay días, por muy gilipollas que resulte, en los que aún me apetece tener alguna decisión personal. Misterios del alma humana. Manías de gilipollas.

Me van a tener que perdonar la disertación, pero me está costando salir del estado de gilipollez en el que me dejan ciertas actitudes. Como les decía, mi cara de gilipollas de hoy es el espejo de un alma atormentada por lo que, día tras diada, nos está tocando aguantar a cuenta del convencimiento de unos pocos y la ignorancia profunda de otros. Andaba yo celebrando la diada tirada en el sofá de mi casa tomando una relajante taza de Mañocao calentico (a tu salud, Carmelo), cuando me alcanza una voz venida del más allá (del mismo centro de Barcelona para ser más exacta) a ilustrarme acerca de los orígenes de la bandera de Cataluña, que yo creía que era la del Reino de Aragón, y a poner el acento en el ridículo en el que me estaba dejando mi ignorancia por considerar nuestro el trapo. Lo que venía a defender mi interlocutor es que la fuente de la que brotó la bandera de las cuatro comunidades autónomas que en su día integraron la Corona de Aragón debió de ser la fuente mágica de Montjuic.

Al baño no llegaba, no les digo más. Y me lo he tenido que hacer encima de una madre que, la pobre, igual es hasta andaluza y poca culpa tiene de haber escolarizado a su hijo como manda la Constitución para que durante treinta años, si es que llegó a estudiar tanto tiempo, no haya aprendido más que mentiras, leyendas y mitos escritos y contados para llegar hasta donde estamos. Les aseguro que a mí este tema no solía quitarme ni un gramo de sueño, pero no sé que será de mí esta noche. Hasta hoy, solía considerar que, si alguien está convencido de lo que quiere con argumentos sólidos y fundamentados, por mí como si se tiran en cadena, ahora que la tienen hecha, desde el Cabo de Creus abajo para salir de España. Pero empezar la tarde en la consciencia de que la parte de mis impuestos que se destina a educación, una vez más, haya sido arrojada por la borda directamente al Mediterráneo me aflige en tal manera que me agilipolla. Y que, para más INRI, me espeten que la ignorancia es mía me termina de convencer de que, en cuanto tenga un rato, tengo que llamar a Montoro para decirle que lo que me retiene de la nómina no me lo retenga más que ya me lo administro yo.

Después de toda una vida vivida bajo el régimen de la Constitución, estoy bastante acostumbrada a que se me trate como a una gilipollas, pero sin que se note. El problema es que ahora ya me estoy empezando a dar cuenta, y eso no hay gilipollas que lo aguante. Por añadidura, antes los españoles sólo parecíamos gilipollas en el extranjero y, ahora, gracias a la labor política y ministerial, ya parecemos gilipollas dentro de España y entre los propios españoles porque hay unos pocos que no se reconocen ni españoles ni gilipollas. Yo no sé lo que pretende hacer el Gobierno central de este país si es que pretende hacer algo, pero a través de este post dejo constancia y doy fe de que yo no estoy dispuesta a pasar por esto. Porque están empezando a afectarme gravemente estas situaciones en que alguien me toma por gilipollas e, incapaz de razonar lo obvio, sólo pueda enmudecer al límite del infarto de miocardio por el impacto. Y yo no quiero morirme con esta cara de gilipollas que se me queda delante de un gilipollas integral. Me gustaría morirme con otra cara de gilipollas. Si es que se puede elegir.

Nota 1: He de apuntar que la discusión histórica continúa a las 21:30 habiendo dado comienzo a las cuatro de la tarde. Desde la capital de la diada me comunican que el Reino de Aragón era de los catalanes. Me voy a rendir o tendré que pasar la noche en urgencias.

Nota 2: Tengo que concluir y concluyo que no se puede razonar con ciertas personas. En cuanto me ha salido con que la guerra de "secesión" (cagada) fue moralmente ganada por los catalanes que querían ver su tierra libre de castellanos, no he podido continuar. La mala gana ya no me lo permite.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Vergüenza torera

Yo creo que el mayor problema de todos los que llegan arriba es la posición, lo cual tiene mal arreglo. Podría dejarlo aquí y echarme a dormir, pero resulta que me pica y me lo voy a rascar. La gente en general y los mandatarios en particular tienden a ver lo que les queda a la altura de los ojos. Esta es la razón por la que los supermercados ponen la oferta a metro y medio del suelo, para que las amas y los amos de casa la vean sin querer y la compren sin querer. Desde el mismo punto de vista, cualquier español medio conoce la problemática que afecta a sus iguales porque los mira a los ojos, que le quedan a la altura de los propios, poco más o menos; aunque pocos podrían dar fe de las graves preocupaciones que aquejan a la familia de los formícidos. Estos caprichos de la física y de los desplazamientos en línea recta de la visión son los que impiden a nuestros mandatarios entender y actuar según el estado de las cosas.

Los que viven en el piso de arriba no se relacionan con los de la calle. Tienen más bien el vicio de rodearse de una camarilla de pelotas ineptos que no les transmiten una visión real de lo que queda más abajo. Gente adiestrada para aplaudir y corear errores y desaciertos. Arribistas que son conscientes de que, para permanecer, tienen que animar al que se equivoca a que continúe por el camino de la fatalidad con ideas del tipo: "Que sí, Mariano, que hay brotes verdes, dilo ya", y Mariano se pone una corbata cualquiera, porque con su imagen grisácea pega todo, sale y lo dice. Son los mismos que le aconsejan que lea el discurso de presentación de la candidatura olímpica, aunque nadie lo haga, para que, ya que no sabe inglés, por lo menos vean que sabe leer. Y los mismos que animan a Ana Botella a que haga lo que hizo, o a Su Majestad para que se parta en dos cazando elefantes en Botswana, o a Ana Pastor para que se sienta en posición de afirmar que la política es el arte de no decir tonterías. Ni ven lo que España necesita en realidad cuando esperan que sea una celebración olímpica la que nos saque de la crisis, ni ven el lugar en el que nos dejan cuando se llevan esta imagen a hacer las Américas.

Ocupar un puesto por encima de su propia cabeza ha hecho que los gobernantes pierdan la perspectiva. Al héroe que iba a sacarnos de la crisis a los cinco minutos de tomar el cargo, se le fueron un poquito los tiempos y, para cuando empezaron a llegarle los ecos del clamor de la calle, no había forma humana de barrer las huellas del botellón. Había cerrado su primer año de legislatura con un par de millones de parados añadidos, una reforma educativa que más que renovar envejecía, miles de familias arrojadas de sus viviendas por las ventanas, un cúmulo de hospitales desarmados... Y, aunque continuaba pregonando que hacía lo que debía, empezaba a sonar poco convencido. Para ser todo producto de una herencia, las cuentas ya no cuadraban y España seguía oliendo a muerto, a desempleo y a miseria intelectual. Los asesores de la presidencia, con su habitual profesionalidad, han tenido que reinventarse hasta el ridículo. Hemos pasado por atender al discurso posterior de cada uno de los escándalos que nos han regalado previo pago, noticias de medio pelo y otras maniobras de distracción que no serán efectivas mucho más allá. Hemos hecho gala de más paciencia de la que cabe en el cuerpo de un mártir. Nos hemos tragado el bochorno de que nos hayan paseado por todo el mundo tras la imagen de una marca España que ya no representan nuestros deportistas ni cuando la cosa va de deporte, sino nuestros políticos. Y, con la decepción número 2020 en nuestro haber, ni éstos ni sus cobistas pueden explicar qué es lo que ha pasado.

En tiempos de Estrabón se decía que una ardilla podía atravesar España de norte a sur saltando de árbol en árbol. No lo sé, yo no estaba, pero en estos tiempos no me cabe duda de que podría hacerlo saltando de alcornoque en alcornoque e incluso salvando algunos. A mí esta forma de gobernar, de representar, de ir por el mundo, sinceramente, más que decepción lo que me causa es vergüenza.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Juego de matices, juegos olímpicos

Existen ciertos matices entre la imagen que creemos dar y la que damos realmente. Cuando mi amiga Puri aprieta sus noventa kilos en una funda de lycra inmisericorde con ánimo de arreglarse para salir a cenar, ella cree que burla exitosamente la insoportable gravedad del ser, mientras los demás vemos una burla de insoportable gravedad al ser. Es una cuestión de puntos de vista, variaciones sobre lo mismo o matices. Mi amiga Puri no está gorda en el espejo, su volumen sólo se aprecia en el espacio real por caprichos aéreos y de algunos cuerpos que tienden a proyectarse en tres o cuatro dimensiones. Como la Puri sólo puede verse en formato plano e ignorar esa dimensión que siempre le será desconocida, hay que perdonárselo todo en cuestión de imagen.
Mi amiga Puri tampoco es muy inteligente, aunque ella cree que sí. Si el cerebro humano fuera tan simple que pudiésemos comprenderlo, entonces seríamos tan tontos que tampoco lo entenderíamos. Esta verdad aparece subtitulada bajo el jepeto de mi amiga Puri cada vez que intenta desarrollar una idea. La evolución del pensamiento de mi amiga Puri es como la de este país según el Gobierno. España, desde que descansa en manos de Mariano, es el único cuerpo en la historia universal que crece en negativo o, lo que es lo mismo, que sube para abajo. Sólo por esta cualidad extraordinaria deberían habernos concedido el honor de albergar los juegos olímpicos de 2020, pero no todo el mundo ha sido capaz de verlo como una virtud. Y aquí quería yo llegar desde el impagable ejemplo de mi amiga Puri, a la que vamos a dejar a un lado porque, como les digo, hay que perdonárselo casi todo.
El problema de España también es una cuestión de matices entre la imagen que creemos tener y la que proyectamos. Madrid era la capital con más posibilidades y más méritos para convertirse en sede olímpica y, sin embargo, hay quien sólo ha visto una ciudad quebrada, endeudada hasta la peineta por incontables generaciones y alfombrada de podredumbre de la Puerta del Sol al pinar de Chamartín. Más aún si tenemos en cuenta que Madrid ha sido, en este caso, la parte que representaba al todo y, a ese todo, no hay por dónde entrarle. En cualquier examen tipo test con tres respuestas: A, B y C, como todo el mundo sabe, una de ellas es completamente absurda. Pues bien, anoche, España era la respuesta más tonta de las tres. Rajoy que, aunque rima con COI, no pegaba allí ni con mocos, acudió a contarles un cuento de buenas noches para amenizar la velada, que hablaba de una España próspera, sólida y fiable, líder en crecimiento de exportación dentro de la zona euro, y que un buen día llamaba a la puerta del Comité Olímpico Internacional para asociarse con él. Lo triste de esta historia es que Mariano se la estaba creyendo mientras los demás pensaban que se había tragado a Luther King y se había quedado en modo "I have a dream". Los miembros del COI aplaudieron abiertamente el ingenio y la imaginación de la que goza nuestro presidente y, a continuación, comenzaron con la votación ya en serio. España no era una opción. España volvía a ser el gordito de la clase que se sienta solo. Los miembros del COI, el mundo, Europa y Cataluña sabrán lo que recogen sus retinas al mirarnos para que España sea siempre ese compañero chiflado con el que nadie quiere patrullar.
España es el país que se muere de hambre por las esquinas y tira la casa por la ventana en un carísimo y escandaloso despliegue para desplazar a un centenar de ilusos hasta Argentina. Y Mariano Rajoy es el hombre que esperaba poder justificar todos sus errores a cuenta de un triunfo que no hubiera sido del país, sino de su Gobierno. Esta forma de mirar, este juego de matices, este no saber lo que somos ni lo que no somos es uno de nuestros más grandes problemas. No vemos en nosotros lo que los demás ven y a menudo vemos cosas que no están. Los distintos puntos de vista sobre la imagen de este país van del rosa palo en que nuestros gobernantes, nuestra cara y nuestra cruz, creen ver lo que somos, al fundido en negro que proyectamos más allá de nuestras fronteras y que, a veces, los españoles intuimos sin aceptar del todo. Visto con objetividad y, si nos olvidáramos de Estambul porque, en honor a la verdad, a quién le importaba Estambul anoche, en Buenos Aires, había que elegir entre la capital de la radioactividad y la capital de la corrupción, la austeridad y la miseria. Estaba claro.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Génesis. Capítulo 1

En el principio, creó Mariano al presidente del registrador.
Y España estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre el mapa de la península y el espíritu de Mariano se movía sobre la faz de las aguas que hacía el país.
Y dijo Mariano: Sea el rescate a la banca y fue el rescate.
Y vio Mariano que el rescate era bueno y separó Mariano a la banca del pueblo.
Y llamó Mariano a la banca España y al pueblo llamó pueblo.
Luego dijo Mariano: haya expansión en medio de la colecta y sepárese el neto de la retención.
E hizo Mariano la expansión y separó las retenciones del líquido a percibir y fue así.
Dijo también Mariano: súbase la retención y júntese con la subida de impuestos y descúbrase lo seco. Y fue así.
Y llamó Mariano a lo seco herencia recibida y a la evasión de nuestros sueldos llamó recuperación. Y vio Mariano que era bueno.
Después dijo Mariano: produzca lo seco brotes verdes, brotes que den nuevos impuestos, pagas extras que podamos requisar, nóminas que podamos exprimir. Y fue así, reforma laboral mediante.
Produjo pues lo seco nuevos impuestos, pagas extras que nunca se cobraron y nóminas cada día más exprimidas. Y vio Mariano que era bueno.
Dijo luego Mariano: haya lumbreras en medio de la expansión para separar a los ricos de los pobres y sirvan de señal para el Gobierno, y sean por lumbreras en la expansión de la crisis para distracción del pueblo.
Y puso Mariano los dos grandes lumbreras, el lumbrera mayor para que señorease Soto del Real, y el lumbrera menor para que señorease en el Palacete de Pedralbes, e hizo también otras estrellas que alumbrasen.
Y las puso Mariano en todos los medios para entretener al pueblo y para señorear nuestros pensamientos por el día y por la noche y para separar a los ricos de los pobres. Y vio Mariano que era bueno.
Luego dijo Mariano: produzca el país seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra desde la reforma educativa. Y fue así.
E hizo Mariano animales de tierra según la reforma educativa y ganado y todo animal que se arrastra sobre el país y sobre sus medidas anticrisis. Y vio Mariano que era bueno.
Entonces dijo Mariano: hagamos a los ministros a nuestra imagen y semejanza y señoreen sobre los animales de la tierra.
Y creó Mariano a su camarilla a su imagen, a imagen de Mariano los creó, grises y alelados los creó.
Y los bendijo Mariano, y les dijo: fructificad y multiplicaos, llenad el país y sojuzgadlo y señoread en todas las bestias que se mueven sobre el país.
Y dijo mariano: he aquí que os he dado todas las medidas que llenan las arcas, os serán para comer. Y a toda bestia de la tierra y a todo lo que se arrastra por el país, en que hay vida, todas mis medidas les serán para comérselas. Y fue así.
Y vio Mariano todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.
Y acabó Mariano en dos patadas la obra que hizo y se encendió un puro a la tercera y santificólo y reposó de toda su obra que había Mariano criado y hecho.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Medidas de concienciación

Hace no demasiado tiempo, seguro que lo recuerdan, saltó por los aires la idea del Gobierno de enviarnos a casa "facturas simbólicas" por el uso y abuso que los ciudadanos hacíamos de lo público. Una especie de campaña de concienciación para que no siguiéramos gastando a tontas y a locas el dinero que habíamos abonado vía impuestos por adelantado. La propuesta significaba hacer llegar a los contribuyentes el recibo de lo que una visita al médico de cabecera, pongo por caso, suponía para las arcas públicas. Pretendían acabar con la creencia de que lo gratis no se paga, convencidos ellos de que los ciudadanos acudimos a practicarnos un triple bypass por eso de pasar la tarde. Finalmente, resolvieron la cuestión de la concienciación aplicando la conocida medida del euro por receta y así se evitaban el engorro del papeleo.
 
No obstante, el proyecto, que a alguien le llevaría días de profunda cavilación pagada por el respetable, no cayó del todo en saco roto. Por ejemplo, en la Comunidad Valenciana, sí se entrega la factura informativa de los medicamentos prescritos por el facultativo del centro de salud; el Gobierno andaluz también activó la medida de la factura informativa en el 80% de sus hospitales por tratamientos o intervenciones quirúrgicas; y la consejera de Educación y Empleo de la Comunidad de Madrid, cuya trayectoria, desde su ya peperiana juventud hasta el estado en el que hoy la encontramos, es un cúmulo de virtudes de incalculable valor para los contribuyentes, también un día entre semana decidió enviar a las familias un recibo informativo de 5.100 euros para que supieran lo que cuesta escolarizar a sus hijos de entre cero y tres años. El partido en el Gobierno tiende a creer que el dinero que administra es suyo y no nuestro y que están en posición de pedirnos cuentas de nuestras caprichosas necesidades aunque sea a modo informativo. Cuando mi padre entraba en mi habitación, factura de telefónica en mano, y me llamaba al orden por lo que le costaban mis conferencias todos los meses, lo hacía armado de razón porque la factura la pagaba él y porque una llamada interprovincial era conferencia. Nada que objetar. Pero que venga Mariano con la factura del anestesista a sensibilizar mi conciencia..., anda, no me toques la guitarra.
 
Los responsables políticos siguen aduciendo que son medidas para concienciar a los ciudadanos de lo que valen los servicios que se nos prestan desde las administraciones públicas, como si estos salieran directamente del bolsillo de Mariano o del Hermès de Lucía Figar de Lacalle (y me voy a evitar el chiste). Yo no sé de dónde nace la infeliz idea de que los ciudadanos estamos poco sensibilizados con el valor de los servicios públicos, pero, en fin, doctores tiene la Iglesia y, maniobras de distracción, cualquiera que se ponga. Sin embargo, ya que tienen el valor de erigirse en el papel de informadores, me gustaría proponer, como parte del sistema que me creo, que nos buzonearan a todos el gasto que se origina cada vez que uno de éstos arranca su coche oficial o realiza un viaje que carga a la Visa de lo público o se harta de marisco a cuenta del partido. Y, puesta a pedir, a mí concretamente, me volvería loca de remate conocer lo que me están costando los juicios por corrupción que a diario protagonizan los emisarios de las facturas informativas que de nada que me importe me informan, o lo que he pagado en sobresueldos políticos en todos estos años de cotización altruista, o a lo que me sale el cura de maitines, que pago, aunque no escucho, o lo que malgasté en la construcción del aeropuerto de Albacete, por poner algunos ejemplos y no dejar esto en la afirmación pelada que siempre queda un poco gratuita también. Y, para ser completamente sincera, oigan, porque querría darme el gusto de recibir una montonada de facturas en casa y poder decir "Todo esto ya lo tengo pagado, aunque no lo necesite".

lunes, 2 de septiembre de 2013

Ser ciudadano o no serlo, he ahí la cuestión

Un domingo cualquiera del mes de agosto, un ciudadano cualquiera de los que toman café en el mismo bar que otro ciudadano cualquiera regresa a casa tras unas vacaciones de quince días y encuentra su piso precintado por la Guardia Civil tras un registro exhaustivo de todas sus pertenencias. Es sospechoso de colaborar con una banda de traficantes de drogas. Antes siquiera de poder abrir la boca, las fuerzas del orden han abierto su vida en canal sin dejar un centímetro de intimidad por olisquear. Ser un ciudadano cualquiera, presunto en todos los órdenes, no da derecho a delicadezas.

Otro gallo te canta por las mañanas si, en lugar de ser ciudadano, eres tesorero del partido en el Gobierno o ministro o presidente o la hija del rey de copas. En el caso Bárcenas o dónde está mi pasta y cada día la de más gente, antes de mirarle la letra del DNI, estaba avisado él y el país entero de lo que se le podía venir encima. Para cuando la justicia empezó a recoger pruebas, hasta el último mono de Gibraltar sabía que el tesorero atesoraba una sospechosa fortuna que le robaba el puesto al tío Amancio en la lista Forbes sin haber vendido una bata. Infalible y cuidadísima estrategia la del "ojo, que vamos, cárgate todo lo que no debamos ver". Así es como, a la prensa y a la mesa del juez que instruye el caso, ha llegado lo que Luis ha querido filtrar y algunas otras cosas de las que no son falsas porque le pilló la redada esquiando.

Entretanto, en Génova 13, los servicios de limpieza tenían orden expresa de hacer desaparecer hasta la última caca gaviotera y, el resto, de negar la mayor hasta sus últimas consecuencias. En mi pueblo, destruir «los efectos o los instrumentos de un delito para impedir su descubrimiento» es algo que se llama encubrimiento y está penado con hasta dos años de cárcel, según el Código Penal y según como te llames. Cuando, hace unos meses, la Audiencia Nacional solicitó que el PP aportase el libro de visitas para comprobar si los nombres que aparecen en la contabilidad B visitaron Génova 13 en las fechas en las que Bárcenas apuntó los donativos, el partido se excusó diciendo que había borrado ese fichero para cumplir con la ley de protección de datos. Cuando, hace unos días, el juez se dio cuenta de que no habían revisado los ordenadores de Luis y fueron a Génova a por ellos, Mariano, como Media Markt, les salió con que "yo no soy tonto". Si esto es admisible, que vuelva a brotar Temis de los manantiales del océano y lo flipe.

Mientras los votantes esperamos sólo a que los delitos prescriban y todo quede en nada, se puede alucinar con la transparencia con que el PP está conduciendo el asunto, tal y como siempre han prometido, o bien dejarse fascinar por la diligencia con que lo está tratando la justicia, siempre al servicio de unos pocos. No me digan ustedes que no se acuestan la mitad de los días con unas ganas incontenibles de meterse en política y, a continuación, atracar el Banco de España a cara descubierta y con la gaviota en el hombro como un pirata de interior. No hay mejor defensa en este país que salir en la tele a cuento de la diplomacia o de cualquier otra institución que no sea la penitenciaria.

Por todo esto y algo más, hay gente que afirma que la justicia en este país no funciona. A mí, me gustaría saber lo que hubiera hecho la justicia si soy yo, una ciudadana cualquiera, la que tiene 54 millones de euros repartidos por el mundo. Ahora, que si yo hubiera tenido 54 millones por ahí, me iban a ver el pelo. Para concluir con el caso de los 54 de Bárcenas, el único misterio que queda por resolver es por qué, cuando el juez Ruz le incautó el pasaporte para que no abandonara el país, éste no alegó que lo había destruido para cumplir con la ley de protección de datos.

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